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Messi no juega de ministro de Economía

Pasó el Mundial, se apagó el estruendo de las cornetas y lo que queda en la plaza no es la gloria, sino el viento helado de una crisis que jamás se tomó vacaciones. Hay una melancolía particular en los días que siguen a la fiesta a la que nadie quiso asistir del todo. Cuando el […]

Por Ezequiel Miño6 min de lectura
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Messi no juega de ministro de Economía
Messi no juega de ministro de Economía · Foto: Primera Edición

Pasó el Mundial, se apagó el estruendo de las cornetas y lo que queda en la plaza no es la gloria, sino el viento helado de una crisis que jamás se tomó vacaciones. Hay una melancolía particular en los días que siguen a la fiesta a la que nadie quiso asistir del todo. Cuando el cotillón queda tirado sobre el piso frío de la realidad, la Argentina descubre, con la precisión de un rito invariable, que el fútbol es un espejo piadoso, aunque siempre efímero.

El poder político, hambriento como siempre de liturgias ajenas, volvió a ensayar su vieja maniobra: extender la mano para rozar la túnica de los héroes deportivos. No importa el signo ni la época. Ocurrió cuando las multitudes balconearon el mito; ocurre hoy cuando desde los despachos oficiales se intenta encasillar la epopeya colectiva bajo los sellos de la meritocracia o la rebeldía ideológica.

Pero la Selección, convertida en una suerte de reserva moral esquiva, volvió a ejecutar su gambeta más fina: la distancia. Entre el desdén del plantel por la figuración oficial, las banderas que desafían la diplomacia de manual y la decisión del capitán de no regresar a poner el cuerpo para la foto, el intento de usufructo volvió a encender la mecha del efecto boomerang. La política quiso anestesiar; el país real simplemente pestañeó. Detrás de ese telón de fondo, el Gobierno vuelve a descubrir que no hay relato capaz de gambetear a la economía.

En la mesa de los argentinos, la carne vacuna -ese sagrado sacramento de la identidad nacional- se volvió un lujo contemplativo. El primer semestre deja el rastro de la escasez: el consumo cayó a niveles no vistos en tres décadas.

Ni de cerca es un cambio cultural, mucho menos una repentina conversión vegetariana; es, en todo caso, el crujido silencioso del bolsillo. Un país que no puede poner asado sobre la parrilla es un país en el que el contrato afectivo con la cotidianeidad está roto.

Pero el ahogo no se detiene en la carnicería. En las sombras del sistema financiero, el endeudamiento familiar sigue en las antípodas de ser una herramienta de progreso y es, en cambio, una trampa de supervivencia. Con niveles de morosidad que arañan registros históricos, sobre todo entre los más jóvenes, las familias argentinas destinan casi un cuarto de sus ingresos únicamente a pagar los intereses de lo que ya consumieron.

La estabilidad macroeconómica, celebrada en oficinas oficiales y canales de streaming acólitos, convive con una microeconomía paralizada, donde las tasas de interés queman las manos y el consumo masivo se deshilacha día a día.

En medio de este escenario de cristales frágiles, la comunicación gubernamental tropezó con su propia ansiedad. La figura del vocero económico, Adrián Ravier, encarnó en pocos días la paradoja del analista que no logra vestir el traje de la responsabilidad pública.

Después de unas cuantas metidas de pata en cuestión de días, bastó una proyección suelta sobre el valor del dólar en el formato distendido de un streaming para encender las alarmas en los pasillos de Balcarce 50. En la Argentina, donde la moneda norteamericana es el termómetro de las angustias colectivas, las palabras pesan, cotizan y perturban. El intento de reemplazar la confrontación con sobriedad terminó derivando en una serie de descuidos que demuestran que, en el centro del poder, se piensa como se habla.

Mientras tanto, en la penumbra del Congreso, las urgencias de la Casa Rosada colisionan contra los dilemas de las tierras lejanas. La votación de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada se transformó en el escenario donde afloran las grietas más profundas del mapa federal, encontrando en la frontera misionera su catalizador perfecto. Misiones no es cualquier provincia: es una cuña verde rodeada en un 90% por límites internacionales, una franja de tierra "acorralada" entre el Brasil y el Paraguay donde la soberanía no es un concepto abstracto de biblioteca, sino una cuestión de supervivencia sobre el agua dulce y la biodiversidad.

Allí, el tratamiento del capítulo tres del proyecto nacional -que flexibiliza la venta de tierras a extranjeros- reabrió un duelo que condensa el hasta hace poco impensado crepúsculo de una era política.

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De un lado se ubica el mandatario provincial, Hugo Passalacqua, quien desde Posadas advierte que abrir las fronteras al capital transnacional equivale a hipotecar las reservas estratégicas de la provincia. Del otro lado opera Carlos Rovira, el patriarca que gobernó los hilos del poder durante dos décadas desde las sombras del Frente Renovador de la Concordia y que hoy atestigua la fuga de sus propios leales hacia el sol naciente del gobernador.

En el centro de esa morsa se encuentran los senadores nacionales Carlos Arce y Sonia Rojas Decut. Mandados a jugar a las escondidas en el poroteo legislativo, encarnan la célebre "diagonal" de la política criolla: el arte diplomático de votar a favor en general para honrar los pactos de Rovira con Balcarce 50, pero levantarse en contra en los artículos particulares para no dinamitar el misionerismo que los llevó al Congreso.

A juzgar por lo visto hasta ahora, es muy probable que termine pesando más la disciplina hacia el acuerdo nacional.

Sin embargo, mientras en Buenos Aires se discute la macroeconomía y la entrega de recursos, en la tierra colorada el poder local intenta construir un escudo de contención en la trinchera del día a día.

La gestión de Passalacqua busca blindar la gobernabilidad a través de la territorialidad pura. En un encuentro en San Ignacio junto a intendentes de casi cuarenta municipios, el mandatario apeló a los jefes comunales como la última línea de defensa frente a una trama social lastimada.

Un Gabinete provincial rotando en mesas temáticas -con caras nuevas en Comercio y en Energía de Misiones, entre otras reparticiones- para atajar de primera mano las urgencias más terrenales, desde el tendido eléctrico hasta la provisión de ambulancias y el mantenimiento de rutas.

Esa misma búsqueda de previsibilidad tuvo su correlato en el bolsillo de los estatales. En un contexto nacional signado por la parálisis y la pérdida de ingresos, la Provincia anunció actualizaciones salariales en tramos para docentes, policías, salud y la administración pública, marcando un contraste explícito con el mapa nacional.

Al ofrecer certezas hacia julio y septiembre en un país sin brújula financiera, la administración provincial intenta sostener la paz social y demostrar que, aun en plena tormenta, es posible levantar un cortafuegos ante el ajuste que viene del centro.

El choque entre la necesidad del Gobierno central de entregar garantías al capital internacional y la resistencia de las provincias por resguardar sus recursos demuestra que el nacionalismo no es solo un ardor dominguero frente al televisor; es una factura altísima que los gobernadores le cobran a la Rosada cuando se apagan las luces del estadio.

Argentina despierta así de su brevísimo sueño dominguero. La pelota ya no rueda y los problemas siguen allí, exactamente en el mismo lugar donde los dejamos antes del primer hat trick de Messi ante Argelia. Sin la anestesia de la victoria ni el consuelo del feriado cancelado, la sociedad vuelve a la rutina de masticar la incertidumbre, sabiendo que no hay copa de oro capaz de llenar una heladera vacía.

Fuente: Primera Edición

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