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Moria: exposición, perpetuidad y un pedido de perdón

Un recorrido por las tres etapas de la serie sobre una de las divas más importantes y, a la vez, controvertidas de la Argentina, que volvió a convertir su vida en espectáculo y la rompió en Netflix.

Por Daiana Kaziura6 min de lectura
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Moria: exposición, perpetuidad y un pedido de perdón
Moria: exposición, perpetuidad y un pedido de perdón · Foto: Tiempo de San Juan

Siempre encontró la manera de mantenerse en pantalla. Incluso, en ocasiones, sin importar demasiado las consecuencias. A los 80 años, Moria Casán volvió a hacerlo. Más allá de su presencia cotidiana en televisión, la "One" decidió revisar su explosiva, polémica y mediática trayectoria y convirtió su propia historia en materia de espectáculo. En el camino, además, involucró a su hija y a sus nietos, hasta ahora mucho más alejados de la exposición pública.

Así, la "One" lo hizo de nuevo. "Moria", la miniserie documental sobre su vida, llegó a Netflix y no solo logró una fuerte repercusión dentro de la plataforma: también se convirtió rápidamente en tema de conversación en medios y redes sociales.

Como ya se había anticipado durante una intensa campaña promocional, la producción eligió una particular propuesta narrativa para contar la vida de Moria Casán: tres actrices interpretan a la protagonista en diferentes momentos de su trayectoria. Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth asumen, respectivamente, distintas etapas de una mujer cuya identidad pública parece haber estado siempre en permanente transformación.

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La decisión es, sin dudas, original, pero también riesgosa. Como espectador, ya supone un desafío observar la representación de una persona real, contemporánea y tan instalada en el imaginario colectivo. Si, además, su imagen cambia por completo tres veces a lo largo de apenas ocho capítulos, el riesgo de romper el vínculo con el relato es todavía mayor.

Sin embargo, durante distintas entrevistas, el director y guionista Javier Van de Couter explicó que la elección artística respondía precisamente a la naturaleza cambiante de la protagonista a lo largo de las décadas. "Moria también fue muchas 'Morias' y fue también mutando y fue también transicionando y transformándose", explicó el realizador.

Y allí aparece uno de los grandes aciertos de la producción.

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Sofía Gala Castiglione interpreta a Moria durante su juventud: el comienzo de su carrera sobre las tablas, la violenta relación con su primer novio, su llegada a la televisión y el vínculo con Mario Castiglioni, padre de la actriz. También atraviesa la reconstrucción de su propio nacimiento. Su interpretación es, probablemente, la más impactante de las tres. No solo consigue reproducir gestos y movimientos reconocibles de su madre, sino que logra construir una protagonista atravesada por un drama electrizante que sostiene la atención y obliga a continuar capítulo tras capítulo.

Griselda Siciliani ingresa en la historia cuando comienza la etapa más kitsch, desfachatada y mediática de la diva. Es la Moria de su mayor esplendor televisivo, de las frases convertidas en íconos y de una presencia pública que ya no conoce límites. La actriz abraza esa dimensión casi caricaturesca de la protagonista y la lleva al extremo. Y, paradójicamente, allí reside su mayor virtud: Siciliani entiende que no debe intentar reproducir a Moria desde el realismo, sino desde la exageración. El resultado funciona especialmente bien en los monólogos más disparatados y en esa forma de habitar la pantalla que convirtió a la "One" en un personaje imposible de ignorar.

Ya en la etapa adulta aparece Cecilia Roth, encargada de representar a una Moria más reflexiva y madura, atravesada por episodios especialmente complejos: el vínculo con su hija y la detención en una cárcel de Paraguay, entre otros. Roth aporta, por supuesto, su enorme capacidad actoral. Sin embargo, es también quien genera mayor distancia con la protagonista real. La voz no termina de encontrar el registro, el ritmo tampoco y los gestos que históricamente construyeron la identidad de Moria aparecen menos definidos. La interpretación funciona como personaje, pero cuesta más reconocer allí a la mujer que pretende representar.

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Todo queda, además, enmarcado por la propia Moria, que funciona como una suerte de ser omnipresente. Es quien observa, manipula y conduce el relato; una figura que parece mirar su propia historia desde arriba y trasladar al espectador de una etapa a otra.

La serie construye la biografía de Moria como un juego de espejos en el que ella misma se convierte en titiritera de su pasado. Lo observa, lo manipula y, de alguna manera, lo domina. Que sea la propia protagonista quien sostenga el hilo narrativo es uno de los grandes aciertos de la propuesta, especialmente porque "Moria" no apuesta por un relato estrictamente cronológico. El pasaje de una actriz a otra, entonces, necesita un elemento que permita ordenar esa sucesión de tiempos, identidades y recuerdos.

Para conseguirlo, la serie recurre a maquetas en miniatura y universos artesanales. Moria aparece como una titiritera que observa y recorre los escenarios de su propia vida. Las transiciones de escala conectan la fantasía con los recuerdos reales y convierten los cambios temporales en parte del lenguaje visual de la producción.

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Para hacerlo posible, un estudio construyó artesanalmente edificios, teatros y calles porteñas a escala. La cámara sobrevuela esas miniaturas hasta desembocar en una nueva época o escena, colocando a Moria en el lugar de creadora de su propia leyenda.

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La propuesta se completa con transiciones oníricas. Cada salto disruptivo hacia otro momento de la historia lleva a las actrices a atravesar distintos planos, cuerpos de agua, abismos y escenarios imposibles antes de desembocar en una nueva situación. Es un recurso visual atractivo que, en sus mejores momentos, consigue que la estructura fragmentada de la narración se sienta orgánica.

También juega a favor la duración de los episodios, que oscila entre los 30 y los 45 minutos. La serie no se extiende innecesariamente y consigue mantener un ritmo que favorece el consumo de los capítulos.

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A eso se suma un destacado trabajo de vestuario, maquillaje y peinado, fundamental para trasladar al espectador a las distintas décadas y reconstruir las diferentes versiones de una mujer cuya imagen pública siempre estuvo estrechamente ligada a su apariencia.

Sin embargo, no todo funciona con la misma eficacia. El realismo mágico que domina algunos de los capítulos centrales, por momentos, se aleja demasiado de la línea narrativa que vuelve especialmente atrapante a la primera parte. La apuesta estética es interesante, pero no siempre encuentra el equilibrio entre el recurso visual y aquello que la historia necesita contar.

Algo similar ocurre en los últimos episodios, cuando aparecen cuestiones especialmente delicadas, vinculadas con delitos y consumo problemático. Allí, la serie parece abordar conflictos de enorme complejidad con una ligereza que puede resultar problemática. El tono elegido no siempre está a la altura del peso de los temas que intenta representar.

Finalmente, "Moria" no es otra cosa que Moria: excesiva, explícita, desmesurada, imprevisible y capaz de pasar de la comedia al drama sin pedir permiso.

La serie apuesta a perpetuar la figura de una mujer convertida hace décadas en mito popular y, al mismo tiempo, se anima a exponer aspectos de su vida que hasta ahora habían permanecido más protegidos. Pero detrás del espectáculo, de las frases célebres, de las tres actrices y de la construcción de una leyenda aparece algo mucho más íntimo.

Porque, en definitiva, "Moria" también puede leerse como una demostración de afecto y, sobre todo, como un pedido de perdón que decide hacerse público. Una conversación pendiente entre una madre y una hija que, por primera vez, deja de ser completamente privada para convertirse en espectáculo. Y quizás esa sea la verdadera esencia de una serie que, fiel a su protagonista, transforma hasta su propia intimidad en escenario.

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Fuente: Tiempo de San Juan

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