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Murió el Hermano Pascual

Por Redacción3 min de lectura
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Murió el Hermano Pascual
Murió el Hermano Pascual · Foto: El Esquiú

Un fenómeno popular

Se conoció ayer la noticia del fallecimiento de Pascual Donato Morel, recordado con inmensa devoción como el Hermano Pascual, nacido el 17 de mayo de 1955 en Villa Guillermina, Santa Fe. Creció y se formó en un hogar sumamente humilde del norte santafesino, donde la fe cristiana y la solidaridad eran los pilares cotidianos.

Guiado por su inquebrantable vocación de servicio religioso, inició sus estudios teológicos en la Escuela del Perpetuo Socorro de Quilmes.

La Iglesia Católica Apostólica Romana reconoció su genuino compromiso pastoral otorgándole la jerarquía eclesial de laico comprometido. Luego de culminar satisfactoriamente su preparación inicial, fue ordenado de manera oficial como Ministro de la Sagrada Eucaristía. Con el correr de los años, continuó profundizando sus estudios eclesiásticos hasta alcanzar la ordenación como Diácono Permanente. Durante este trayecto formativo entabló una estrecha relación espiritual con el recordado obispo diocesano Jorge Novak.

Con la autorización de las autoridades eclesiales, comenzó a recibir a los primeros fieles que buscaban un consejo o una oración. La asombrosa velocidad de las recomendaciones de boca en boca generó que una marea de personas acudiera en busca de su ayuda. Para poder albergar de manera adecuada a la creciente cantidad de visitantes, trasladó sus actividades al humilde barrio de La Colonia.

El predio donde atendía a los desamparados fue bautizado de manera sumamente afectuosa por toda la comunidad con el nombre de "El Campito". Este espacio de oración se encuentra ubicado exactamente en la zona rural de La Capilla, un paraje de Florencio Varela. Cada semana, el paisaje habitual del circuito rural se veía completamente transformado por la masiva llegada de cientos de colectivos de línea. Hasta ese rincón bonaerense arribaban contingentes enteros provenientes de las provincias argentinas y de diversos países limítrofes.

Con el paso de las décadas, la fisonomía particular del Hermano Pascual se transformó en una estampa icónica e inconfundible de la fe popular.

El método fundamental a través del cual canalizaba su intercesión ante Dios era el antiguo rito cristiano de la imposición de manos. Mientras realizaba este gesto sagrado, escuchaba con una paciencia infinita las desgarradoras aflicciones físicas y emocionales de la gente. En las extensas hileras de espera se mezclaban por igual los sectores más vulnerables de la sociedad con personalidades de gran poder. La gran mayoría de las personas que pasaban por su bendición coincidían en experimentar una sensación de paz y una intensa corriente fría. Los cuadernos de anotaciones comunitarias recopilaron miles de testimonios que daban cuenta de curaciones biológicamente inexplicables.

Como suele ocurrir con los fenómenos de sanación popular, su activity despertó encendidos debates entre el ala médica y los creyentes.

Al alcanzar la tercera edad, el desgaste físico acumulado por tantas jornadas a la intemperie comenzó a hacer mella en su organismo. A principios de este año padeció un severo cuadro de descompensación generalizada que obligó a su inmediata internación en una clínica.

La confirmación oficial de su partida generó una ola de consternación absoluta en toda la geografía del conurbano bonaerense. Con su desaparición física, la historia de las creencias en la Argentina despide a uno de sus máximos referentes del siglo veintiuno.

Fuente: El Esquiú

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