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Murió Rubén Rada, el músico que convirtió al candombe en un lenguaje universal

Rubén Rada murió a los 83 años tras permanecer internado por una neumonía. La historia del músico que transformó el candombe

Por Gabriela Loreiro9 min de lectura
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Murió Rubén Rada, el músico que convirtió al candombe en un lenguaje universal
Murió Rubén Rada, el músico que convirtió al candombe en un lenguaje universal · Foto: Primera Edición

Rubén Rada murió este miércoles a los 83 años, después de una vida en la que hizo del candombe una lengua capaz de conversar con el rock, el jazz, el funk, la música brasileña y prácticamente cualquier ritmo que se cruzara en su camino. Su familia confirmó que el músico falleció a las 15.30 del miércoles 26 de agosto, después de permanecer alrededor de un mes internado por una neumonía y las complicaciones derivadas del cuadro. A comienzos de agosto se había informado que atravesaba una neumonía bilateral y permanecía bajo atención médica en Montevideo.

La noticia encontró a Rada en algo que pareció acompañarlo hasta el final: haciendo planes. Había cumplido 83 años apenas el 16 de julio y ese mismo día estrenó ¿Quién va a cantar?, un proyecto audiovisual dedicado a cruzar repertorios con músicos de otras generaciones. El primer capítulo lo reunió con La Vela Puerca. También trabajaba en un disco con Los Auténticos Decadentes, tenía anunciados conciertos junto al brasileño Chico César en Buenos Aires y preparaba para octubre dos funciones dedicadas a Tótem en el Auditorio Nacional del Sodre.

No estaba preparando una despedida. Estaba preparando lo siguiente.

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Rada nació el 16 de julio de 1943 en el barrio Palermo de Montevideo, uno de los territorios históricos del candombe uruguayo. El tambor no apareció después como una búsqueda intelectual o una recuperación de raíces: estaba allí desde su infancia.

A los diez años participó de la comparsa Morenada. Después pasó por la murga La Nueva Milonga y por la orquesta Cubanacán de Pedro Ferreira, músico a quien siempre reconoció como uno de sus grandes maestros. Posteriormente se incorporó a The Hot Blowers, conjunto de jazz por el que también pasaron figuras como Hugo y Osvaldo Fattoruso y Federico García Vigil.

Muchos años después sintetizaría aquella relación con su origen de una manera bastante más sencilla que cualquier teoría musical:

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"Yo soy candombe. Nací en el candombe".

Para él, fusionarlo con otras músicas no suponía abandonar una tradición sino hacer exactamente lo contrario: llevarla consigo adonde fuera.

Una parte fundamental de la historia de Rada comienza en la segunda mitad de los años sesenta con El Kinto, junto a Eduardo Mateo.

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En un momento en que buena parte del rock sudamericano miraba hacia Inglaterra y Estados Unidos y cantar en español todavía podía ser considerado poco sofisticado, aquellos músicos hicieron algo que hoy parece natural pero entonces no lo era: mezclaron candombe con instrumentos eléctricos, rock, psicodelia y música brasileña y cantaron sus propias canciones en castellano. Así nació lo que denominaron candombe beat.

Rada recordaba incluso que aquella combinación era mirada con desconfianza: tocar rock en español y sumarle candombe podía ser considerado "mersa". Con el tiempo ocurrió exactamente lo contrario. Aquello que parecía demasiado local terminó siendo una de las propuestas más originales de la música rioplatense.

El Kinto dejó canciones como "Muy lejos te vas" y abrió un camino que después recorrieron generaciones enteras de músicos uruguayos. Rada y Mateo llegaron a componer juntos decenas de temas, muchos de los cuales ni siquiera quedaron registrados porque trabajaban sin grabadores ni partituras que preservaran cada sesión.

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Después llegó Tótem. El grupo tuvo una existencia breve a comienzos de los setenta pero dejó una influencia desproporcionadamente grande respecto de los pocos años que estuvo activo.

Con Rada en voz y percusión, Tótem llevó todavía más lejos la mezcla de candombe, rock y música latina, convirtiéndose en una de las bandas fundamentales de la música popular uruguaya.

Allí quedaron composiciones como "Dedos", "Biafra", "Heloísa" y "Negro". Rada grabó los primeros dos discos del grupo antes de continuar un recorrido que nunca pareció aceptar fronteras estilísticas demasiado rígidas. Más de medio siglo después todavía pensaba regresar a ese repertorio.

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Para octubre tenía programadas dos funciones de homenaje a Tótem junto con antiguos compañeros y músicos de su familia. El proyecto iba a reunirlo nuevamente con Daniel "Lobito" Lagarde y recuperar canciones que habían ayudado a definir una época.

A mediados de los setenta apareció otro capítulo decisivo. Rada volvió a encontrarse con Hugo y Osvaldo Fattoruso para participar de Opa, banda que trabajaba desde Estados Unidos sobre una combinación de jazz-rock, fusión y ritmos uruguayos.

En Magic Time, grabado en 1977, dejó algunas de las expresiones más sofisticadas de aquella búsqueda. Allí aparecieron canciones como "Montevideo", "Mind Projects" y "Malísimo", con una mezcla en la que el candombe ya no funcionaba como un agregado exótico sino como una estructura musical desde la cual dialogar con el jazz internacional.

Ese fue probablemente uno de los mayores aportes de Rada: demostrar que una música profundamente uruguaya podía ser al mismo tiempo absolutamente contemporánea y universal.

Pero para comprender completamente a Rada hay que cruzar el Río de la Plata. A fines de los años setenta y especialmente durante los ochenta, Argentina se convirtió en una parte fundamental de su carrera. Se radicó en el país y terminó integrado naturalmente a la escena local, hasta el punto de que para varias generaciones de argentinos Rada nunca fue percibido exclusivamente como un artista extranjero.

La documentación cultural oficial uruguaya recuerda que hacia fines de los setenta se incorporó a la movida del rock argentino y alcanzó aquí un nivel importante de popularidad.

Durante aquellos años publicó trabajos como La Banda, La Rada, En familia y La yapla mata, mientras canciones como "Rock de la calle", "Blumana" y "Candombe para Gardel" ampliaban su público de este lado del río.

Esa relación fue mucho más profunda que una serie de actuaciones.

Rada quedó incorporado a una generación de músicos rioplatenses que circulaba entre Montevideo y Buenos Aires como si ambas ciudades fueran partes de una misma escena. El candombe pasó así a mezclarse con el rock argentino, el jazz y la canción popular, mientras artistas de ambos países empezaban a reconocer en su obra una influencia común.

Había otra característica imposible de separar de sus canciones: Rada era un showman. Podía ser percusionista sofisticado, improvisador, cantante de enorme registro y, segundos después, humorista.

Esa dimensión estaba presente desde sus primeros años con The Hot Blowers y posteriormente se trasladó a la televisión, el cine, el teatro y la radio. Participó en programas humorísticos, condujo ciclos televisivos y actuó en ficciones, sin abandonar jamás la música.

El humor no parecía un accesorio. Era parte de su manera de interpretar el escenario. Rada podía convertir una presentación compleja musicalmente en algo accesible para alguien que jamás hubiera escuchado hablar de candombe beat o jazz fusión.

Ese equilibrio entre virtuosismo y cercanía fue probablemente una de las razones por las cuales consiguió atravesar generaciones sin convertirse exclusivamente en un músico "de culto".

También fue capaz de hacer algo todavía menos frecuente: crear una segunda carrera para los niños. A finales de los noventa apareció Rubenrá, personaje con el que desarrolló canciones y espectáculos infantiles. No fue una derivación menor de su obra sino otro proyecto sostenido durante años, que permitió que una generación conociera primero al Rada infantil y recién después descubriera al músico que había ayudado a inventar el candombe beat tres décadas antes.

Esa capacidad para pasar de un concierto de jazz-fusión a una canción infantil, de Tótem a un programa de televisión o de un tambor chico a una guitarra eléctrica resume bastante bien su carrera.

Con los años comenzaron a llegar también los reconocimientos institucionales. En 2011 recibió el Premio a la Excelencia Musical de la Academia Latina de la Grabación, convirtiéndose en el primer artista uruguayo distinguido con ese reconocimiento a la trayectoria. La propia Academia lo incluye entre los homenajeados de aquella edición junto a figuras como Gal Costa, José Feliciano, Les Luthiers y Linda Ronstadt.

En 2014 recibió además la Medalla Delmira Agustini, otorgada por el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

Y en 2024 Montevideo incorporó su nombre al Espacio de los Soles de la peatonal Sarandí, un homenaje realizado en vida y rodeado de una multitud que se acercó espontáneamente a saludarlo. Era ya una institución cultural. Pero nunca pareció demasiado cómodo con la solemnidad que normalmente viene con esa condición.

Su legado tampoco queda únicamente en los discos. Sus hijos Matías, Lucila y Julieta Rada continuaron vinculados profesionalmente con la música y compartieron distintos proyectos y escenarios con su padre. En los últimos años esa relación se volvió todavía más visible, con la familia formando parte de conciertos que recorrían las diferentes etapas de su obra. En julio, mientras celebraba sus 83 años, Rada seguía ensayando.

Acababa de estrenar ¿Quién va a cantar?, un ciclo cuyo concepto parecía hecho para resumir todo lo que había hecho durante seis décadas: recibir músicos más jóvenes, intercambiar canciones y permitir que cada generación transformara la música de la anterior.

Su última aparición pública fue el 25 de julio, cuando fue a escuchar a la cantante argentina Abril Olivera y vio desde el público a su hijo Matías interpretar una canción de Tótem.

Quizás el legado de Rubén Rada pueda resumirse menos en una discografía que en una idea. Tomó una música profundamente arraigada en los barrios Sur y Palermo de Montevideo y se negó a conservarla dentro de una vitrina.

La puso junto a guitarras eléctricas cuando hacerlo parecía extraño. La cruzó con los Beatles. Con el jazz. Con el funk. Con Brasil. Con el rock argentino. Con la canción infantil. Y después volvió al tambor.

La historia oficial de la música uruguaya lo reconoce como uno de los protagonistas centrales del candombe beat y uno de los artistas que transformaron la música popular del país. Él solía quitarle dramatismo a esa condición. Decía que no había inventado nada, que simplemente tocaba aquello que le gustaba.

Pero más de seis décadas después, basta escuchar qué ocurrió después de El Kinto, Tótem y Opa para comprobar hasta qué punto esa modestia escondía una evidencia: una parte considerable de la música uruguaya contemporánea suena como suena porque alguna vez Rubén Rada decidió que el tambor podía conversar con todo.

Murió a los 83 años cuando todavía tenía conciertos, discos, grabaciones y encuentros anotados en la agenda. Tal vez esa sea también una forma bastante precisa de recordarlo. No como un músico que había terminado su obra. Como uno que todavía estaba buscando la próxima canción.

Fuente: Primera Edición

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