Myriam Bregman, ¿con la misma fórmula que Javier Milei?
Es una de las políticas con imagen positiva más alta del país. Aunque la intención de voto de la izquierda no crece con la misma intensidad vale recordar que el hoy presidente recorrió –en las antípodas ideológicas– un camino similar desde los extremos.

Esta semana se conoció un dato que merece ser analizado: Myriam Bregman tiene una imagen positiva del 45%. Según dos encuestas (la de la Universidad de San Andrés y la de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires), es una de las políticas argentinas con mejores valores personales.
El número sorprende, aunque conviene aclarar que imagen positiva no significa intención de voto. Bregman puede gustarle a mucha más gente de la que estaría dispuesta a votarla.
La dirigente pertenece a una fuerza, el PTS/Frente de Izquierda, que históricamente ha encontrado enormes dificultades para superar el 5% en una elección nacional (las mismas encuestas le dan hoy hasta 7%). Así que la distancia entre su valoración personal y el peso electoral todavía es enorme.
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La aclaración es válida, aunque hay un antecedente que nos aconsejaría no despachar tan rápido el dato. Y es que algo parecido se decía sobre Javier Milei antes de las elecciones presidenciales de 2023.
Milei era un fenómeno disruptivo y, muchos creyeron, con un techo electoral imposible de romper. No tenía intendentes ni gobernadores, y menos aun una estructura territorial; no tenía casi todo lo que se había considerado imprescindible para disputar el poder. Además, defendía ideas extremas, muy alejadas del debate político tradicional.
Lo que vino luego ya lo conocemos, pero podemos sintetizarlo y decir que hoy es presidente de la Nación.
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Eso no significa que Bregman esté recorriendo el mismo camino ni que pueda convertirse en presidenta. Pero Milei dejó una enseñanza que convendría subrayar, especialmente en un país que siempre está en veremos. Y es que cuando un sistema político entra en crisis, las creencias electorales del pasado sirven poco para pronosticar el futuro.
Aparece entonces un paralelismo entre ambas figuras. Milei y Bregman están ideológicamente en las antípodas y sus proyectos de país son incompatibles. Pero comparten la convicción de que decir lo que se piensa no es un problema. Más bien, ser auténtico es hoy un valor.


Milei nunca intentó parecer moderado para ampliar su electorado. Defendió la dolarización, propuso cerrar el Banco Central, cuestionó la existencia del Estado y convirtió a "la casta" en el enemigo de la política (sin dejar de mencionar sus ideas sobre la venta de órganos). Todas posiciones que parecían, políticamente hablando, suicidas.
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Bregman hace algo parecido, pero desde el extremo contrario. Condena al "imperialismo estadounidense", habla de "tomar los medios de producción" y se reivindica como "una revolucionaria de la izquierda". Es decir, no parece demasiado interesada en adaptar su discurso al votante promedio.
Quizá la política argentina esté experimentando una transformación más profunda de lo que parece, y la moderación ha dejado de ser una virtud.
Durante décadas, consultores y estrategas enseñaron que para ganar una elección, había que leer encuestas, evitar definiciones demasiado tajantes y construir discursos amplios como para no espantar a nadie. El problema es que, después de tantos años de políticos acomodaticios, una parte de la sociedad terminó sospechando de quienes nunca dicen algo incómodo.
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Y quizá el problema de muchos dirigentes es que nadie sabe realmente qué piensan. Por eso, políticos que representan ideas claramente minoritarias (o que creíamos minoritarias) pueden generar más respeto que otros que llevan años perfeccionando el arte de no comprometerse con ninguna.
Una persona puede rechazar toda la plataforma económica de Bregman y, al mismo tiempo, considerarla coherente, preparada y auténtica. Del mismo modo, muchos argentinos que, años atrás, hubieran rechazado las formas de Milei luego valoraron que dijera cosas que otros dirigentes nunca hubieran dicho.
Está claro que la autenticidad no convierte automáticamente simpatía en votos, pero sí construye identidad, algo que precede al voto. Quizá, después de tantos años de dirigentes intentando parecerse entre sí, una parte de los argentinos haya empezado a valorar especialmente a quienes no se parecen a nadie. Habrá que estar atentos.
Fuente: La Voz
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