Neurodiseño: cuando el hogar se convierte en un refugio de bienestar
La neuroarquitectura de interiores propone diseñar espacios que respondan a las necesidades emocionales, sensoriales y físicas de quienes los habitan. Cómo la luz, los colores, los aromas y los materiales pueden transformar una vivienda en un verdadero refugio de equilibrio y confort.

La neuroarquitectura de interiores propone diseñar espacios que respondan a las necesidades emocionales, sensoriales y físicas de quienes los habitan. Cómo la luz, los colores, los aromas y los materiales pueden transformar una vivienda en un verdadero refugio de equilibrio y confort.
En tiempos donde pasamos entre el 80 y el 90% de nuestra vida en espacios interiores, el diseño del hogar dejó de ser una cuestión meramente estética para convertirse en una herramienta capaz de influir en la salud, el bienestar y la calidad de vida. La neuroarquitectura y el neurodiseño estudian precisamente cómo los entornos impactan en nuestro cerebro, nuestras emociones y nuestro comportamiento cotidiano.
En diálogo con la especialista en neurodiseño, Bettina Lucero, explica por qué el punto de partida de cualquier proyecto no debería ser una tendencia decorativa, sino las personas que habitan el espacio.
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Para transformar un espacio primero hay que entender a la persona que lo habita. No al revés. Esa es la diferencia entre un ambiente que simplemente luce atractivo y uno que realmente funciona para quien vive allí.
Antes de iniciar cualquier proyecto es necesario indagar qué emociones generan los espacios actuales, qué recuerdos o experiencias se desean conservar y cuáles dejar atrás, qué aromas resultan agradables y cómo quiere sentirse la persona al llegar a su hogar. Muchas veces convivimos con elementos que afectan nuestro bienestar sin registrarlo conscientemente.
Además, cada integrante del hogar responde de manera diferente al entorno. Diseñar para una familia con niños, una persona mayor o alguien neurodivergente implica contemplar necesidades específicas. El diseño inclusivo no es una categoría aparte: es diseño bien realizado.
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Todos los espacios tienen un efecto sobre nosotros. El living, el dormitorio, la cocina, el baño o el jardín generan respuestas emocionales y fisiológicas permanentes.
Muchas veces ese impacto es silencioso. Una iluminación inadecuada, el exceso de estímulos visuales o una mala calidad del aire pueden sostener niveles elevados de estrés y dificultar el descanso. Lo que vemos, olemos y percibimos dentro de un ambiente influye directamente en nuestro sistema nervioso.
Sin embargo, ese efecto no es igual para todas las personas. Un entorno cargado de estímulos puede resultar confortable para algunos e insoportable para quienes presentan hipersensibilidad sensorial, trastornos del espectro autista o déficit de atención.
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La primera pregunta debería ser: "¿Qué quiero sentir en este espacio?". A partir de esa respuesta se toman todas las decisiones de diseño: Los colores, la iluminación, las texturas, la ventilación y los materiales deben responder a una intención concreta. La luz no es solamente decorativa; tiene un efecto fisiológico. La ventilación influye en la calidad del aire, la concentración y el descanso. Las texturas activan respuestas emocionales a través del tacto y la percepción visual.
La calidad del aire interior también es fundamental. Humidificadores y purificadores contribuyen a mejorar la respiración, el sueño y el bienestar general, especialmente en hogares con niños, adultos mayores o personas con afecciones respiratorias.
No siempre. Las tendencias suelen surgir desde la moda y no desde las necesidades individuales.
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El problema aparece cuando determinados estilos se replican sin considerar quién habitará el espacio. Un diseño minimalista extremo puede generar calma en algunas personas, pero resultar frío o poco acogedor para otras. Del mismo modo, un estilo industrial puede ser visualmente atractivo, aunque poco confortable para la vida cotidiana.
La neuroarquitectura propone invertir la lógica: primero comprender a las personas y luego diseñar.
Lo primero es detectar qué aspectos del espacio están afectando el bienestar de sus habitantes. A partir de allí se establecen prioridades.
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La iluminación suele ser el punto de partida por su impacto en el ritmo circadiano. Luego se evalúan la ventilación, la calidad del aire, los colores, las texturas y los aromas.
También se analiza la funcionalidad y accesibilidad. Un diseño verdaderamente inclusivo contempla la movilidad, la seguridad y el confort de todas las personas que utilizarán ese espacio.
La luz natural es fundamental porque regula el reloj biológico y participa directamente en los ciclos de sueño y vigilia.
Durante la noche, la iluminación artificial debería ser cálida para favorecer la producción de melatonina y preparar al organismo para el descanso. Las luces blancas o frías utilizadas después del atardecer pueden alterar el sueño y afectar el estado de ánimo.
Este aspecto cobra especial relevancia en niños, adultos mayores y personas con sensibilidad sensorial, para quienes ciertos tipos de iluminación pueden generar incomodidad o sobreestimulación.
No existe una fórmula universal, aunque sí algunos principios generales.
Los tonos tierra, verdes suaves, beiges y blancos cálidos suelen asociarse con sensaciones de calma y seguridad. Los materiales naturales como la madera, el lino, el algodón o la piedra fortalecen la conexión con la naturaleza y ayudan a reducir el estrés.
La clave está en comprender las preferencias y necesidades de quienes vivirán en el espacio, especialmente cuando existen diferencias sensoriales significativas entre los integrantes del hogar.
Absolutamente. La ergonomía y la distribución del mobiliario tienen un impacto directo en el bienestar físico y emocional.
Los muebles deben facilitar la circulación, promover posturas cómodas y adaptarse a las características de quienes los utilizan. Las formas curvas y orgánicas suelen generar una sensación de mayor seguridad y confort que los ángulos agresivos o excesivamente rígidos.
Los aromas son uno de los elementos más poderosos y menos valorados dentro del diseño de interiores.
El sentido del olfato mantiene una conexión directa con las áreas cerebrales vinculadas a las emociones y la memoria. Por eso un aroma puede modificar nuestro estado emocional de forma inmediata.
Cada ambiente debería contar con una identidad olfativa acorde a su función. El dormitorio requiere fragancias asociadas al descanso; los espacios de trabajo, aromas que favorezcan la concentración; y los sectores de ingreso, notas que generen sensación de bienvenida y transición entre el exterior y el hogar.
Diseñar un espacio implica, en definitiva, diseñar experiencias. Y cuando todas las variables trabajan en armonía, el hogar deja de ser simplemente un lugar para vivir y se convierte en un verdadero refugio para el bienestar.
Eliana Bettina Lucero Illa
Diseñadora industrial.Especialista en Neuroarquitectura de interiores
Instagram: @neurodiseno.bettinalucero
Proyectos y diseño de espacios: @ideoespacios
Contacto: 02646738051
Email: [email protected]
Bettina Lucero · Neuroarquitectura de Interiores · @neurodiseño.bettinalucero
Fuente: Diario de Cuyo
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