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"Nuestra victoria es estar, y hacer…"

Volvió a la vida desde los umbrales del espanto. Siete años de cárcel no lograron quebrarlo, y hoy disfruta del presente sin odios ni renco...

Por Redacción15 min de lectura
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“Nuestra victoria es estar, y hacer…”
“Nuestra victoria es estar, y hacer…” · Foto: La Arena

Volvió a la vida desde los umbrales del espanto. Siete años de cárcel no lograron quebrarlo, y hoy disfruta del presente sin odios ni rencores. Él, como otros/as, saben que su victoria es ser como son.

MARIO VEGA

A veces lo vemos caminando calmo por las calles de la ciudad. Va sin prisa, con el paso cansino de quien ya no necesita correr detrás de ninguna urgencia y, en ocasiones, con la mirada como perdida, tal vez ensimismado en sus propios pensamientos. Seguro que mucha gente lo ubica perfectamente; pero sin embargo sospecho que no todos conocen las profundidades de una vida cuyos avatares, necesariamente, tienen que haberlo marcado a fuego.

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Se sabe, hubo un tiempo en nuestro querido país en que la violencia, el caos, la represión y el miedo se enseñoreaban en las esquinas, mitigando la alegría de su gente. Fueron tiempos oscuros, una tormenta de plomo que algunos y algunas sufrieron en una medida mucho más cruel e injusta que otros.

Eran épocas de militancia fervorosa, de compromiso social inquebrantable, los días del "luche y vuelve" que se transformó en consigna sagrada de la juventud de aquellos años.

Cuando la tormenta pasó.

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Cuando la tempestad finalmente pasó y la calma regresó de a poco a la sociedad argentina con el amanecer democrático, se produjo una modificación de las condiciones de vida. Para algunos, los menos comprometidos, aquellos que sólo sufrieron tangencialmente las consecuencias de la más nefasta dictadura militar que jamás haya azotado estas tierras, el cambio significó simplemente continuar con su derrotero de desinterés.

Pero para una gran mayoría, representó la salida del sol en un horizonte que auguraba un futuro más amable, más apacible y venturoso. Es verdad, las décadas posteriores no han sido un camino de rosas pero el grito de "Nunca Más" quedó instalado para siempre como un cimiento inamovible de nuestra identidad.

El dolor de las ausencias.

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De aquellos momentos de horror quedaron las ausencias irreparables de los muertos y los detenidos-desaparecidos, que la memoria histórica se obstina en nombrar para ganarle al olvido. De manera tal que nadie omitirá jamás sus nombres: Carlos Ángel Acosta, Severino Alonso Gómez, Horacio José Alvarez Serra, Lilia María Alvarez Alcain, Juan Carlos Andreotti Alonso, Hugo Norberto Ardiles, Bernardo Pablo Bolzan Zaldarriaga, Eduardo Adolfo Cappello Davi, Jorge Antonio Cappello Davi, Tomás Horacio Francisco Carricaburu, Mario Aníbal Castro Carrasco, Luis Federico Celesia Maggio, Carlos Alberto Davit Testa, Salvador Abelardo De Laturí Zapata, Daniel Enrique Dichiara Vázquez, Oscar Antonio Di Dio Casenave y Juan Carlos Duperou.

Los que volvieron.

Pero afortunadamente, también quedaron los que pudieron volver a vivir en sociedad tras haber caminado los bordes del abismo. Miguel García (74) es uno de ellos. Me ha tocado tratar a otros sobrevivientes que sufrieron la cárcel y el encierro durante años, desprovistos de causas o procesos justos. Pienso en Raulito D'Atri, a quien conocí apenas recuperó la libertad en 1978 y con quien compartí tantas madrugadas de tinta y papel en esta misma redacción de LA ARENA; en Nelson Nicoletti, en Cristina Ércoli o en Miguel Maldonado.

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Hombres y mujeres con los que tuve la oportunidad de conversar y compartir la vida porque un día regresaron de las cercanías de la muerte a la que habían sido arrojados sin ninguna justificación.

Las raíces de Castex.

Cuando le propuse a Miguel conversar un rato para dar forma a estas líneas, confieso que se me cruzó el temor de que no tuviera ganas de remover sus sufrimientos, de desenterrar los avatares del pasado. Pero aceptó de muy buen gusto, mientras su compañera de trabajo, Carla, acercaba unos amargos

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A medida que charlamos su memoria iba desovillando datos, nombres y momentos, y ahí me di cuenta que este hombre pertenece a esa clase de personas que deben dejar su testimonio impreso para el paso de los tiempos. Y se lo dije. Es imperioso que su historia quede plasmada en las páginas de un libro, más allá de la fragilidad y la poca seguridad que ofrecen los archivos volátiles de la internet.

Su vida merece ser narrada como un declaración de resistencia de cara al presente y al futuro; con un relato que sea testimonio de su victoria rotunda contra los agentes del mal que pretendieron segar su existencia. Los que lo mantuvieron nada menos que siete años, dos meses y tres días en cautiverio, sometido a un régimen de torturas y vejaciones que harían temblar al más entero.

La mirada limpia.

Cualquiera pensaría que semejante infierno deja marcas indelebles de rencor en el alma y en la mente. Pero Miguel te mira con sus ojos limpios, sonríe y te desarma con una convicción que estremece: —Pero fijate que no es así… Nuestra respuesta, nuestro desagravio hacia lo que nos hicieron está en 'ser como somos, y estar...'. Sí, por ahí va la cosa… Que se entienda que no pudieron quebrarnos", reafirma.

Somos, con Miguel, del mismo pago de Eduardo Castex. Desde chico escuché hablar de su padre, Justino García, a quien todos conocían cariñosamente como "Pampero" y que supo honrar a la provincia desempeñándose como senador nacional. Su mamá era Benita Perera, quien naturalmente tuvo que ocuparse de la crianza de los cinco hermanos:

Sus abuelos, tanto de la rama Perera como de los García, formaron parte de la gesta fundacional de Castex. En ese entorno criollo se criaron los cinco hermanos de la dinastía: Carlos, Ana María, Estella, Miguel y Sergio.

Hoy, Miguel camina la vida apuntalado por su compañera Marta Candia, con quien comparte un amor de veinticinco años que nació en las aulas de la facultad, uniendo sus destinos como militantes de la JP revolucionaria. Y allí están también sus orgullosos retoños: Lucio, Josefina y Candela.

Andanzas en Castex.

Nacido accidentalmente en La Plata debido a los rumbos laborales de su padre, la infancia de Miguel en Castex estuvo marcada por la aventura en una época en que todavía persistía una pampa indómita de caldenes y caminos de tierra. Conserva amigos entrañables de la niñez, como el "Pocho" Rodríguez o Luis Fenoccio. Con el primero, con sólo seis años se levantaban tempranito desafiando las heladas pampeanas para ayudar a dar misa en la parroquia del pueblo.

Al promediar sexto grado, la vocación espiritual lo llevó junto a su hermanito Sergio a ingresar a un seminario salesiano, del cual regresó a Castex a los quince años con la cabeza llena de ideas y el corazón templado.

"Capo en el fútbol".

Lo que pocos recuerdan en el pueblo es que Miguel jugaba muy bien a la pelota. Primero en los picados de los baldíos, pero luego –aunque por poco tiempo-- supo calzarse la camiseta del Racing de su pueblo para defender sus colores en la primera división de la Liga Pampeana.

Fue al regresar del seminario que con sus amigos armaron un equipo de fútbol reducido que hacía estragos en los torneos comerciales nocturnos; un plantel donde descollaba un jovencito "Pucho" Arroyo, quien más tarde se convertiría en gran figura de Estudiantil de Eduardo Castex.

Tiempos de militancia.

A los 17 años, el destino lo instaló en La Plata para comenzar la carrera de Arquitectura. La ciudad universitaria era un hervidero de juventud, creatividad y efervescencia política; los estudiantes parecían gobernar las calles con entusiasmo. Miguel ya cargaba desde el seminario con un perfil de artista pictórico, una sensibilidad especial para las formas y los colores. Fue fundador junto a Tomás Yebra del recordado grupo pictórico Tabaré, buscando canalizar las tensiones de la época a través del lienzo.

Pero la militancia barrial y el compromiso peronista absorbieron sus horas. Comenzaron los tiempos de lucha para exigir el regreso del líder exiliado y, casi de inmediato, no se hizo esperar la respuesta de las fuerzas de seguridad tiñendo de sangre el horizonte.

La tragedia.

En enero de 1976, buscando un respiro, Miguel viajó a pasar unos días de vacaciones a la provincia de Misiones. Al día siguiente de su partida, una patota militar rodeó su domicilio en Buenos Aires buscando a los hermanos. A Sergio –el menor de la familia-- lo encontraron; y esa misma noche lo asesinaron de manera brutal en un descampado de Berisso.

Desde La Pampa, "Pampero" logró comunicarse telefónicamente con Miguel en Misiones. Con la voz rota por el dolor del hijo asesinado y la desesperación de salvar al que quedaba vivo, le suplicó: "Hijo, no vuelvas. Ocultate en la selva, te están buscando a vos también". Miguel acató la orden paterna y se internó en la espesura del monte misionero.

Pasado un tiempo, cuando la persecución pareció enfriarse en el norte, consiguió empleo en Posadas bajo el ala de Fernando Dasso, un arquitecto muy reconocido de la ciudad. Este advirtió el talento natural del pampeano: "Vos vas a ser un gran arquitecto, pibe, tenés ideas brillantes", le repetía. Pero a Miguel todavía le restaba cursar la mitad de la carrera universitaria.

La fuga.

La tregua terminó en octubre de ese mismo año, cuando fue capturado por la dictadura militar. Pero cuando lo trasladaban de una dependencia policial al nefasto centro clandestino "La Casita", donde los esbirros torturaban a los prisioneros, fue actor de una audaz acción: maniatado y encerrado a oscuras en el baúl de un automóvil en movimiento, García logró zafarse de las ligaduras, destrabó la tapa del baúl desde el interior y no dudó en arrojarse del auto en marcha hacia el asfalto.

La respuesta de sus captores no se hizo esperar: tres disparos rompieron el silencio de la noche. "En un momento me pareció que me habían herido, pero por suerte no fue así… Lo curioso es que en ese instante no tuve miedo; pero sí el terror me sobrevino cuando recuperé la calma en el escondite y me di cuenta de la dimensión de lo que estaba pasando", rememora hoy con un hilo de voz.

La cárcel.

Creyendo que ya no lo iban a encontrar, o que no lo buscaban, finalmente fue recapturado. Se iniciaba así un derrotero de siete años, dos meses y tres días por los penales más duros de la dictadura.

En la soledad extrema de la celda, el bálsamo que mantenía su espíritu enhiesto era evocar los aromas de su infancia, y pensar en su querida tierra pampeana donde se crió.

Por eso, en cuanto recuperó la libertad definitiva en diciembre de 1983, coincidiendo con la vuelta de la democracia, armó el bolso y regresó a Santa Rosa. El recibimiento de la comunidad fue inmediato y sanador; los vecinos sabían que estaban abrazando a un sobreviviente.

Estado presente.

En ese momento la política pampeana demostró tener memoria histórica. Al poco tiempo, en 1984, el gobierno provincial peronista, a través de Nelson Nicoletti, mandó llamarlo para transmitirle un mensaje de estricta justicia partidaria: "Miguel, a 'Pampero' y a vos, por todo lo que caminaron y militaron, la provincia les debe una bandera de acá a la luna. Por eso el gobernador quiere que termines tus estudios… el Estado te va a ayudar y después regresás a volcar tus conocimientos en La Pampa".

La primera obra.

Miguel se instaló en Buenos Aires, trabajando en las dependencias de la Casa de La Pampa y viajando a cursar las asignaturas que le faltaban en la Universidad de La Plata. En 1986 rindió la última materia y se consagró oficialmente Arquitecto. Cumpliendo la promesa, regresó a Santa Rosa y abrió su propio estudio en la calle Pellegrini 217, el mismo espacio que su familia había comprado para asegurar su arraigo definitivo en la ciudad. "Tenés que vivir en Santa Rosa", había sido la última recomendación de su padre. Y así lo hizo.

Su primer contrato profesional quedó grabado de gran manera en el folclore de la arquitectura local. Lo contrataron el Vasco Inchaurraga y Pocha Russel, a quienes había conocido en la mítica peña Cori Hué, entonces epicentro de la bohemia santarroseña donde compartían guitarreadas entre otros Guillermo Mareque, "Tucho" Rodríguez, Bustriazo, "Sangre" Santamarina, "Negrita" Alvarado, Silvia Bernal, "Lalo" Molina, Julio Domínguez, Pablo Fernández y tantos…

Los árboles dentro.

El lugar donde debía diseñar la residencia tenía un par de hermosos árboles. Ejemplares añejos de cuya presencia Miguel --con una sensibilidad ecológica y artística avanzada para la época-- no quiso prescindir. En lugar de talarlos estructuró los planos de modo tal que quedaron incorporados dentro mismo de la vivienda.

La originalidad impactó tanto que, casi de inmediato, le llegaron pedidos de decenas de proyectos.

Fue en 1987 que ingresó a la Dirección de Arquitectura Provincial. Más tarde su firma técnica fue requerida por Norma Durango desde la Dirección de Cultura y por Graciela Oporto para iniciar una tarea monumental: el relevamiento, rescate y puesta en valor del patrimonio cultural e histórico de los pueblos pampeanos, donde pudo llevar adelante un fantástico trabajo.

Memoria viva.

Pasó el tiempo, pasaron los años y Miguel sigue en su estudio –codo a codo junto a Carla Torres, con quien comparte trabajo--, y anda por allí con una serenidad que parece parte indivisa de su personalidad.

Contemplarlo hoy caminando con su paso cansino podría decirse es una lección de filosofía práctica: porque da cuenta que la verdadera victoria sobre la crueldad no reside en el rencor que carcome, sino en la capacidad de reconstruirse sobre los escombros. Y esa ha sido su respuesta a esos años de infierno. Porque lo cierto es que siete años de sombras no pudieron apagar la paleta de colores de su mente de artista ni atenuar su creatividad de arquitecto.

Miguel García no es un archivo frío de la internet; es memoria viva que respira, que proyecta obras, que tiene la mente clara para seguir haciendo… Por eso ahí va, caminando de la mano de Marta con la hidalguía de los justos.

Su sola presencia en nuestras calles es el desagravio más hermoso y contundente que la democracia pampeana se puede regalar: la demostración real de que el horror no pudo quebrarlo; que al final del camino, los buenos de alma siempre se quedan para seguir estando…

La presencia de Bustriazo.

El estudio-atelier de Miguel García es amplio y tan luminoso que, seguro, debe contribuir a la creatividad. Ese sitio reunió durante años a intelectuales que llegaban a difundir sus ideas y a disfrutar de los saberes de los demás.

Por allí todavía andan los espíritus de Bustriazo, de Edgar Morisoli, y tantos otros poetas y creadores que han germinado en esta tierra... como Gury Jacques, El Bardino, Mareque… Ha sido sin dudas un lugar de encuentro de la cultura pampeana.

"Aquí vivió Bustriazo, que hacía un poco de secretario cuando yo tenia que salir. Anotaba y estaba atento a todo… un día Dora (Battiston) me dijo que se había quedado sin lugar para vivir y le dije que lo trajera aquí. Y se quedó un buen tiempo, porque la pasaba bien", rememora Miguel.

En las paredes, apoyadas en estantes, y en el piso, hay cientos de fotos, cuadros y libros que constituyen un verdadero tesoro cultural.

Una historia de arte y lucha.

Entre amigos.

Vaya foto: Miguel con la pava en una mano, Bustriazo con el mate, y del otro lado disfrutando de la charla un joven José Carlos Depetris.

Compañera de vida.

Miguel junto a Marta Candia, su compañera hace 25 años. Compartieron la facultad en La Plata y también la militancia. Es su apoyo incondicional.

En el atelier.

Miguel García comparte con Carla Torres las tareas en el estudio. Ella, además, se encarga de todo lo que es papelerío en la oficina.

Miguel y una obra monumental

Siete años, dos meses y tres días. Ese fue el tiempo que la dictadura militar mantuvo en cautiverio a Miguel García, intentando quebrar su espíritu, apagar su creatividad y sepultar su militancia bajo el peso de la tortura y el aislamiento.

Lo encerraron en celdas frías donde la única ventana al mundo era la memoria de su Pampa tan añorada. Sin embargo, cuando las rejas se abrieron y el destino demostró una verdad absoluta, quedó claro que la cárcel injusta no pudo doblegar su espíritu.

Y allí está el verdadero triunfo de Miguel García, y de otros como él. Su victoria no se fundó en el rencor, sino en una obra monumental que aportó al patrimonio y la identidad de La Pampa.

El hombre que estuvo amarrado en el baúl de un auto regresó para diseñar el Eje Histórico Institucional de Santa Rosa en 1990, y el icónico anfiteatro del Centro Cívico en 1994.

El estudiante que vio truncada su juventud restauró el Palacio de Justicia (ex gobernación y hoy sede de un ministerio), los edificios históricos de Parque Luro, y aportó a la cultura del interior provincial construyendo las bibliotecas populares de Alpachiri, Doblas, Caleufú y Arata.

Pueblos originarios.

Su trazo sanador abrazó también las raíces postergadas de nuestra tierra: Junto a las comunidades originarias y los grandes escultores de la provincia, proyectó el Monumento a la Raza Ranquelina y los entierros sagrados de los caciques Mariano Rosas y Gregorio Yancamil en Leuvucó y Victorica.

Su prestigio lo llevó a codirigir junto a Clorindo Testa, el edificio de la Biblioteca de la Cámara de Diputados.

Tenía sólo 16 años cuando expuso por primera nada menos que con Ricardo Nervi en Castex. Y aún hoy se puede decir que su pincel sigue invicto. Este año, su obra "La Pampa tenía un río" fue distinguida en el Salón Federal del Fondo Nacional de las Artes.

Sí, Miguel no solo sobrevivió sino que regresó para diseñar los monumentos de la Memoria en Santa Rosa y de los Dos Genocidios en Telén.

Al cabo, su obra es la demostración empírica de que la belleza y la justicia poética siempre vencen. (M.V.)

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Fuente: La Arena

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