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Ozempic, delgadez extrema y silencio: qué responsabilidad tienen las celebridades

La delgadez extrema volvió a Hollywood con nombre de medicamento y discurso de bienestar. Las celebridades muestran cuerpos cada vez más delgados no dicen nada al respecto y dejan que el algoritmo haga el trabajo sucio.

Por Giuliana Luchetti5 min de lectura
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Ozempic, delgadez extrema y silencio: qué responsabilidad tienen las celebridades
Ozempic, delgadez extrema y silencio: qué responsabilidad tienen las celebridades · Foto: La Voz

Hay algo que cambió en la alfombra roja y en las redes sociales en los últimos años. Los cuerpos que aparecen en esos espacios son cada vez más delgados, no musculares ni de entrenamiento, sino frágiles. Lo que hace a este momento especialmente complicado es que este ideal está volviendo con disfraz.

En los años 2000, la cultura de la delgadez era explícita y brutal. Las revistas publicaban comparaciones de cuerpos sin filtro, los medios señalaban los "kilitos de más" y a los de menos los presentaban como aspiración. Sin embargo, el movimiento body positive de la década siguiente forzó un cambio de discurso. La industria aprendió que ya no podía decir lo mismo con las mismas palabras, entonces las cambió.

Hoy nadie habla de dieta, pero si de bienestar, de inflamación, de salud intestinal. Nadie promueve la delgadez, sólo se muestran cuerpos cada vez más reducidos mientras hablan de haber "sanado su relación con la comida" o de "escuchar al cuerpo".

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La forma es perversa precisamente porque es invisible. No hay nadie diciéndole a una adolescente que tiene que verse de determinada manera. Sólo hay un scroll infinito en las redes sociales que le muestra, una y otra vez, qué cuerpos reciben atención, validación y alcance, y cuáles no.

Podría decirse que la obsesión por el físico en Hollywood cambió de forma, pero no de fondo. El actual auge de la delgadez extrema bien podría compararse con la antigua fiebre por el ácido hialurónico. Ambos casos comparten la imposición de un ideal estético inalcanzable camuflado bajo el discurso de la naturalidad y del bienestar.

Años atrás, las celebridades negaban sistemáticamente sus cirugías, bichectomías o el abuso de rellenos con ácido hialurónico. Por ejemplo, Kylie Jenner atribuía el aumento de sus labios a un "truco de maquillaje", validando una expectativa irreal para millones de adolescentes.

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Hoy, la narrativa se repite pero de una manera mucho más retorcida, porque si el famoso dice que está sano a pesar de exhibir una delgadez extrema, cuestionarlo se vuelve un ataque personal, cancelando el debate de manera automática. Y, entonces, el público termina dudando de sus propios ojos o asumiendo que el problema es su propia disciplina.

Lo nuevo en esta fórmula tiene nombre: los medicamentos basados en GLP-1, como Ozempic, Wegovy, entre otros. Desarrollados originalmente para tratar la diabetes tipo 2, se convirtieron en los últimos años en la herramienta de pérdida de peso más usada en Hollywood.

Lo que distingue a esta era de otras son la extrema velocidad y la magnitud de los cambios corporales que permiten estos medicamentos y el silencio que los rodea.

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Algunas famosas fueron transparentes: Oprah Winfrey admitió el uso de un GLP-1 como una decisión médica para desestigmatizar la obesidad. Sharon Osbourne no sólo reconoció haber usado Ozempic, sino que también advirtió sobre sus riesgos después de quedar, en sus propias palabras, alarmantemente delgada e incapaz de recuperar peso. Amy Schumer lo usó y lo dejó por los efectos secundarios. Además, criticó a colegas que mienten sobre su asistencia médica.

Estas son excepciones porque la norma es otra: celebridades que muestran transformaciones físicas drásticas y las atribuyen a "eliminar el azúcar", a "controlar la inflamación" o a simplemente al paso del tiempo y a la genética. Y, al ser cuestionadas, la respuesta más común es que nunca se sintieron tan bien, tan fuertes, tan saludables.

Cuando una figura pública con millones de seguidores presenta un cuerpo extremadamente delgado como "el resultado natural de hábitos saludables", está haciendo dos cosas. Por un lado, establece un estándar que distorsiona la percepción de qué es un cuerpo normal. Por el otro, implica que quien no llega a ese estándar no se está esforzando lo suficiente.

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Para personas con predisposición a trastornos de la conducta alimentaria, esa combinación es muy peligrosa. Expertos en salud mental advierten que incluso la exposición pasiva a imágenes de cuerpos muy delgados presentados como saludables puede funcionar como desencadenante. No hace falta que nadie diga nada explícito; con mostrarlo alcanza.

La pregunta de si una celebridad tiene responsabilidad sobre el impacto cultural de su cuerpo es incómoda y no tiene una respuesta simple. Nadie elige ser ícono de nada y la presión de actuar como representación de una causa es también una forma de cosificación. Pero hay una diferencia entre no tener la obligación de ser modelo de positividad corporal y mentir activamente sobre los procesos detrás de una transformación física para preservar una imagen o un negocio.

Gracias a la transparencia de Oprah, que genera más conversación real sobre salud que años de silencio, el argumento de que "es algo privado" pierde contundencia.

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No obstante, Ariana Grande, quien también ha sido foco de debate en los últimos años por su pérdida extrema de peso, anunció que se tomará un descanso de la vida pública una vez que finalice su gira, Eternal Sunshine Tour, debido al incesante y dañino escrutinio en redes sociales sobre su cuerpo y su salud.

Está bien, posiblemente en el caso de la cantante, cuyo cuerpo miles de personas estén diseccionando en las redes sociales con minuciosidad, puede no tratarse de una "preocupación sana", sino de acoso masivo, volviéndose un ambiente tóxico que le impide sanar en paz. No obstante, también puede leerse como que no es honesta con su propia condición, señalando al público como el causante de su malestar.

Sea como fuere, las celebridades hoy en día son publicidades ambulantes. Eso no lo eligieron, pero lo aprovechan y, si van a usar su cuerpo como herramienta de marketing, la mínima responsabilidad ética es no usarlo también para instalar estándares que saben que son inalcanzables sin ayuda médica.

Fuente: La Voz

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