Patricia Bottale: contar mueve al mundo
La rosarina Patricia Bottale acaba de publicar "El umbral", donde se dedica a contar historias que van desde la intimidad hasta las vidas de celebridades

La rosarina Patricia Bottale acaba de publicar "El umbral", donde se dedica a contar historias que van desde la intimidad hasta las vidas de celebridades
Patricia Bottale en su mesa de trabajo.
La narradora rosarina Patricia Bottale ha lanzado al mundo, poco tiempo atrás, un nuevo libro. Delicadamente editado por Planeta, "El umbral" propone un singular recorrido, que va desde los textos de honda raíz personal hasta aquellos donde todo gira alrededor de un personaje de gran relevancia histórica.
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De vasta y reconocida trayectoria, la autora—no sólo elogiada por su obra, sino por su tarea al frente de un taller literario— conversó con La Capital acerca del significado de estos textos, de su íntimo vínculo con la ciudad y de sus referentes en la ardua tarea de la escritura.
—¿De dónde proviene esa profunda afinidad tuya con el relato breve? De alguna influencia directa? ¿O de algo que podríamos denominar "inclinación natural?
—Creo que es una combinación de ambas, es una forma personal de mirar el mundo, me gusta buscar "momentos" dentro de historias que, a la vez, muestren la historia completa, para permitir al lector desarrollar su propia imaginación sobre los hechos, esa inclinación natural se fue alimentando de lecturas que, con seguridad, llamaron mi atención. Siempre me atrajo la intensidad del relato breve, la posibilidad de decir mucho en poco, de entrar en una vida, un conflicto, y salir, dejando una huella, buscar la palabra precisa, y ese instante en que la historia, aun siendo breve, puede abrir un universo entero.
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—Tu registro como narradora parte de la sensibilidad, aunque no elude la objetividad ni la reflexión. ¿Creés que las mujeres tienen una impronta propia a la hora de la escritura?
—No creo que exista una escritura femenina como una categoría cerrada, ni las mujeres debamos escribir de determinada forma. Pero sí creo que cada experiencia atraviesa tu historia, tu cuerpo, tu educación, o las formas particulares de habitar el mundo según el género, inevitablemente, puede imprimir una sensibilidad propia. En el primer libro que me editó Planeta "Sin rouge", traté de abordar el mundo masculino, ya fuera desde la tercera persona, "contándolo", o desde la primera, protagonizándolo. Fue una gran experiencia, y allí viví las sutiles diferencias, también en el lenguaje. De todos modos, creo que es una cuestión de perspectiva, que es lo más interesante, en que una voz propia no necesita proclamarse "femenina" para ser profundamente personal.
— "El umbral" abarca multiplicidad de temas y variedad de géneros. ¿De dónde surge tu interés por la historia, reflejado por ejemplo en los textos que tienen como eje a Belgrano y Bouchard?
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—Soy licenciada en historia, adoro la investigación y estudiar los personajes que tuvieron una vasta influencia en nuestra construcción nacional o en de otros pueblos, y por distintas razones no se encuentran en los libros de textos. Como, por ejemplo, muy pocos conocen a Remedios del Valle, y se encuentra en nuestros billetes de diez mil pesos…Rescatar del margen del desconocimiento colectivo a vidas que la historia oficial dejó en silencio va aún más allá, es descubrir lo que quedó detrás, sus propias huellas, sus silencios y el olvido, no para modificar lo que ocurrió, sino para acercarme, y devolverles, desde la literatura, una voz que el tiempo les negó.
"El umbral" es eso, ese lugar de pasaje entre lo conocido y lo que todavía está por descubrirse.
—Se percibe a través de tus cuentos la pasión por la poesía, que se nota con claridad en el relato que homenajea a Neruda. Contanos algo de tu vínculo con ese género tan importante y que suele ser, desde el aspecto comercial al menos, menospreciado.
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—Creo que la poesía ocupa un lugar importante en la vida de cualquier escritor. He escrito poco en ese género, de hecho, mi única obra editada de cierta extensión fue "Un lugar para Francisco", adaptada para obra musical, junto a Juanjo Cura, gala del Bicentenario de nuestra patria, por la que recibí dos felicitaciones del Vaticano, aunque el título nada tuvo que ver con el Sumo Pontífice.
Sin embargo, sé que hay algo en mi escritura, pero de otra manera, No parto de la búsqueda deliberada de lo lírico, sino que intento encontrar una forma de belleza en el lenguaje, en la búsqueda de lo original y profundo del juego de las palabras: el vocablo preciso, la imagen que ilumine una escena, el ritmo de una frase, aquello que permita que la escritura trascienda lo que cuenta. Lejos de cualquier valor comercial, creo que algo "bien escrito" va más allá del argumento, sirve no sólo para contar, sino para revelar otra realidad.
—Rosario es tu ciudad, en ella naciste, vivís y escribís. ¿Cómo la ves en esta coyuntura y qué implica para vos escribir desde Rosario en el marco de la literatura argentina?
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—Tengo un profundo amor por Rosario, aquí no sólo nací, vivo y escribo. Aquí están mi familia, mis talleres literarios, las personas que amo, mis amigos… También escribo en Uruguay, un país que adopté desde mi más profunda experiencia, ya que viví un tiempo allí. Parte de mí se quedó para siempre, y hoy es otra geografía afectiva y literaria.
Escribir desde una ciudad del interior tiene, sin dudas, sus dificultades, y parece que implica un esfuerzo mayor, pero también es un desafío el hacerse visible, alcanzar espacios, y conquistar metas. Es una pelea, sin dejar de pertenecer al lugar desde donde la voz nació. Escribir desde Rosario es también un privilegio. Esta ciudad tiene una identidad cultural muy fuerte, una enorme tradición literaria y una manera particular de mirar el mundo. No siento, en definitiva, que escribir desde aquí me quite algo, al contrario, me da una perspectiva, intentar alcanzar un lugar dentro de la literatura argentina sin renuncia al refugio desde donde todo se originó. Eso también es parte esencial de mi escritura.
—Debe ser una elección difícil, pero si tuvieras que elegir uno de los textos que integran "El umbral", ¿con cuál te quedarías y por qué?
—Sin dudas, para mí es el cuento que le da nombre al libro, o sea, "El umbral", porque trabajé con una idea muy potente allí, el cuento invierte el pacto tradicional entre el lector y el protagonista. Para mí fue un desafío literario muy grande, porque parte de una inversión del vínculo habitual entre el lector y la ficción. Generalmente somos nosotros, como lectores, quienes nos enamoramos de un personaje o de una historia; en este cuento sucede lo contrario, el protagonista se enamora del lector. Es como atravesar el cuarto muro y hacer que quien está del otro lado del libro se convierta, inesperadamente, en el objeto de deseo bajo la mirada del personaje. Lo interesante es que ese protagonista va abandonando paulatinamente el argumento que parecía destinado a vivir y comienza a mirar a quien está leyendo, llega a recordar cada vez que el lector abrió un libro, reconoce las huellas de su presencia. Fue difícil escribirlo, porque necesitaba construir una voz que pudiera ser habitada por cualquier lector, independiente de su género o de su modo de vivir el amor. Quería que quien estuviera leyendo pudiera sentirse interpelado personalmente por ese personaje. Por eso elegí ese título, porque no sólo cuenta una historia, sino que intenta borrar la frontera que existe entre quien escribe, quien es escrito y quien lee. Y quizás sea ese, precisamente, el verdadero umbral del libro.
—¿Qué es la literatura en tu vida, además de vocación o destino? ¿Reino apartado de la cotidianeidad o intercambio constante con el día a día?
—Puedo decir que si, que la literatura para mí es un reino apartado de la cotidianeidad, pero al mismo tiempo profundamente conectado con ella, y no sólo por mis creaciones. Desde hace más de treinta años coordino los talleres literarios "Palabras a bordo", y siempre repito que son una especie de células clandestinas conspirando a espaldas de la cotidianeidad. Allí entramos en un espacio donde expresamos las propias historias, las preguntas, los afectos que el mundo de todos los días, muchas veces, nos obliga a callar.
El intercambio con quienes participan es una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Me fascina esa gente que se reúne alrededor de la palabra, que cree en la literatura, que no negocia sus valores y que encuentra en ese espacio amistad, recursos del lenguaje, conocimiento mutuo, juego y material inagotable para contar.
El día a día está repleto de historias, de gestos mínimos, de contradicciones, de momentos que merecen ser transformados. Cuando escribo, me aparto del mundo para poder verlo mejor, y volver a él con otra mirada.
Alguien dijo alguna vez: "Contar mueve al mundo" y "Sólo se vive una vez, salvo por la literatura".
—¿A qué escritoras y escritores leés con mayor fervor? ¿Hay algún nativo de Rosario dentro de esa lista?
—Tengo muchos escritores y escritoras que han atravesado mi vida y que, de algún modo, han dejado huella en mi forma de mirar la literatura, como, incluso, para releerlos. Pero si hay alguien a quien no puedo dejar de nombrar es a Jorge Amado. Me conmueve profundamente su capacidad de llevarte hacia la escena que está describiendo, de contar la vida con humor, vitalidad, sensualidad y, a la vez, ternura, sin dejar de mirar las desigualdades de su entorno. Tiene un increíble manejo en la construcción de sus personajes populares, imperfectos, entrañables. También admiro su manera de mostrar su universo literario, su geografía, los olores, hasta el modo de hablar; convierte, sin duda, un lugar en algo cercano y familiar. "Capitanes de la arena", "La muerte y la muerte de Quincas Berros D´Agua"… inolvidables.
Rosario es cuna de grandes escritores, colegas y amigos a quienes quiero y admiro.
Si pudiera colgarme de tu cuello como una súplica o un reproche; colgarme para que me arranques de aquí.
Si mi prisión alimenta esta otra realidad, podrías romper tus propias dimensiones y tocarme. Mi única herramienta y razón es la palabra. Es mi magia, mi código y mi cárcel. Por ella existo, por vos existo, por mi voz, existís.
Me revelo lengua, acoso y reflejo, me revelo hombre, mujer, sombra, letra que encuentra un destino eterno bajo tu piel caliente de ser vivo.
Mi enojo, entonces, yermo, estéril, choca y choca contra los cuatro puntos cardinales de tu pregunta y de mis márgenes... ¿soy yo?
Sí, sos vos, sos vos, y sí, soy yo, que te grito desde un corazón de trazos y huesos impresos. ¿Escuchás? ¿Me escuchás? Es un diálogo de incertidumbres y divagaciones mías con silencios tuyos: historias, arte, océanos imprevisibles en los que el hombre navega sus atrocidades.
Ahora, en tu «ahora», dejo el papel protagónico que deseó el autor y te hablo a vos, quizá, en las hebras humanas de Pedro Páramo, porque, como él, es muy probable que todos, vos y yo, estemos muertos, con una muerte increíblemente benévola, que nos permite recordar la belleza de intentar amar.
Sos el centro de mi escenario, mi público, mi gran noche, mi estreno. Debo anclarte, interesarte, enamorarte para siempre, con esta posesión sellada que es mi caricia y mi huella.
No te toco sino con letras, pero puedo imaginar, como imaginás vos o cualquier lector, un desenlace o una situación secundaria que nunca se resolverá.
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Fuente: La Capital
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