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Perdió a sus dos hijos y transformó el dolor más grande en un refugio para otras madres: la historia de Ana María y una misión que lleva 32 años en San Juan

En menos de dos años perdió a sus dos hijos: uno de leucemia y otro, en un accidente de tránsito. Atravesar dos veces el duelo por un hijo la llevó a buscar respuestas y a tenderles una mano a otras familias que enfrentaban la misma tragedia. Ayudando, te ayudás a vos misma, expresó.

Por Carla Acosta8 min de lectura
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Perdió a sus dos hijos y transformó el dolor más grande en un refugio para otras madres: la historia de Ana María y una misión que lleva 32 años en San Juan
Perdió a sus dos hijos y transformó el dolor más grande en un refugio para otras madres: la historia de Ana María y una misión que lleva 32 años en San Juan · Foto: Tiempo de San Juan

Hay dolores para los que no hay palabras, y Ana María lo sabe desde hace más de tres décadas. Primero perdió a Freddy, su hijo mayor, cuando tenía apenas 21 años. La leucemia se lo llevó después de una lucha de nueve meses. Dos años más tarde, cuando todavía intentaba encontrar la manera de vivir con aquella ausencia, recibió otro golpe: Pablito, su hijo menor, falleció a los 19 años en un accidente de tránsito. En ese momento, Ana María tuvo que enfrentarse otra vez a un sufrimiento que ya conocía, pero que no por eso resultaba menos devastador.

Sin embargo, en medio de ese camino encontró algo que cambiaría su historia y la de muchas otras familias. Hoy, a sus 74 años y con la serenidad de alguien que aprendió a convivir con una herida que no va a desaparecer nunca, sigue al frente de una tarea que considera fundamental, como la de acompañar a otros padres para que puedan encontrar una manera de seguir adelante. Así fue como impulsó, junto a otras mamás, Renacer en San Juan, un grupo de ayuda mutua que nació de una necesidad personal y que, desde hace 32 años, ofrece un espacio para compartir el dolor sin tener que explicarlo ante quienes nunca atravesaron una pérdida semejante.

La historia de Renacer en la provincia comenzó cuando Ana María todavía buscaba respuestas. Después de la muerte de Freddy, cinco madres se reunían para hablar de lo que les había pasado. Se escuchaban, compartían sus lágrimas, intentaban sostenerse, pero no tenían orientación ni herramientas para saber cómo acompañarse. Ella sentía que debía existir alguna manera de atravesar aquel sufrimiento sin quedar atrapada en él.

Tenía guardado un número de teléfono de Renacer de Mendoza, pero no se animaba a llamar, aunque el dolor, los llantos y la dificultad de aceptar lo ocurrido ocupaban casi todo su día. Hasta que una tarde tomó aquel papelito y marcó. "Yo decía que no podía ser que nosotros habláramos y no tuviéramos nada, ni siquiera un papel, nada que nos ayudara. Yo decía: no, tiene que haber algo", recuerda.

Del otro lado atendió Silvia, una de las organizadoras del grupo mendocino. Después de tomarle los datos, le contó que en ese momento estaban de visita los fundadores de Renacer, Gustavo y Alicia Berti, quienes crearon el movimiento en 1988 tras perder a su hijo Nicolás en un accidente. Ana María todavía recuerda la emoción de aquella conversación telefónica y la posibilidad de entrar en contacto con personas que habían comenzado un camino similar.

A partir de ese vínculo, las madres sanjuaninas empezaron a conocer cómo funcionaba el grupo en otras provincias. Viajaban para participar de encuentros, aniversarios y actividades de formación. En broma, las llamaban "las hormiguitas viajeras": iban adonde hiciera falta para aprender, escuchar y llevarse herramientas que después pudieran compartir en San Juan.

Al año siguiente de la muerte de Freddy, Renacer comenzó a funcionar en la provincia. Lo que había empezado como una búsqueda desesperada de respuestas se convirtió en un espacio de acompañamiento que, más de tres décadas después, continúa abierto para quienes necesitan hablar con otros padres que conocen ese dolor desde adentro.

Ana María no oculta que hubo momentos en los que creyó que no podría volver a sonreír. Al principio, ver a otras madres reírse o participar de actividades le resultaba difícil de comprender. Se preguntaba cómo podían recuperar algunos gestos de la vida cotidiana después de semejante pérdida, cuando para ella hasta las cosas más simples parecían haberse vuelto cuesta arriba. La respuesta que recibió terminó acompañándola durante todos estos años: ayudar a otros también podía ayudarla a ella. "Me dijeron: 'Ayudando, te ayudás a vos misma'. Entonces, en vez de tener a mi dolor, que él me llevara, no; lo tuve acá atrás, de copiloto", cuenta.

La imagen resume una de las enseñanzas más importantes que encontró en Renacer. El dolor no desaparece ni se deja atrás como si nada hubiera ocurrido, tampoco existe una fórmula que permita volver a la vida anterior. Se trata de aprender a convivir con la ausencia sin permitir que ocupe cada rincón de la existencia.

Cuando murió Pablo, Ana María ya conocía ese camino. La segunda pérdida la hizo tocar fondo otra vez, pero también pudo reconocer que no estaba sola y que tenía otros hijos, una familia y personas que necesitaban de ella. Había aprendido, además, que el sufrimiento de una persona alcanza a todos los que la rodean. "Yo tenía más hijos, no estaba sola. Mi dolor no era solamente mío, sino de toda la familia. Y si vos estabas mal, todos caían junto contigo", explica.

Esa certeza le dio fuerzas para volver a levantarse. Con el tiempo, la vida le presentó otras pruebas, como una operación por cáncer de mama. Tampoco entonces quiso rendirse. "Yo quería vivir, quería vivir para mis hijos también", afirma.

Hoy, sus hijos Marcelo y Julieta están casados, le dieron nietos y Ana María ya es bisabuela. Cuando mira el camino recorrido, reconoce que hubo sufrimiento, pero también motivos para seguir. En esa historia familiar encuentra una razón para continuar y para sostener un espacio que considera necesario para quienes todavía no consiguen imaginar un futuro después de una pérdida.

"Dicen que perder a un hijo es el dolor más grande que una persona puede experimentar", plantea la periodista. Y enseguida la protagonista señala una particularidad que vuelve todavía más difícil esa experiencia: no existe una palabra que nombre a los padres que perdieron a sus hijos, como sí ocurre con quienes quedan viudos o con los chicos que pierden a sus padres.

Esa falta de palabras parece representar, de algún modo, la dificultad de encontrar una explicación para lo que pasó. ¿Cómo se sigue cuando muere un hijo? ¿Cómo se aprende a vivir con una ausencia que modifica para siempre la historia de una familia? Ana María no tiene respuestas sencillas. Su experiencia le enseñó que cada persona atraviesa el duelo de una manera diferente y que nadie puede devolverles a los padres aquello que perdieron. Por eso insiste en que buscar ayuda es importante y que el acompañamiento de otros puede hacer una diferencia cuando el sufrimiento parece demasiado grande para soportarlo en soledad.

"Tenemos que seguir superando esto que nos toca vivir y darle un sentido. Porque si vos no le das un sentido, te volvés loca de decir: '¿Qué pasa?'", reflexiona.

En Renacer, ese sentido no consiste en olvidar ni en dejar de extrañar. Tampoco en fingir que todo está bien, se construye, muchas veces, en el gesto de escuchar a otra madre, en compartir una experiencia o en ofrecerle a alguien que acaba de perder a un hijo la certeza de que no tiene que transitar ese camino sin compañía.

Ana María sabe que hay personas que llegan al grupo con la esperanza de encontrar una respuesta que les permita recuperar a sus hijos. La tristeza es tan profunda que, al principio, aceptar la irreversibilidad de la muerte puede resultar imposible. El acompañamiento, explica, también consiste en aprender a reconocer esa realidad y encontrar una manera de seguir viviendo con ella. Por eso define a Renacer como una "escuela de vida". No porque enseñe a dejar de sufrir, sino porque ayuda a descubrir cómo continuar aun cuando el dolor siga presente.

Hay fechas que vuelven a poner la ausencia en primer plano. El Día de la Madre, el Día del Padre, las fiestas de fin de año, los aniversarios y los cumpleaños pueden convertirse en jornadas especialmente difíciles para quienes perdieron a un hijo. La silla vacía, el saludo que ya no llega o la costumbre familiar que cambió para siempre recuerdan lo que falta.

Para quienes perdieron a su único hijo, la experiencia puede resultar todavía más solitaria. Ana María conoce esas dificultades y sabe que no alcanza con decirle a alguien que tiene que ser fuerte o que debe seguir adelante. Su consejo, sin embargo, es claro: dejarse abrazar. Permitir que la familia se acerque, aceptar el cariño y entender que recibir afecto no significa que la ausencia duela menos. "Nosotros tenemos que recibir, porque si tenemos hijos que nos quedan, ellos están esperando que nosotros abramos las manitas para los abrazos, para decir: 'Bueno, gracias, hijo'", expresa.

Y reconoce que no es sencillo. "Es bastante duro pasar el Día de la Madre, el Día del Padre, las fiestas, los aniversarios, los cumpleaños. Todo eso", admite.

En esas jornadas, un gesto pequeño puede tener un valor enorme. Un abrazo, un mensaje o un "feliz día" pueden ayudar a que una madre sienta que los demás no se olvidaron de su hijo. Aunque ya no esté físicamente, sigue formando parte de su historia y de su corazón. "Se nos van la gente, los amigos, la familia, se nos separa porque no saben qué decirnos. No es porque no nos quieran, sino porque no saben qué decirnos", señala.

Por eso, desde Renacer también buscan que los allegados participen y comprendan que acompañar no requiere encontrar una frase perfecta. A veces alcanza con estar, escuchar y reconocer que ese hijo sigue presente en la vida de su familia.

"Yo quisiera que hubiera otros padres que sigan con la antorcha encendida. Cuando yo no esté, que siga Renacer en pie acá en San Juan", dice.

Su historia está atravesada por dos ausencias irreparables, pero también por la decisión de seguir viviendo. No porque haya encontrado una forma de borrar lo ocurrido, sino porque aprendió que todavía había abrazos para recibir, hijos que la necesitaban, nietos por conocer y otras familias a las que podía tenderles una mano. Para Ana María, acompañar a otros padres es también una manera de honrar a sus dos hijos y de cuidar a quienes todavía están. Una forma de transformar lo vivido en algo que pueda servirle a alguien más, sin negar el sufrimiento ni esconder las cicatrices.

*Quienes necesiten acercarse a Renacer en San Juan pueden hacerlo el primer y el tercer viernes de cada mes, en la iglesia La Merced, ubicada frente a la Municipalidad de la Capital, en la zona de Ignacio de la Roza y Caseros.

Fuente: Tiempo de San Juan

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