Perón, Churchill, las Malvinas, la política y el fútbol
Del "gol imposible" de Grillo de 1954 hasta hoy el duelo entre la Argentina e Inglaterra ha estado marcado por cuestiones que van más allá de lo deportivo.

Del "gol imposible" de Grillo de 1954 hasta hoy el duelo entre la Argentina e Inglaterra ha estado marcado por cuestiones que van más allá de lo deportivo.
Por Pablo Mendelevich, en diario La NaciónDel razonable, centrado y prudente Lionel Scaloni no cabía esperar sino que les suministrara un calmante a los nacionalistas de tablón, por lo común gente anglofóbica con propensión a exaltarse. "Es un partido de fútbol, no busquemos otra cosa", advirtió el director técnico más medido que haya habido para desalentar toda posible -y previsible- politización para hoy. Podría haber recordado que no se trata del primer partido importante con Inglaterra, que es el número catorce, pero tal vez Scaloni hizo bien en no menear el dato. La politización viene ni más ni menos que de allí, de la historia. De la historia del fútbol y sus explotaciones políticas originarias. No fue una ocurrencia patriotera de las hinchadas. Tampoco una secuela de la guerra de Malvinas.
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Todo comenzó la primera vez que Inglaterra jugó en la Argentina. Sucedió el 14 de mayo de 1953, convertido de inmediato en el Día del futbolista, decisión atribuida a la AFA aunque anunciada por el presidente Perón en base a lo que pasaría a llamarse "el Gol imposible", una obra de Ernesto Grillo, ídolo de Independiente. La AFA estaba conducida por Valentín Suárez, hombre muy cercano al gobierno peronista, estrecho colaborador de la Fundación Eva Perón.
En 2020 la AFA de Claudio Chiqui Tapia (también cercano a otro gobierno peronista, el de Alberto Fernández y Cristina Kirchner), sustituyó el gol inspirador de la efemérides por otro. Cambió el gol y cambió la fecha pero conservó al contrincante, Inglaterra, el país que inventó el fútbol con reglas. El Día del futbolista se pasó para el 22 de junio con el fin de evocar el "gol del siglo", el segundo de Diego Maradona en el triunfo logrado en el Mundial de México 1986. El primero había sido el ilegal, la avivada con la mano y que luego fue sacralizado por la feligresía futbolera con el plus antibritánico.
Primera potencia mundial hasta 1945 -el año del final de la Segunda Guerra y del nacimiento del peronismo-, hacia 1953 Inglaterra no se asociaba tanto en el imaginario popular con Malvinas como con los dueños del fútbol y los antiguos explotadores económicos. Piénsese que habían transcurrido sólo veinte años del Pacto Roca-Runciman y estaba fresca la condición nacional de proveedor dependiente que se diluía en la transferencia del poder occidental hacia Estados Unidos y en el proceso de industrialización local.
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Aquel 14 de mayo del partido con Inglaterra en River se cumplían justo cuatro años de la estatización del Ferrocarril Central de Buenos Aires (Perón había iniciado el proceso de nacionalización de los ferrocarriles británicos un lustro atrás) y la palabra soberanía retumbaba con insistencia dentro de una narrativa oficial rica en retórica antiimperialista.
"Ya nacionalizamos los ferrocarriles, ahora nacionalizamos el fútbol", celebró entusiasta el gobierno delante de la victoria de la Selección por 3 a 1. Hazaña atribuida en esencia a "la Nueva Argentina", un concepto político, social y económico creado en 1950 para definir la refundación del país bajo los principios de la doctrina justicialista.
Los hinchas, desde luego, recuerdan hasta hoy mucho más el "Gol imposible" de Grillo que la presencia estelar del presidente Perón en el estadio de River, donde las crónicas aseguraron que hubo más de 80 mil espectadores. "Recibí la pelota, burlé a un rival y a otro y a otro más. Fueron tres o cuatro, aunque yo siempre digo uno menos - contaría Grillo a la revista El Gráfico-. Me encontré que la cancha se me acababa, miré hacia el arco y reparé que el arquero inglés, pensando que yo iba a tirar un centro, se había adelantado unos pasos con la intención de cortarlo. Vi el hueco y tiré entre él y el primer palo, medio chanfleado. Entró y todavía me parece estar viendo la cara de asombro del arquero. Ni yo podía creerlo".
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Por disputas con la FIFA y con otros países, Argentina se había negado a participar de los mundiales de 1950 en Brasil y 1954 en Suiza. Jugar con Inglaterra la sacaba del aislamiento. Pero la FIFA tardó mucho tiempo en reconocer que ese jueves se habían enfrentado dos selecciones. El día después, mientras acá se celebraba "la nacionalización del fútbol", la prensa londinense amortiguaba la derrota con el argumento de que por el lado británico no había participado ninguna selección. A la vez era dura con los propios.
The Times describió el partido como "un carnaval de propaganda" utilizado por el peronismo para alimentar el fervor nacionalista
Bob Ferrier, el enviado del Daily Mirror, escribió: "Inglaterra quedó en ridículo ante estos pequeños hombres morenos de la pampa que jugaban como pumas andinos: fluidos, rítmicos, elegantes, un equipo mecánico que creaba espacios y movía el balón magníficamente. Para quienes habíamos viajado toda esta distancia con grandes esperanzas de éxito inicial -los periodistas, los árbitros y algún que otro jugador, que sufrimos más que nadie en el campo- fue un momento frustrante cuando, a pocos minutos del final, presenciamos la despedida de los sudamericanos. Fue un alarido masivo de pañuelos blancos".
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The Times describió el partido como "un carnaval de propaganda" utilizado por el peronismo para alimentar el fervor nacionalista, repitió que no había sido un encuentro oficial y se quejó de la sumisión de los jugadores ingleses al régimen debido a que el general no bajó al campo de juego sino que se dispuso que ambos equipos hicieran fila en el palco presidencial para estrecharle la mano. En verdad todo el suceso había sido armado a último momento (hubo otro partido internacional enseguida pero fue suspendido a los 15 minutos debido a una lluvia torrencial). La impronta gubernamental dejó marca.
Malvinas no era un tema cotidiano, pero se ve que estaba en la cabeza de Perón. Apenas dos semanas después del partido con Inglaterra envió a Londres al almirante Alberto Teisaire para la coronación de la reina Isabel II con la propuesta secreta de comprar las islas. El Foreign Office la rechazó de plano. Alegó que la venta produciría el derrocamiento de Winston Churchill.
Trece años más tarde, a la rivalidad futbolística se le sumó el perdurable tono feroz. Fue con la desprolija expulsión del defensor Antonio Ubaldo Rattin del partido disputado en el estadio de Wembley durante el Mundial 1966, episodio muy recordado por estas horas debido al fallecimiento del astro, el sábado pasado.
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Así como de la tragedia del Titanic surgió el sonar acústico para detectar icebergs, el escándalo con Rattin y la interminable incomunicación con el árbitro alemán que lo quería afuera de la cancha llevó a que se inventaran las tarjetas amarilla y roja. Parece bastante sintomático que esos instrumentos disciplinarios hoy fundamentales en el fútbol hayan surgido de las barreras de comprensión entre la Argentina e Inglaterra.
Tal vez faltaría recordar que luego de que el técnico inglés llamó "animales" a los jugadores argentinos, el general Juan Carlos Onganía, recién llegado al poder, aprovechó todo el episodio para inflamar en la sociedad un rústico nacionalismo que estaba dormido. Arrancó con un telegrama para la delegación que estaba en Londres: "La pérdida de un campeonato de fútbol frente a las contingencias de un partido carece de significación frente al hondo orgullo (sí, redactando Onganía no se lucía) que para todo el pueblo argentino representa la hombría, el temple y el coraje de nuestros jugadores".
La derrota fue presentada como una victoria moral: había habido una "conspiración anglosajona". El gobierno militar, que no permitía ninguna concentración ni manifestación pública (también prohibió a los hombres usar el pelo largo y a las mujeres ponerse minifalda), organizó un recibimiento masivo de la Selección en Ezeiza. La fervorosa multitud recibió a los futbolistas como héroes mientras entonaba agresivas consignas antibritánicas.
La siguiente dictadura, a la cual le tocó organizar el mundial de 1978, fue la que perfeccionó los métodos de uso político del fútbol. En términos dramáticos que no hace falta recordar que los llevó hasta el paroxismo con una hipocresía inigualable. Pero como Inglaterra no había logrado clasificar no hubo confrontación ni hooligans en Buenos Aires. Nunca se sabrá que habría hecho Videla -en 1976, poco antes de ser derrocada Isabel Perón, ambos países expulsaron a sus embajadores; las relaciones estaban muy tensas- de haber tenido que jugar la selección de Luis Menotti con los ingleses.
En 1986, cuatro años después de la finalización de la guerra, Argentina le ganó 2 a 1 a Inglaterra en el Mundial de México en el partido más famoso, quizás, de la historia. Claro, el día del futbolista.
Al final son sólo partidos de fútbol, tiene razón Scaloni, quien a la vez sabe bien, como la mayoría de los argentinos, que la historia pesa. Ese sosiego suyo opera como un escudo táctico y mental: busca proteger al plantel de la carga hiperbólica que la sociedad le impone a partido.
Fuente: Diario Panorama
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