Perros que muerden: el problema no es la raza, sino la forma en que convivimos con ellos
Una seguidilla de ataques vuelve a poner bajo la lupa la tenencia responsable. En Mendoza, una niña de 3 años fue mordida en la cabeza por el perro de su familia y debió ser derivada al hospital Notti. La problemática excede a las razas consideradas peligrosas.

Una seguidilla de ataques vuelve a poner bajo la lupa la tenencia responsable. En Mendoza, una niña de 3 años fue mordida en la cabeza por el perro de su familia y debió ser derivada al hospital Notti. La problemática excede a las razas consideradas peligrosas.
La educación del perro implica enseñarle a convivir.
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Luis Amieva: "Con los perros que muerden, el problema no es la raza, sino la forma en que convivimos con ellos"
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Hay noticias que aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer con una frecuencia incómoda. Un perro que ataca a un niño. Una persona que es mordida cuando camina por la calle. Una jauría que persigue a alguien. Un animal que se escapa de una vivienda y termina provocando una situación que pudo ser mucho peor.
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Después de cada episodio suele aparecer la misma discusión: qué raza era, qué tamaño tenía, si era un pitbull, un dogo, un rottweiler o un perro mestizo. También aparece la pregunta acerca de si determinados animales deberían estar sujetos a controles especiales.
Pero la repetición de los casos obliga a mirar un poco más allá.
En los últimos meses se han registrado distintos episodios en Mendoza y otras provincias. La semana pasada, en Medrano, Rivadavia, una niña de tres años terminó en el hospital Humberto Notti después de sufrir una mordedura en el cuero cabelludo. Según se informó, la pequeña se acercó mientras una familiar alimentaba al perro de la casa y tocó al animal. La reacción fue inmediata: el perro la mordió en la cabeza.
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El episodio tuvo una particularidad que debería servir para pensar el problema: no ocurrió en la calle, con un animal desconocido, sino dentro de una vivienda y con un perro perteneciente al entorno familiar.
Y ahí comienza otra discusión.
Luis Amieva trabaja desde hace años con perros y actualmente participa en procesos de rehabilitación de animales que llegan después de haber protagonizado situaciones de agresividad. En su experiencia, uno de los principales errores consiste en poner todos los comportamientos dentro de la misma categoría.
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"No es lo mismo una agresión que un ataque", plantea.
Un perro puede reaccionar frente a un estímulo que considera amenazante, puede defender su comida, sentirse invadido mientras duerme o reaccionar frente a una situación que le genera miedo. Otra cosa es un animal que persigue, muerde reiteradamente y no detiene la conducta.
La diferencia puede ser decisiva para entender qué ocurrió y, sobre todo, para prevenir que vuelva a ocurrir.
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En el caso de Medrano, por ejemplo, la niña se acercó mientras el animal estaba comiendo. El perro reaccionó y la mordió. Amieva considera que situaciones de este tipo pueden comprenderse a partir del contexto: el animal estaba frente a un recurso que consideraba propio y respondió cuando alguien invadió ese espacio. En la entrevista, señala que una respuesta de ese tipo no necesariamente equivale a un perro que sale a la calle con intención de atacar. El problema aparece cuando quienes conviven con un perro desconocen esas señales.
Hay una idea que Amieva repite y que resulta central: muchas veces el perro comunica que está incómodo antes de llegar a la mordida.
Mira hacia otro lado. Se relame. Se aparta. Cambia la posición del cuerpo. Busca alejarse de aquello que lo incomoda.
Son señales que pueden pasar inadvertidas para una persona que no conoce el lenguaje corporal de los animales.
Amieva cuenta que antes de una mordida pueden aparecer varias de estas conductas. El perro, en cierta forma, está diciendo que necesita que la situación termine. Si esas señales son ignoradas y el estímulo continúa, puede llegar una respuesta más contundente.
El problema es que los humanos solemos interpretar a los perros desde categorías humanas.
"Es bueno", "es malo", "es juguetón", "nunca mordió a nadie".
Pero que un perro nunca haya mordido no significa que nunca vaya a reaccionar frente a determinadas circunstancias.
Y, especialmente cuando hay niños, esa diferencia importa.
Luis Amieva: "Con los perros que muerden, el problema no es la raza, sino la forma en que convivimos con ellos"
Un adulto puede reconocer que un perro está comiendo y decidir no molestarlo. Un niño pequeño probablemente no tenga esa capacidad.
Puede acercarse, tocarlo, abrazarlo, tirarle de una oreja o intentar quitarle un objeto sin comprender que está entrando en una situación que el animal interpreta de otra manera.
Por eso, la convivencia entre niños y perros no debería descansar exclusivamente en la confianza que los adultos tengan en el animal.
"Es el perro de la familia" no constituye una garantía. Tampoco lo es "nunca hizo nada".
Los datos nacionales ayudan a dimensionar el problema. Las lesiones por mordeduras de perro son de notificación obligatoria desde 2023. Entre 2023 y 2025 se registraron 135.715 casos en el país y 60.277 correspondieron a 2025. Además, el grupo de niños de entre 5 y 9 años presenta una de las tasas más elevadas.
Durante las primeras cuatro semanas de 2026 se notificaron 4.962 lesiones leves y moderadas. El número fue similar al del mismo período de 2025, aunque el registro sigue mostrando la magnitud de una problemática que dejó de ser anecdótica para convertirse en un asunto de salud pública.
Y hay otro dato significativo: no todas las mordeduras ocurren con perros desconocidos que deambulan por la calle. Entre los episodios cuyo contexto pudo determinarse, también aparecen ataques producidos dentro de viviendas y por animales conocidos.
Amieva cuestiona una asociación demasiado sencilla: perro grande igual perro peligroso.
Un animal de gran tamaño, naturalmente, tiene una capacidad potencial de provocar lesiones mayores. Pero el educador sostiene que la intensidad de una conducta agresiva no está determinada únicamente por el tamaño.
En realidad, dice, muchas veces los perros pequeños son subestimados precisamente porque su porte hace que determinadas conductas parezcan graciosas o inofensivas.
Un perro que gruñe, ladra, intenta morder o se lanza sobre alguien puede ser tratado como si simplemente estuviera jugando.
"Lo subestimamos por el porte", explica. El problema es que las conductas también se aprenden.
Un perro al que desde cachorro se le permite morder las manos durante el juego puede aprender que utilizar la boca sobre las personas es una conducta aceptable. Si además se lo deja salir solo, perseguir bicicletas, enfrentarse con otros perros o recorrer el barrio sin supervisión, el propietario pierde capacidad de anticiparse a sus reacciones.
"La responsabilidad es nuestra", resume Amieva.
Uno de los aspectos más interesantes de su experiencia aparece cuando habla de los perros que llegan a los caniles.
Son animales que muchas veces fueron denunciados después de morder en la vía pública o en una escuela. Algunos no tienen un propietario identificado. Otros llegan con una historia de abandono, aislamiento o escasa socialización.
El trabajo comienza desde lo básico.
Amieva explica que primero busca generar confianza mediante la motivación. Después aparecen los paseos, el contacto con personas, otros animales, bicicletas, autos y distintos estímulos cotidianos. El objetivo es que el perro aprenda a desenvolverse en un mundo que muchas veces le resultaba desconocido.
Es un proceso que demanda tiempo.
No alcanza con sacar al perro una vez, retarlo cuando hace algo mal o encerrarlo después de un episodio.
Hay que conocerlo.
Saber qué le molesta. Qué lo tranquiliza. Qué estímulos lo alteran. Cómo reacciona frente a otros perros. Cómo responde ante desconocidos. Qué ocurre cuando alguien se acerca mientras come.
En definitiva, hay que hacerse responsable del animal que se decidió tener.
Amieva observa una escena habitual en Mendoza: propietarios que abren la puerta por la mañana y dejan salir al perro para que haga sus necesidades.
El animal recorre las calles, corre detrás de bicicletas, persigue gatos, se enfrenta con otros perros, rompe bolsas de basura y luego vuelve a su casa. Su dueño probablemente nunca se entera de buena parte de lo que ocurrió durante esas horas. El perro, sin embargo, aprendió.
Aprendió qué puede perseguir. Qué puede defender. Qué lugares considera propios. Cómo reaccionar ante otros animales. Qué personas le generan temor.
Y todo eso ocurrió sin intervención de su propietario.
Por eso, la tenencia responsable no consiste solamente en alimentar, vacunar y dar cariño.
También implica controlar.
La propia Provincia mantiene programas de vigilancia y prevención vinculados con las zoonosis y la rabia, y recomienda la vacunación anual de perros y gatos y evitar que los animales deambulen libremente.
En 2025, además, Mendoza registró un caso positivo de rabia en un murciélago, lo que reforzó las campañas de prevención y vacunación.
Hay una última cuestión que resulta importante.
Hablar de ataques no significa demonizar a los animales. Tampoco significa convertir determinadas razas en culpables anticipados.
Amieva insiste en que cada caso es individual y que la agresividad tiene múltiples factores: el contexto, la crianza, la socialización, el manejo, los paseos, la alimentación, las reglas establecidas y la manera en que los humanos interactúan con el perro.
Por eso también evita reducir la discusión a una raza determinada. El problema no comienza necesariamente cuando el perro muerde. Comienza mucho antes.
Puede comenzar cuando el cachorro aprende que morder manos es un juego. Cuando el perro adulto pasa todo el día encerrado. Cuando se lo deja salir solo. Cuando un niño puede acercarse mientras come. Cuando nadie reconoce sus señales de incomodidad. Cuando se confunde afecto con permisividad.
Y también cuando un propietario cree que querer a su perro alcanza para garantizar una buena convivencia.
Los ataques recientes vuelven a instalar la misma pregunta: ¿qué estamos haciendo para evitar que el próximo ocurra?
La respuesta no parece estar únicamente en castigar al dueño después de una mordedura ni en discutir qué razas deberían estar permitidas.
Está antes.
En educar al animal. En educar a quienes lo tienen. En enseñarles a los niños cómo relacionarse con un perro. En evitar que los animales circulen sin control. En reconocer las señales de miedo, incomodidad o tensión. En entender que un perro no es un juguete, pero tampoco una máquina imprevisible destinada a atacar.
Es un animal que aprende.
Y justamente por eso, como plantea Amieva, buena parte de lo que finalmente hace también tiene que ver con lo que los seres humanos le enseñaron.
La seguidilla de episodios debería servir para algo más que alimentar la noticia del día.
Porque cada mordedura vuelve a poner sobre la mesa una responsabilidad que comienza mucho antes del ataque: la de aprender a convivir con el animal que decidimos incorporar a nuestra vida.
Fuente: Los Andes
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