Por qué la preferencia por la cebolla podría estar relacionada con un menor riesgo de diabetes tipo 2, según un estudio
Una variante genética asociada con esta verdura se vinculó con indicadores metabólicos más favorables, en un trabajo que propone usar la genética del sabor para estudiar el efecto real de los alimentos

Por Constanza Almirón
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Los genes que influyen en el gusto y el olfato pueden ofrecer una nueva vía para estudiar cómo la dieta se asocia a enfermedades crónicas. Un trabajo publicado en BMC Medicine identificó que una variante genética vinculada a una mayor preferencia por la cebolla se relacionó con menor presión arterial y menor riesgo de diabetes tipo 2.
El estudio, liderado por investigadores de la Universidad de Queensland y otros centros internacionales, no demuestra que comer cebolla prevenga la diabetes. Su aporte principal es metodológico: propone utilizar variantes genéticas asociadas a la percepción de sabores y olores como herramientas para evaluar si determinados alimentos pueden tener algún efecto sobre la salud.
"Determinar si un alimento específico causa una enfermedad o solo está vinculado con ella es un desafío importante en la epidemiología nutricional", explicó el doctor Daniel Hwang, del Instituto de Biociencias Moleculares de la Universidad de Queensland.
Según la institución, las dietas poco saludables se asocian con unas 11 millones de muertes prematuras al año, principalmente por enfermedades cardiovasculares y cáncer. En ese marco, los autores plantean que los genes del gusto y del olfato podrían contribuir a reforzar la evidencia sobre el vínculo entre alimentación y enfermedad.
En nutrición, demostrar que un alimento específico reduce o aumenta el riesgo de una enfermedad es complejo. Muchas investigaciones observacionales hallan asociaciones, pero eso no siempre permite establecer causa y efecto.
Una persona puede consumir más o menos un producto por razones culturales, económicas, médicas o familiares. También puede modificar sus hábitos alimentarios después de recibir un diagnóstico, lo que dificulta interpretar los resultados.
Para sortear parte de esas limitaciones, los investigadores recurrieron a la aleatorización mendeliana, una estrategia que utiliza diferencias genéticas entre personas para aproximarse a posibles relaciones causales.
El equipo construyó un marco genético basado en receptores del gusto y del olfato, dos sistemas que influyen de manera directa en la selección de alimentos.
Según BMC Medicine, los autores examinaron 1.214 variantes no sinónimas en 30 genes de receptores del gusto y 295 genes de receptores olfativos. Luego evaluaron su relación con 140 preferencias alimentarias en participantes del UK Biobank.
El cuestionario de preferencias incluyó datos de hasta 182.165 personas de entre 37 y 73 años. La Universidad de Queensland resumió ese universo como más de 160.000 adultos.
Después, los investigadores aplicaron varios filtros para seleccionar solo instrumentos genéticos más confiables. Entre ellos, verificaron si los resultados se replicaban en otra cohorte, si la preferencia por un alimento coincidía con su ingesta, si existían asociaciones con el nivel socioeconómico y si la dirección del efecto era consistente.
La validación externa se realizó en la cohorte Avon Longitudinal Study of Parents and Children, conocida como ALSPAC, con participantes evaluados a los 25 años en Bristol y sus alrededores, en el Reino Unido.
El análisis identificó 268 variantes asociadas con 96 rasgos de preferencia alimentaria, distribuidas en 16 genes de receptores del gusto y 101 genes de receptores olfativos. Tras aplicar los filtros, quedaron 24 instrumentos candidatos para 20 alimentos.
El caso más consistente fue el de la cebolla. La preferencia genética por ese alimento fue la única que cumplió todos los criterios predefinidos para ser considerada de alta confianza.
Según BMC Medicine, la preferencia genética por la cebolla se asoció con valores ligeramente más bajos de presión arterial y con un menor riesgo estimado de diabetes tipo 2. En términos simples, las personas con una predisposición genética asociada a mayor gusto por ese alimento tendieron a presentar mejores indicadores metabólicos dentro del marco estadístico utilizado por los investigadores.
El trabajo no encontró evidencia sólida de un efecto sobre el índice de masa corporal, rasgos glucémicos, colesterol sérico o enfermedad coronaria.
Tampoco permite afirmar que incrementar el consumo de cebolla reduzca por sí solo el riesgo de diabetes o hipertensión. Los autores analizaron una preferencia alimentaria asociada a variantes genéticas, no una intervención clínica basada en comer más cebolla.
Esa distinción es clave. El hallazgo no debe interpretarse como una recomendación médica aislada, sino como una demostración de que los genes del gusto y del olfato pueden servir para estudiar con mayor precisión la relación entre dieta y salud.
El doctor Hwang señaló que su equipo creó un marco genético para ayudar a entender mejor cómo la dieta contribuye a las enfermedades crónicas. Según explicó, el gusto y el olfato son dos factores biológicos relevantes que influyen en las elecciones alimentarias.
La ventaja de este enfoque es que puede ofrecer una herramienta más rápida y menos costosa que los experimentos nutricionales tradicionales, en especial cuando se intenta evaluar alimentos concretos.
Sin embargo, el propio artículo advierte varias limitaciones: el número de instrumentos disponibles fue reducido, los efectos observados fueron modestos, existe posible pleiotropía y el UK Biobank puede presentar sesgo de selección.
Además, algunos receptores quimiosensoriales cumplen funciones fuera de la boca y la nariz, lo que puede complicar la interpretación de los resultados.
Los autores aclaran que el marco todavía debe replicarse en cohortes más grandes, diversas e independientes. Por ahora, el estudio no modifica las recomendaciones nutricionales ni permite afirmar que comer cebolla reduzca el riesgo de diabetes. Su aporte principal es metodológico: muestra que los genes del gusto y del olfato pueden ayudar a estudiar con más precisión la relación entre dieta y salud metabólica.
Fuente: Infobae
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