Por qué tu mente divaga cuando parece que no hacés nada (y qué le pasa al cerebro en ese momento)
Algunos estudios estiman que la divagación mental puede ocupar entre un 30 % y un 50 % de nuestro tiempo de vigilia. Mientras creemos estar presentes, nuestra mente puede pasar una parte considerable del día viajando por otros territorios. ¿Eso es bueno?

Por Redacción
Especial de Rossana Martínez (*) para «Río Negro»
Es común en mi vida cotidiana participar de reuniones de trabajo en donde el tiempo y la concentración son fundamentales; reuniones en las que los líderes desarrollan objetivos, proyecciones y estadísticas, y los equipos son prioridad.
Normalmente, uno debe saber explicar con palabras lo más exactas posible, y sin tantos rodeos, una situación, un cambio o la visión que quiere proponer. Y no siempre contamos con esas capacidades.
A veces, un lunes temprano y un directorio poco amigable no ayudan a que las palabras sean las exactas. Quienes trabajamos en el mundo empresarial sabemos de eso. Y siempre, antes de entrar a una reunión, nuestro mantra con mi equipo es el mismo: enfocarse.
Qué palabra. Qué difícil.
En neurociencia, enfocarnos supone seleccionar y priorizar aquello que es relevante para una meta, sostenerlo en el tiempo y limitar la interferencia de estímulos y pensamientos que compiten por nuestra atención.
Pero mientras creemos estar llevando las riendas de nuestra atención, nuestro cerebro tiene otros planes.
Te habrá sucedido más de una vez que, aunque intentás estar presente en una conversación, tu mente elige otra carretera y te encontrás pensando, mientras alguien te habla, en qué vas a almorzar, qué querrá la dirección de la escuela sobre tu hijo o si vas a ir al gimnasio después de esa reunión…
Nazareth Castellanos expresa: "Nuestro día está formado de cientos de minutos en los que no sabemos posar nuestro pensamiento". Algunos estudios estiman que la divagación mental puede ocupar entre un 30 % y un 50 % de nuestro tiempo de vigilia.
Mientras creemos estar presentes, nuestra mente puede pasar una parte considerable del día viajando por otros territorios.
La ciencia lleva años estudiando qué hace nuestro cerebro cuando, aparentemente, no hace nada, cuando la atención se aparta de los estímulos externos.
Es allí donde aparece la llamada red neuronal por defecto, asociada con procesos como la autorreflexión, la ensoñación, la evocación de experiencias personales y la proyección hacia el futuro. Y convengamos que no se lo hacemos fácil.
Las interrupciones del celular, el deseo de hacer todo al mismo tiempo y la dificultad creciente para estar presentes compiten permanentemente por nuestra atención.
A eso se suma un cerebro que tiende a automatizar muchas de nuestras elecciones cotidianas. Pero que nuestra mente divague no significa necesariamente que algo esté funcionando mal. Esa capacidad de ir hacia otros territorios también nos permite recordar, imaginar, anticipar y crear.
Una mente que se aleja del presente puede, incluso, regresar con una idea que antes no tenía. De hecho, hace casi cinco siglos, sin resonancias magnéticas ni mapas de redes neuronales, Teresa de Ávila observaba su propia mente e intentaba comprender por qué, aun queriendo concentrarse profundamente, la imaginación "mariposeaba": iba y venía con imágenes y fabulaciones. La comparaba con pequeñas mariposas nocturnas, "importunas y desasosegadas".
Siglos después, aquella experiencia continúa resultándonos familiar: queremos permanecer en un pensamiento y nuestra mente decide viajar. El problema comienza cuando ese viaje pierde libertad. No toda divagación es igual. Una cosa es permitir que el pensamiento vaya y vuelva; otra, quedar atrapados una y otra vez en el mismo territorio. Allí aparece la rumiación: una fijación repetitiva en determinados pensamientos, muchas veces negativos, que puede llevarnos a recorrer las mismas preguntas, preocupaciones o autocríticas sin avanzar hacia una solución.
Entonces, quizás enfocarnos no signifique impedir que nuestra mente viaje. Tal vez signifique aprender a reconocer cuándo se fue y saber traerla de regreso.
Te comparto una técnica que tal vez puedas utilizar esos días en los que enfocarte es especialmente importante.
En mi caso, antes de entrar a una reunión, mientras saludo y me voy acomodando, busco en el lugar tres cosas que veo, dos sonidos que escucho y una sensación de mi cuerpo. Nada más. Es una pequeña interrupción del viaje mental para intentar, una vez más, posar el pensamiento en el aquí y ahora.
(*) Licenciada en Relaciones Públicas, especialista en Comunicación No Verbal, Neurociencia Aplicada y Programación Neurolingüística (PNL). Consultora empresarial, conferencista y docente universitaria, dirige R&M Management Consultants.
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Fuente: Río Negro
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