¿Qué deportista querés ser? Copiar la bronca o dominar el juego
Los gestos de los deportistas que copian los jóvenes, la necesidad de que la atención esté puesta en la competencia y la responsabilidad del entrenador. Por Lahila Berardi.

En el deporte infantil y juvenil, la televisión y las redes sociales funcionan como un gran espejo donde los chicos miran a sus ídolos cotidianamente. Copian el peinado, la forma de festejar un gol, los gestos y, lamentablemente, también los comportamientos más destructivos.
En esa imitación automática suele instalarse una confusión peligrosa: la idea de que la protesta desmedida, el enojo reactivo y la confrontación constante con los rivales o los árbitros son marcas de "carácter", de "personalidad" o de "ganas de ganar".
Cuando un joven deportista observa a una figura de primer nivel discutir cada decisión arbitral, hacer gestos a la tribuna o chocar de forma violenta, asume que esa es la conducta validada para trascender. Se normaliza la cultura del "hacerse respetar" a través de la agresión y el conflicto. Sin embargo, la historia y la elite del deporte nos muestran una realidad totalmente distinta. Referentes de alcance mundial como Lionel Messi enseñan día a día que el verdadero liderazgo se construye desde otro lugar: el foco en el juego, la resistencia ante la adversidad, la gestión de la frustración y la humildad. Esos valores no restan competitividad; al contrario, la potencian y la sostienen en el tiempo.
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Aquí es donde debemos invitar a los chicos a hacer una pausa y reflexionar: ¿Qué perfil de jugador querés construir? ¿Qué tipo de deportista elegís ser dentro y fuera de la cancha?
Hoy en día, las instituciones deportivas y los cuerpos técnicos de alto rendimiento no buscan únicamente talento técnico o un despliegue.
físico deslumbrante. El deporte moderno exige inteligencia emocional, temple y capacidad de cohesión grupal. Un deportista que gasta su energía peleando contra factores que no puede controlar (el clima, el fallo del árbitro, el murmullo de la tribuna) es un jugador que se desconecta de su rendimiento, se vuelve impredecible y se transforma en un riesgo táctico para su propio equipo. La confrontación constante no suma; resta.
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En este proceso de toma de conciencia, el rol del entrenador es determinante. Los valores no pueden ser un póster colgado en la pared del vestuario o un discurso teórico al inicio de la pretemporada. Los valores se enseñan, se entrenan y se ejecutan en el barro del día a día. El entrenador tiene la responsabilidad ética de marcar el límite: corregir una protesta a tiempo, pedir calma ante un error y premiar el respeto es tan importante como enseñar un remate al arco o corregir un mal pase. Si el adulto valida el enojo desmedido, el joven naturaliza que ganar justifica cualquier camino.
Competir al máximo nivel no exige ser reactivo ni agresivo. Invitemos a nuestros deportistas en formación a dejar de copiar impulsos ajenos y a empezar a elegir de manera consciente los valores que van a definir su propia marca en el juego. El talento abre puertas, pero la inteligencia emocional y los valores son los que determinan qué tan lejos se puede llegar.
"Cuando termine el partido y te saques la camiseta, ¿querés que te recuerden por tu capacidad para jugar o por tu facilidad para pelear?"
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Fuente: El Diario de la República
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