Rescatan fetos humanos de las cloacas y les dan "cristiana sepultura"
Una investigación antropológica revela que en una planta de tratamiento de efluentes los trabajadores rescatan los cuerpos y les devuelven la humanidad a partir de improvisadas exequias.

Los trabajadores de una planta depuradora de líquidos cloacales de la provincia de Córdoba se enfrentan casi a diario con algo que sobrepasa su tarea habitual: a través de kilómetros y kilómetros de colectoras y de canales subterráneos, llegan fetos humanosa esos centros de tratamiento.
Excedidos por la situación, han elegido como práctica recuperar esos cuerpecitos del fétido efluente y enterrarlos en un reducto que alberga a cientos de nonatos.
Esta realidad irremediable para ellos y las prácticas que han asumido por una cuestión de "humanidad" son analizadas por la antropóloga Silvia Attwood en su tesis de grado de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).
También te puede interesar: El Ministerio de Educación presentó el Boletín Digital
Años atrás conocida locutora en medios radiales cordobeses, Attwood expone un fenómeno silenciado que ocurre en "La Planta", una instalación depuradora de líquidos cloacales de la provincia de Córdoba cuya localización y denominación real se mantienen bajo estricto anonimato debido a pactos de confidencialidad.
El trabajo etnográfico titulado "Por la cloaca va cualquier cosa" (Acercamiento etnográfico a las experiencias laborales de trabajadores en una planta de residuos cloacales, 2023) fue desarrollado por el equipo de investigación sobre "Desigualdades sociales y disputas por la producción, reproducción y apropiación de los espacios urbanos del Gran Córdoba".
En esa tesis de licenciatura, se analizan los hallazgos y la respuesta simbólica de los operarios ante un hecho que va mucho más allá de su tarea laboral.
También te puede interesar: Jugar por la soberanía; de Entre Ríos a la Antártida
Determinar el punto exacto de origen de estos restos resulta imposible dentro de la vasta trama urbana.
Las hipótesis de los propios trabajadores sugieren dos vías principales: en el caso de los fetos de menor tamaño, el desecho por los inodoros domésticos; en el caso de los cuerpos de mayor desarrollo –que en ocasiones han arribado de a dos o de a tres en una misma jornada–, la apertura clandestina de las tapas de inspección cloacal en la vía pública para arrojarlos directamente a la corriente.
Estos eventos suelen vincularse a abortos realizados en etapas avanzadas o a partos inducidos sucedidos al margen del sistema sanitario formal y de los registros de la administración legal de los cuerpos.
También te puede interesar: Defensoría de la Niñez: Audiencia pública para evaluar a los postulantes admitidos
Estos cuerpos se encuentran en un lugar difícil de categorizar. No son "NN" porque no tienen identidad previa asentada. No hubo una inscripción siquiera en un centro de salud, no se conocen ni su padre ni su madre y mucho menos hay un acta de defunción. Con eso se encuentran quienes trabajan en "La Planta".
En la estructura operativa de La Planta, el ingreso de los líquidos atraviesa una primera etapa de filtrado compuesta por rejas gruesas y finas diseñadas para detener sólidas impurezas. Es allí donde los fetos quedan retenidos.
Los hallazgos se producen cuando el personal desciende a realizar tareas de mantenimiento –como el paleado de arenas– o cuando el brazo mecánico remueve la basura para depositarla en los contenedores de desecho.
También te puede interesar: Una bolsa, una historia y una manera de mantener viva la causa Malvinas
Sorprende a los trabajadores la integridad física de muchos de estos cuerpos. Si bien los fetos de pocas semanas suelen desintegrarse o pasar inadvertidos durante el trayecto, aquellos de cuatro, de seis y hasta de más de ocho meses de gestación se conservan definidos, lo que permite observar sus rasgos, extremidades, sexo e incluso trozos de placenta y cordón umbilical.
Los operarios, desprovistos de instrumental médico, han recurrido históricamente a comparar los centímetros de talla con búsquedas en internet o a estimaciones manuales para calcular la edad gestacional de las piezas encontradas.
Frente a la frecuencia de estos eventos, los llamados a la Policía resultaron ineficaces, ya que las autoridades carecían de respuestas o vías de procedimiento ante una situación que no encuadraba en los parámetros administrativos habituales.
También te puede interesar: Un impacto económico de más de $7.700 millones por La Renga
Ante el vacío institucional, los trabajadores experimentaron lo que la antropología –siguiendo los postulados de Julia Kristeva– define como un "encuentro con lo abyecto": aquello que irrumpe violentamente en el orden de lo tolerable.
En el circuito habitual de la planta depuradora, los animales muertos que caen a los canales –perros, gatos, cerdos o ratas– son arrojados a los contenedores y derivados hacia la incineración mediante servicios de residuos patógenos.
Sin embargo, ante la presencia de un feto humano, los operarios rechazan dispensarle el trato reservado a la basura. En palabras de uno de los entrevistados: "Ya fue tratado como basura; si lo veo lo tengo que enterrar. Para mí, al enterrarlo, le cambiaba eso de basura. Ese feto que ya fue maltratado, hasta que no lo traten bien, no encuentra dignidad. Hay que darle sepultura".
Para interpretar esta conducta, la investigadora acude a la noción de "microcultura funeraria" formulada por el lingüista y antropólogo venezolano José Enrique Finol. Se trata de la adaptación y creación de rituales al margen de las instituciones tradicionales (sacerdotes, familias o enterradores profesionales) para dar respuesta a la muerte en condiciones extremas.
La dinámica interna de La Planta sufre entonces un hiato. Aunque la maquinaria de depuración no se detiene –funcionando 24/7–, un grupo restringido de trabajadores suspende por un momento su rol técnico para asumir una función sagrada.
Basándose en la teoría de los "ritos de paso" de Victor Turner, la autora explica que el rito cumple tres fases (separación, margen y agregación) cuyo fin es "desagregar" al feto de la condición de desperdicio e "integrarlo" nuevamente al colectivo de la humanidad.
Durante estas inhumaciones improvisadas, mientras un operario realiza la excavación, otros ayudan a vigilar el sector para evitar la proximidad de los perros de la zona.
Con frecuencia, confeccionan cruces usando cañas cortadas en las inmediaciones y suelen rezar un Padrenuestro antes de volver a sus tareas "más habituales".
Ellos no podrían seguir con lo suyo dejando esos restos en el mar fétido o enviándolos a cremar. Su tarea es sacarlos de la mierda adonde los arrojaron y, a través de la inhumación doméstica, devolverles su condición humana.
Un capítulo central en la etnografía de Attwood está dedicado al espacio donde se realizan los enterramientos. Dentro del predio industrial, existe un sector en desuso, conocido internamente como "las rejas viejas", donde se acumulan maquinarias retiradas del servicio.
En esa particular necrópolis, de unos cuatro metros cuadrados y forma triangular, se ha consolidado con los años un camposanto clandestino e informal. El punto de referencia visual de este cementerio es una planta silvestre de té de burro que crece en ese mismo lugar.
Este arbusto actúa como un "mojón" o "índex" que delimita la zona sagrada. "Donde está la planta de burro, ahí podemos enterrar", señalan las voces de los trabajadores.
Uno de los testimonios clave recogidos en la tesis es el de "Teófilo" (nombre ficticio usado para resguardar su identidad), el operario de mayor antigüedad en La Planta. Con más de 40 años de servicio e iniciando estas prácticas a mediados de la década de 1980, Teófilo afirma haber perdido la cuenta de la cantidad de inhumaciones realizadas, estimándolas en una cifra abierta que alcanza "miles".
Más que una precisión estadística, la antropóloga interpreta esa cifra como el reflejo simbólico del agotamiento físico y psíquico acumulado tras décadas de hacerse cargo del destino final de estos restos.
El contacto recurrente con estos hallazgos deja marcas profundas en la subjetividad de quienes participan de los ritos. Los relatos coinciden en que varios operarios padecen trastornos del sueño.
Teófilo relata reiteradas pesadillas en las que sueña que cae a los canales de efluentes o a los pozos de filtrado, quedando atrapado en la corriente, así como la aparición recurrente de las imágenes de los fetos enterrados.
La propia investigadora reconoce haber sido alcanzada por el fenómeno durante su trabajo de campo. "Después de las veintitantas entrevistas y del proceso reflexivo y etnográfico que he atravesado como antropóloga, yo también los sueño en muchas noches", señala Attwood en sus escritos.
Para abordar estas secuelas, la autora acude al concepto acuñado por el filósofo Quentin Meillassoux sobre los "muertos terribles": aquellos difuntos cuyas vidas se troncharon de forma trágica o violenta –como los desaparecidos o los fetos sin registro– y cuyos espectros reclaman una acción simbólica para ser conducidos al plano de la paz.
Asimismo, Attwood propone revisar la noción clínica de "trauma" y la categoría etnográfica clásica del "ser afectado en el campo" para sugerir un concepto propio: el estremecimiento. En sus reflexiones, la autora plantea que este término captura mejor la sacudida emocional que sufren tanto los operarios como el investigador.
El rito de enterramiento, en última instancia, no sólo busca restituir la condición humana al feto descartado, sino también proteger la propia humanidad de los trabajadores que, al administrar diariamente los detritos de la ciudad, evitan quedar asimilados a la condición de la materia con la que trabajan.
Fuente: La Voz
- #ciudadanos
- #rescatan
- #fetos
- #humanos
- #cloacas
- #dan
- #cristiana
- #sepultura_0_yRjVbHBLox
- #córdoba


