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Resistencia por la tierra

A partir de una investigación de la UNLPam, este artículo recorre la historia del asentamiento que desafió al poder político. Desde ...

Por Redaccion Avances8 min de lectura
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Resistencia por la tierra
Resistencia por la tierra · Foto: La Arena

A partir de una investigación de la UNLPam, este artículo recorre la historia del asentamiento que desafió al poder político. Desde la ocupación en 2019 hasta su consolidación, vecinos de la capital pampeana transformaron la marginalidad en un espacio propio.

Juan Emiliano Gerena *, Francisco Martinelli ** y Andrea Marina D'Atri ***

A tan solo dos mil metros del centro de la ciudad de Santa Rosa, la realidad se fragmenta, cambia y el paisaje no es el de la Plaza San Martín. Las calles son de tierra, la geografía baja de la Laguna Don Tomás parece no tener nada que ver con un espacio urbano. Se erige allí un nuevo asentamiento llamado "Nuevo Salitral" que hoy es un barrio popular. Fue gestado en el invierno de 2019 como respuesta extrema a una crisis habitacional acuciante de numerosas familias de la capital de La Pampa.

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La ocupación de estas tierras se transformó en un potente movimiento de base que redefine lo que se denomina "derecho a la ciudad".

Pero para comprender el Nuevo Salitral hay que desandar el tiempo. El territorio ocupado tiene una densa carga histórica. Su nombre rinde homenaje a "El Salitral", antiguo asentamiento erradicado por el municipio y desmantelado definitivamente en marzo de 1976, días antes del inicio de la última dictadura militar. Entonces, las familias fueron dispersadas por sectores periféricos como el Barrio Mataderos -al este de la capital-, en un proceso marcado por el desarraigo. Al instalarse en 2019 en las coordenadas del antiguo Salitral Norte (a la vera de las calles Gobernador Duval, Neuquén y Niñas de Ayohuma), las nuevas familias no solo buscaban un poco de suelo donde erigir un techo; también conectaban con una memoria socioespacial.

Un nuevo comienzo.

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El origen del Nuevo Salitral surge por el aumento de los alquileres y la falta de vivienda. Ante la ausencia de alternativas, la ocupación se presentó como la opción para un mejor vivir de familias que arribaron al predio en fríos días de invierno: un lugar que funcionaba como basural clandestino repleto de escombros, yuyales y animales muertos. Los vecinos comenzaron a limpiar a mano cada lote. Al principio, las viviendas eran chozas levantadas con nylon, maderas y plásticos. Era el año 2019.

Pronto, la cercanía física y la crudeza de compartir las mismas urgencias tejieron lazos de solidaridad. "Mi cuñado me avisó que estaban tomando terrenos acá, yo estaba buscando casa porque ya tenía a mi hijo", relata M.M., uno de los habitantes. Otro vecino, J.A.D., recuerda la angustia de la llegada a esos terrenos situados al norte de la laguna Don Tomás: "Nos enteramos por un amigo... Estábamos complicados. Un día vinimos a ver, había gente y pregunté cuál podía tomar. Agarré una porción, con una soga hice un cuadrado y empezamos a limpiar, porque nos veíamos con todas nuestras cosas en la calle". Así, la toma de tierras se convirtió en una organización colectiva y el motor de esta transición fue la asamblea barrial.

Las asambleas, celebradas semanalmente en espacios comunes, funcionaron como el órgano soberano. En estas reuniones se definían las estrategias de lucha y se coordinaban los reclamos por el acceso a la electricidad y a los servicios municipales, como el agua y la recolección de basura.

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M.A., otra vecina, describe la dinámica: "Para hacer las asambleas, se decía en tal casa hay una reunión a tal hora y ahí nos juntábamos. Hablábamos de cómo organizarnos, cómo íbamos a ir a hablar allá (a la Municipalidad), de ir siempre educadamente, se decía quién iba a hablar qué temas y los otros íbamos de acompañantes". En estas asambleas no faltaban tensiones, pero el horizonte siempre fue la cohesión grupal ante las arremetidas desde distintos sectores.

Actores en pugna.

Podemos hablar de que, con la toma de los terrenos, empieza a desarrollarse un conflicto en el Nuevo Salitral dado que se desarrolla a través de acciones diversas y en una compleja red de interacciones de varios actores sociales. En primer lugar, se encuentran los gobiernos municipales y provinciales. En 2019, la gestión a cargo del intendente Leandro Altolaguirre (UCR) calificó los terrenos como inundables y ordenó un desalojo. Sin embargo, la movilización vecinal y el cuestionamiento técnico de los habitantes -quienes demostraron que la mayor parte de los terrenos no eran inundables- forzaron a suspender la medida y ordenar un relevamiento.

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Con la llegada de la administración de Luciano di Nápoli (Frente de Todos) en diciembre de 2019, se adoptó una postura de no criminalización, aunque el reconocimiento formal y la provisión de servicios básicos siguieron dilatándose.

Además de las agencias estatales, otros actores decisivos fueron la Cooperativa Popular de Electricidad (CPE) -que denegó la conexión eléctrica alegando falta de títulos de propiedad- y los propietarios de algunos lotes, representados por Homero Márquez, quien inició un juicio por desalojo que afectaba a ocho familias.

Ante la amenaza judicial, el apoyo de organizaciones externas, como el Polo Obrero y, a través de este, partidos políticos como el Partido Obrero en el Frente de Izquierda (FIT), resultó crucial para brindar asesoramiento jurídico y acompañamiento. Esta unión permitió resistir las intimaciones y sostener la permanencia, obligando a abrir instancias de conciliación bajo la tutela de la jueza civil Susana Fernández.

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El rol de los medios locales.

A través de esta investigación se pudo analizar también el papel que jugaron los medios gráficos digitales pampeanos como formadores de opinión sobre la toma de tierras. Periódicos como "Plan B Noticias", "El Diario", "Diario Textual" y "Radio Kermes" cubrieron el conflicto casi semanalmente, documentando las manifestaciones, los cortes de ruta, la quema de neumáticos en la calle Gobernador Duval y las intervenciones en el Concejo Deliberante a través de la Banca del Vecino.

Los medios funcionaron como espacio de visibilización, instalando la problemática habitacional en la agenda de una provincia donde los asentamientos informales eran percibidos como ajenos.

A través del análisis discursivo se pudo revelar que hubo una cobertura oscilante de los medios: se dio mucho espacio a los discursos oficiales que asociaban la toma con la ilegalidad, pero también se visibilizaron en otros momentos los relatos de vida y las demandas legítimas de los ocupantes.

"Nosotros no tenemos problemas de pagar nada, ni el terreno en cuotas por mes... para quedarnos tranquilos de que ya es nuestro", expresaba un vecino en 2024. Los periódicos registraron las tensiones entre la ilegalidad de la ocupación y la legitimidad social.

El arraigo comunitario.

La experiencia del Nuevo Salitral demuestra que las motivaciones detrás de una toma van más allá de buscar refugio. El prolongado ciclo de lucha colectiva, sostenido por más de cinco años, ha catalizado una nueva identidad social. Los vecinos ya no se autoperciben como habitantes precarios de un asentamiento, sino como ciudadanos con derecho a integrarse al ejido urbano de Santa Rosa. "Ya somos un barrio, ya no es un asentamiento ni una villa como muchos decían", reivindica J.K.

El esfuerzo invertido en transformar un antiguo basural en un espacio habitable generó un profundo sentido de pertenencia.

Este sentido de pertenencia es tan fuerte actualmente que ha alterado radicalmente las expectativas de los propios habitantes. Muchos vecinos que inicialmente estaban inscriptos en el Instituto Provincial Autárquico de Vivienda (IPAV) hoy rechazan la posibilidad de mudarse a una casa de barrio social.

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Abandonar el Nuevo Salitral significaría desvincularse de una historia de sacrificio, solidaridad y superación colectiva. J.K. asegura: "Yo prefiero quedarme mil veces acá... por toda la lucha, el esfuerzo que conllevó llegar acá y lo que tuvimos que vivir con mis hijos, 9 meses con nylon y chapa, sin baño, pasando frío". En idéntico sentido, J.A.D. dice: "El valor más grande es tener la casa propia y haberla levantado con nuestro propio esfuerzo... Si me dan la posibilidad de acceder a una casa de barrio, yo le digo que se la lleven porque cada rincón de esta casa tiene su historia y significa un montón".

Resultados de la lucha.

Hoy el Nuevo Salitral ya no es transitorio: es el espacio donde una comunidad decidió fundar su futuro. Cuatro décadas más tarde de aquel salitral de familias marginadas, la ocupación de 2019 sobre las mismas coordenadas representó no solo una respuesta de emergencia a la crisis habitacional de 130 familias, sino también una reconexión con una memoria de despojo territorial.

En la actualidad, el Nuevo Salitral está integrado en el Registro Nacional de Barrios Populares (RENABAP) y busca comenzar a saldar esa deuda histórica de hábitat, dignidad y justicia social para los sectores más humildes de la ciudad. Sin dudas, fue por la lucha y la resistencia colectivas.

(Este artículo se efectúa a partir del trabajo final de la Licenciatura en Comunicación Social de la Facultad de Ciencias Humanas -UNLPam- realizado por los entonces estudiantes Juan Gerena y Francisco Martinelli bajo la dirección de Andrea M. D'Atri).

* Lic. en Comunicación Social (FCH-UNLPam)

** Lic. en Comunicación Social (FCH-UNLPam)

*** Dra. en Ciencias Sociales (FCH-UNLPam)

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Fuente: La Arena

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