Ricardo Péculo, el hombre que ritualiza la muerte y busca tiempo para vivir
Es el tanatólogo más reconocido del país. Tiene listo su ataúd y organizado su velorio pero dice que por ahora no piensa en morirse. Y que, contra los que todos creen, no trabaja para los muertos, sino para quienes quedan. "Soy una persona útil en un momento difícil".

En los momentos más complejos de la vida de una persona, Ricardo Péculo sabe mantener la calma, escuchar con serenidad, aconsejar con templanza y hacer que la última visión no sea tan dolorosa. A los 76 años, el tanatólogo más reconocido del país es un hombre que vale por dos y tiene su funeral organizado, el traje de gaucho con el que lo velarán planchado y el ataúd listo. Pero aclaró que no tiene "ningún apuro en usarlo".
Organizador de pompas fúnebres, Péculo tiene como norma no trabajar para los muertos, sino para la gente que queda viva. Para que la desaparición del ser querido encuentre un consuelo al menos en la mirada del adiós.
Casi toda la vida de Ricardo estuvo relacionada a los servicios fúnebres. Cuando solo tenía 10 años, su hermano –por entonces de 18- puso una cochería y él comenzó a ayudarlo, como una travesura para salir de su casa de noche con los empleados de la empresa. "Mi mamá me decía que si no hacía los deberes, no iba a los funerales".
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"Yo veo en los sepelios a las madres que perdieron a sus hijos y no hay forma de consolarlas, sufro mucho por ellas".
Por entonces, los sepelios eran la fascinación del joven Ricardo, quien en la secundaria empezó a trabajar más formalmente en la organización de las despedidas, aunque el verbo no sea el que más acepta. "Yo creo que cuando uno hace lo que ama no trabaja", teorizó.
A la par de que le empezó "a gustar ir a los velorios", Péculo se dio cuenta una verdad que lo acompañaría en su labor: "Comprendí que podia ser útil a la gente en un momento muy difícil, que podía guiarla en su desconcierto. Cuando una persona pierde un ser querido pasa un momento especial, los estados del ánimo no deja razonar. Entonces yo estoy para razonar por ellos".
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Pero para estar en ese momento hay que capacitarse, está convencido el profesional. "A veces tengo que hacer de psicólogo", contó y reafirmó uno de los mayores logros de su vida: la creación de una carrera universitaria en la que los interesados aprendan todo lo relacionado a la tanatología. Además, del protocolo, además del ceremonial, Péculo incluyó, en base a su experiencia, la Pscología como materia.
Con más de 60 años en las salas velatorias, al profesional todavía le conmueven "las muertes terrenalmente injustas", que son las de bebés o de algún adolescente fallecido en un accidente de tránsito. "Yo veo a las madres en los sepelios y no hay forma de consolarlas, sufro mucho por ellas", confesó.
A la par, enseña a los empleados a no involucrarse sentimentalmente con la situación, "porque si no se van llorando a su casa todos los días", dijo el trabajador, quien reconoció que solo lloró en sepelios de sus familiares.
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Uno de los momentos que no olvidará jamás en su carrera es, a la vez, un hecho histórico para la Argentina. Péculo y su hermano fueron los encargados de trasladar el cuerpo de Juan Domingo Perón desde el cementerio de Chacarita hasta la casa de San Vicente, donde el tres veces presidente había instalado su residencia de fin de semana y donde tras su muerte el Partido Justicialista hizo un museo.
"Yo soy peronista –se calificó- y al abrir el baúl, ver el cuerpo, el uniforme militar y que no estén las manos; es algo que me molestó".
La relación del funebrero con la provincia comenzó hace 23 años, cuando Antonina Pezzini, la dueña de Previsora San Luis, lo llamó para que capacitara al personal. Tiempo más tarde, ante un problema más serio que hubo en la empresa, la recordada empresaria lo convocó para que se quedara un mes, departamento incluído. Terminó por quedarse 11 años y alquilar una casa.
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"Los puntanos se enojan cuando digo que soy de San Luis –sostuvo-, pero yo amo esta provincia. No todas las provincias son para todas las personas". Cuenta Ricardo que cuando en Buenos Aires le preguntan cómo está en San Luis, responde "tengo tiempo para vivir". Justo él, que trabaja tan cerca a la muerte.
Nuestro trabajo no es enterrar a un muerto sino honrar una vida".
Una de las cosas que trajo el paso del tiempo para el tanatólogo fue la transformación del concepto y el trato de la muerte. Señaló que "siempre fue un tema tabú" pero reconoció que ahora es mucho menos y lo compara con el sexo, otro tema del que antes se hablaba poco y ahora está más difundido. "La muerte está pasando ese camino, pero es porque hay mucha más información".
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Sin embargo, se apuró en aclarar que esa situación no significa que haya cambiado el sentimiento general ante el fallecimiento. Y no les cree a aquellas personas que dicen que no les gustaría tener una despedida pomposa: "Todos queremos que a nuestro velorio vaya todo San Luis".
"Se cree que hablar de la muerte es anticiparla y no es así. Si fuera así, no hablamos de la muerte y listo... no nos morimos nunca", comparó el hombre que se mandó a hacer un ataúd con una foto suya vestido de gaucho en la tapa y con las manijas reemplazadas por herraduras de caballo.
Convencido de que la gente debe morir como vivió, Péculo repite que el ataúd debería representar a quien va adentro, por lo que cuestiona el hecho de que en las empresas se ofrezcan cajas negras o caoba como únicas opciones. "Nuestro trabajo no es enterrar a un muerto sino honrar una vida".
En ese sentido, pareciera que al tanatólogo le interesa más hablar de la vida que de los fallecimientos. "Vivimos para irnos siendo alguien y nuestra labor es representar a ese alguien en el momento final", sostuvo y recordó que hay diversas maneras de ritualizar la muerte según las culturas.
Contó –por ejemplo- que en Japón se cree que si al muerto no le gusta la ceremonia fúnebre, su espíritu se quedaba en la comarca, por eso para despedirlo hacían la comida que más le gustaba y dejaban una silla vacía al momento de la cena o el almuerzo.
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Fuente: El Diario de la República
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