Roque Pisa, el arte de hacer en silencio
Ha sido un trabajador incansable: músico, electricista, trabajador municipal, colocó los primeros semáforos en la ciudad. El teatro le debe...

Ha sido un trabajador incansable: músico, electricista, trabajador municipal, colocó los primeros semáforos en la ciudad. El teatro le debe un reconocimiento a su tarea valiosa y silenciosa.
MARIO VEGA
La bruma del olvido suele echar un manto insensible sobre personas que, en realidad, merecen ser valoradas y recordadas. Porque han sido valiosas, proactivas, solidarias, y sin ser héroes ni próceres dieron mucho allí donde se desempeñaron.
También te puede interesar: Feria del Libro: la agenda completa para hoy
Hay muchísimos ejemplos de esta clase de gente que no buscó nunca reconocimientos, y que jamás les interesó la trascendencia a partir de lo que hicieron. Fueron andando la vida afrontando las tareas y avatares que en el camino se fueron presentando. Simplemente hicieron… y eso no es poco. ¡Qué va a ser poco!
Uno de esos hombres hacedores en silencio ha sido empleado municipal, verdadero modelo de la vocación de servicio en beneficio de la sociedad y de la gente. Roque Vicente Pisa anda ya por los 88, y aunque un bastón lo ayuda a moverse, conserva el espíritu inquieto que lo caracterizó siempre.
La familia.
También te puede interesar: Escapó de la violencia al norte neuquino: ahora volvió y montó una singular peluquería
Hablé días atrás con su esposa Aurora –"estamos juntos desde hace más de 40 años", dice ella-- y convine visitarlos en su casa de la calle Ávila 257.
Roque tuvo un primer matrimonio y dos hijas: Viviana (trabaja en el Teatro Español) y Valeria (en el Banco de La Pampa); y con Aurora tiene a Gustavo (empleado municipal), Pablo Daniel (trabaja en la construcción) y Patricia Daniela (comerciante). Tiene la friolera suma de 16 nietos y 17 bisnietos, por lo que la amplia mesa del comedor de su casa está totalmente justificada.
Precisamente la vivienda que comparte con Aurora refleja en su interior su trabajo manual en las paredes, la ornamentación y distintos detalles. Allí también permanece parte de la historia de un hombre que combinó la actividad artística con distintos empleos y que participó en momentos importantes de la vida social y cultural de Santa Rosa.
También te puede interesar: Planazo de domingo: festival de la Pachamama en el parque Independencia
Épocas de Molteni.
Lo conocí en épocas de Eduardo Feliz Molteni, pero Roque ya estaba vinculado al municipio desde muchísimo antes. Era uno de esos personajes infaltables que el intendente convocaba para cualquier trabajo que requiriese capacidad, inteligencia y oficio. Porque como ocurre hoy --entre otros con mi amigo Jorge Chinca (en el municipio hace más de tres décadas)—, son esa clase de personas capaces de hacer absolutamente de todo, y a los que nunca les faltará voluntad para meterle las horas que hiciese falta a la tarea encomendada.
Hoy, el hombre al que recuerdo grandote y de pelo largo --actualmente un poco más enjuto por los años— va desgranando recuerdos mientras su compañera le hace oportunos aportes cuando la memoria vacila ante un nombre o una fecha. Aunque esos "olvidos" son, a decir verdad, minucias menores frente a la frescura de sus recuerdos.
También te puede interesar: Las Hermanas Vera y la Unne presentan un documental que celebra el chamamé y el guaraní
De Parque Patricios a Santa Rosa.
No obstante no es tarea fácil seguirle el hilo porque va saltando con nostalgias de recuerdo en recuerdo. Porque vaya si tiene historias para contar este hombre que un buen día llegó a La Pampa traído por el compás de la música, y echó raíces profundas en esta ciudad: armó su familia, tuvo hijos y tejió una vida intensa que bien vale la pena ser conocida y abrazada. Por aquí se quedó para siempre.
Nacido en Parque Patricios en un hogar de clase media, cursó nada más que primer año del secundario en la escuela Otto Krause, porque enseguida comenzó a trabajar en una fábrica de heladeras. Para entonces la música ocupaba ya un lugar central en su vida.
También te puede interesar: Imágenes de la semana
El bombardeo a la plaza.
Hubo una circunstancia muy especial que lo decidiría a buscar la tranquilidad de esta pampa inmensa y tranquila. Su decisión estuvo relacionada con la situación que había atravesado en Buenos Aires: el 15 de junio de 1955, Roque y su hermano José (el otro era Antonio, ambos fallecidos) habían estado cerca del bombardeo de Plaza de Mayo… vieron calles destruidas por las bombas, y tiene grabado en su mente el horror por aquel ataque atroz de la Armada y la Fuerza Aérea que quería derrocar al gobierno peronista.
Conmocionado Roque fue a la buhardilla que alquilaba en Grand Bourg, y su hermano tomó otro rumbo. "Pasaron 50 años hasta que volvimos a encontrarnos… José se había ido a vivir en Comodoro Rivadavia y yo me vine a Santa Rosa. Medio siglo después nos reencontramos", recordó.
En la Municipalidad.
Y sigue contando: "Me quedé, pero volví a Buenos Aires a buscar los instrumentos y mis cosas. ¿Sabés dónde quedaba la terminal de colectivos donde llegué? En el Bar Quiroga (calle 9 de julio). Los primeros días estuve en lo de Pelusa Folgueras, y de allí pasé a la pensión de los Otero (González y Juan B. Justo)". Sin saberlo comenzaba a tejer su romance definitivo con Santa Rosa.
Su primer trabajo fue en la carpintería de Anselmo Rodríguez, pero al poco tiempo nomás ya estaba trabajando en la Municipalidad. "Fue en la década del '60, cuando la comuna funcionaba casi como una sociedad de fomento. Era multi-oficio: empecé haciendo cajones rústicos para los sepelios, que en ese momento los proveía la municipalidad… después aprendí de electricista con Marcelo Tubán, y ya empecé a desempeñarme en el alumbrado público", precisó.
El primer semáforo.
Durante 45 años, Roque combinó dos pasiones que en su vida jamás se chocaron: la disposición para todos los trabajos que le daban en la comuna, y la música.
Fue de esos "todo terreno" que debe haber en cada municipio y en cada pueblo pampeano. Trabajó incansablemente y resultó pilar fundamental, sobre todo en lo que era aplicar su aprendizaje de electricidad. De modo tal que fue el primero en colocar señalizaciones lumínicas en algunas esquinas de Santa Rosa… "El primer semáforo lo instalamos en la Avenida San Martín y Avellaneda, frente al Banco Nación. Me tocó tomar contacto con una empresa que llegó de Mar del Plata y ahí aprendí cómo se hacía".
Las señalizaciones lumínicas representaron en ese tiempo una novedad para una ciudad que comenzaba a incorporar nuevas formas de organización del tránsito y del espacio urbano.
Pero, además, luego se hizo cargo del alumbrado de calles, de las pocas plazas que entonces había, del Estadio Municipal; de la cancha de All Boys; y también del mantenimiento de bombas y piletas. Además –paralelamente-- trabajó en el alumbrado de las plazas de Trenel, Guatraché y Telén. "Ah! Y cuando había fiestas populares me encargaba de los fuegos artificiales", recuerda de repente. Cuando hubo que cambiar todo el techo del Club Argentino, ahí también estuvo la mano de Roque Pisa y su cuadrilla municipal.
En el Teatro Español.
Después de estar en el área de Obras Públicas fue destinado al Teatro Español cuando estaba a cargo del doctor Barni. Y con ese magnífico e histórico edificio habría de tener una particular relación. Se puede decir que de igual manera hizo un notable aporte al teatro independiente en general que --según coinciden los que de verdad saben de esto— le debería rendir un justo y merecido homenaje.
El paso al teatro abrió una nueva etapa en la trayectoria de Roque. Hace poco cuando consulté con un conocido director teatral que hoy trabaja mucho en General Pico, me contestó que lo recuerda "patente a Roque Pisa. Lo conocí laburando en la municipalidad de Santa Rosa… que te cuente cuando estuvo escondido en el Teatro Español porque estaba amenazado", me dijo para darme el hilo de una nueva pregunta para Roque.
"Un genio de la técnica".
Y siguió mi interpelado: "Me sorprendí en el terreno cuando lo vi a Roque trabajar en el primer campamento teatral que se hizo en Trenel en los años '80… En esa época, el galpón que tenían como cine—teatro en el club All Boys de Trenel estaba abandonadísimo. Los cables que tenía eran de esos de tela y cobre... una porquería. La cuestión es que el 'loco' (Roque) le puso trifásica a todo el sistema. Y no solo eso, no existían los equipos de dimmer, los dimerizables para subir y bajar la luz de los reflectores que usábamos entonces para iluminar escenas. Ahí fue que el Roque se inventó 5 caños de fibrocemento con agua y sal, puso fierro abajo, cable arriba, y vos alejabas el fierro de arriba del de abajo, y la luz se prendía, o lo hacías a la inversa y la luz se apagaba. ¡Un genio! El teatro independiente, que le ha revoleado trayectoria a unos cuantos nunca le hizo un homenaje, nunca lo rescató como un tipo que hizo mucho por la técnica, en la época en que la técnica no existía. Ni más ni menos que eso", completó el conocedor de esta historia.
Armó el telón.
En el Teatro Español hizo trabajos increíbles, que fueron desde colocar el telón que actualmente se utiliza, hasta cambiar todas las butacas, las bambalinas y las arañas. "En un tiempo, no todos los saben, el piso de la sala se elevaba y quedaba a la altura del escenario… de esa manera se convertía en una gran pista de baile. Alguna vez alguien sacó los criquets que lo levantaban y lo bajaban y quedó fijo como está ahora… y sí, también me tocó poner todas las butacas. ¿El telón? Tiene su historia, porque Aurora Faus (tenía su comercio al lado del Club El Círculo, sobre calle Gil) mandó comprar todas las telas que se necesitaban a Europa y ahí está. Tal cual", explica.
Esta misma semana, cuando le pedimos a Roque que fuera al Teatro para tomar algunas fotos, fueron varios los actuales empleados que se acercaron a saludarlo. El primero Roberto Prost –hoy el telonero--, Cristian Díaz, Sandra Argüello, Gisela Fernández, la gente de sonido como Germán Schap, Raúl Martínez; y el encargado Federico Utseller. Por supuesto, haciendo de guía –orgullosa y emocionada-- su hija Viviana, también trabajadora del lugar.
La música y Aurora.
Decía que en forma paralela a su trabajo la música fue otra salida laboral. "Con Los Americanos (el propio Roque, Julio Ernst, Agustín Carabajal, Roberto "Tito" Amado y Hugo Mezzasalma) tocábamos en todos lados. Los bailes del Águila (hoy La Recova) eran fantásticos y causaban furor; pero además animábamos en los pueblos… sí, eran tiempos intensos, entre el laburo y la música", dice con una sonrisa pícara.


También las orquestas de José Cambareri y Alfredo Parasacco contaron con su aporte en la batería. Y obviamente el grupo Kentucky, con el que llegó a La Pampa le dio grandes satisfacciones… una de ellas conocer a Aurora. "Fue en un baile en Thames, de donde era su familia. La vi esa vez y por mucho tiempo más no supe de ella", cuenta ahora Roque.
Y es su esposa la que continúa el relato: "Pasaron muchos años (ella había enviudado) y yo estaba en un baile en Macachín… Lo vi tocando y lo reconocí... de pronto no sé cómo porque estaba en el escenario apareció al lado mío", se ríe Aurora. "¡Al diablo los palillos!", les digo, y los dos ríen recordando aquel momento.
No todo fue bueno.
En su paso por la municipalidad, aunque sus méritos como trabajador eran notorios, no siempre la pasó bien. "De entrada nomás había un comisionado municipal que me acuerdo no trataba bien a los empleados. Después eso cambió y todo fue mejor, pero cuando llegaron los militares fui uno de los prescindidos, junto con Julio Braille (era secretario general de SOEM), Miguel Maldonado, Haydeé Domínguez, Norma Sierra…".
Cuando volvió la democracia vino la reincorporación, y Roque pudo desarrollar toda esa trayectoria que mencionamos como empleado ejemplar. Hasta el momento de su jubilación hace ya varios años.
Roque Pisa hoy.
Hoy Roque está rodeado por el murmullo de esa enorme familia que construyó a fuerza de trabajo, amor y música. Con sus 88 años a cuestas, su bastón y esa mirada luminosa que viaja sin esfuerzo entre las batutas, los planos de electricidad, las tablas del Teatro Español y los recuerdos de una Santa Rosa que crecía a la par de sus manos.Muchas veces, cuando las luces del escenario se apagan y el público abandona la sala entre aplausos, la ovación se la llevan los que estuvieron bajo el reflector. Es lógico. Pero detrás de esa magia, en las sombras invisibles de la técnica, de la electricidad improvisada con genialidad criolla, del telón que sube exacto y de las luces de una ciudad que aprendió a ordenarse con sus semáforos, estuvo siempre la voluntad inquebrantable de hombres como Roque Pisa.
Gracias por tanto.
Como otros como él, Roque es de esos que no piden nada a cambio, porque para ellos el deber cumplido y el oficio bien hecho eran el único premio posible. Pertenece a esa gente que deja una huella imborrable en el entramado mismo de nuestra comunidad.Quizás el teatro independiente, o las instituciones, le estén debiendo ese homenaje formal que nunca buscó. Pero es verdad que el reconocimiento verdadero no siempre necesita de una placa de bronce en una pared. Está en el respeto emocionado de los pibes que hoy mueven las luminarias del Español, en el orgullo de su hija al guiarnos por la sala, en la risa cómplice con Aurora al recordar la noche en que volaron los palillos de la batería, y en el afecto de una ciudad que, aunque a veces no lo sepa, camina y se ilumina sobre las huellas que él ayudó a trazar. Salud, Roque. Y gracias por tanto.
Durmiendo en el teatro Español.
Una falla en la iluminación de la cancha de All Boys durante un torneo de verano en 1978 pudo haber sido una simple anécdota deportiva. Sin embargo, en tiempos de dictadura, el margen para la lógica era nulo.Roque Pisa, por entonces abocado al Teatro Español, era el hombre clave para solucionar los desperfectos técnicos del estadio auriazul. Aquella noche, ante un apagón en pleno partido, el interventor municipal de facto, capitán Gustavo Von Borowski, exigió su presencia inmediata. Pisa demoró su llegada por una razón elemental: no podía dejar solo el teatro hasta que regresara su compañero, Higinio Córdoba. La respuesta desató la furia del militar, quien encandiló a los presentes mostrando su pistola y ordenando traerlo de inmediato. Un jugador de All Boys de esa época fue testigo del episodio… Luego, aunque Roque acudió y resolvió el problema eléctrico, la furia del capitán le dejó una advertencia implícita y feroz. A partir de ese episodio, la persecución se volvió tangible. El seguimiento en las calles de Santa Rosa y la presencia rondando de nombres que más tarde serían juzgados en la causa Subzona 14 —como Néstor Cenizo y Carlos Reinhard— forzaron a Pisa a tomar medidas extremas. Primero se ocultó en el propio Teatro Español, durmiendo en la oficina superior que hoy ocupa el director. Luego, comprendiendo que el peligro era inminente, cargó sus pertenencias en su camioneta Gladiator un día a las tres de la tarde –"es raro, pero nadie me vio partir", dice ahora-- y salió rumbo a Thames, al campo de la familia de su esposa Aurora. Allí permaneció seis años, hasta el retorno de la democracia. Un exilio interno forzado por la prepotencia estatal, del cual regresó para ser reincorporado y seguir haciendo lo que mejor sabe: trabajar y hacer sonar un instrumento musical.
¡Se nos cayó el finado!
A la distancia, el recuerdo provoca carcajadas, pero en su momento rozó la tragedia absurda. Por aquellos años, la municipalidad —con Roque Pisa al pie del cañón— fabricaba los cajones para las cocherías locales. La técnica era simple: fondo de machimbre y clavos finos remachados. O al menos ese era el plan.
Cierta vez, a pedido de la cochería Arballo, tuvieron que despachar a toda prisa un cajón para un velatorio en la zona del Salitral. El capataz apuró el trámite, las manos volaron y, en medio del apuro, el remachado final del fondo quedó en el tintero.
"La cosa es que fuimos, pusimos el cuerpo en el cajón y al levantarlo el muerto se cayó al piso… Lo increíble es que la mujer que estaba llorando como loca cuando llegamos, cuando sucedió eso se empezó a reir… ¡y no paraba! Nunca supe si era la mujer, o qué parentezco tenía", sonríe Roque con el lejano recuerdo.
Familia.
Roque junto a su esposa Aurora y su hija Viviana. Esta última trabaja en el Teatro Español, mismo lugar al que su padre llegó en los años '60 cuando vino desde Parque Patricios.
Municipal.
Fue el hombre que colocó el primer semáforo de la ciudad, frente al Banco Nación. Lo mismo hizo poco después en General Pico. Roque, un laburante de todas las horas.
Compañeros.
Impensadamente, cuando Roque Pisa visitaba el teatro en el que tanto trabajó, llegó al lugar Julio Braile, quien fue secretario del SOEM en otros tiempos. Los dos fueron prescindidos y reincorporados cuando llegó la democracia.
Artículos relacionados
River, sin puntos y sin goles
Empate de Costa
Un clásico con el ascenso en juego
Podio local en la Fórmula Nacional
Maltrato animal: una mujer fue absuelta
Construirán comedor en Centro Polivalente
Más casas para Doblas
Fuego destruyó planta industrial
Caída por el viento
"Recua" regresa a escena
Avanza pavimentación de la Ruta 9
La Reforma: se accidentó el intendente Elías Colado
Te puede interesar
Fuente: La Arena
- #cultura
- #roque
- #pisa
- #arte
- #hacer
- #silencio
- #2026890140
- #la pampa


