"Roquiño", un distinto: de las calles de Santa Lucía a vestir la camiseta de la Selección Argentina
El reconocido fiscal sanjuanino fallecido este jueves fue una de las grandes figuras del fútbol sanjuanino. Jugó en Alianza, llegó a la Primera del fútbol argentino y hasta fue convocado por Menotti para disputar los Juegos Olímpicos de Moscú. Su amor por la pelota también lo lle…

Roberto Mallea Marcucci tenía tres vidas, pero una pasión que atravesaba todas: el fútbol. Antes de convertirse en un reconocido fiscal sanjuanino y de ocupar el sillón presidencial de Atlético de la Juventud Alianza, fue simplemente "Roquiño", aquel lateral izquierdo de fútbol elegante y talentoso que salió de las inferiores del club de sus amores, llegó a jugar en la máxima categoría del país y estuvo a un paso de representar a la Argentina en los Juegos Olímpicos. Su muerte enluta especialmente al ambiente deportivo sanjuanino, donde dejó una huella que trascendió todas las canchas.
Su historia con la pelota comenzó de pequeño, en las calles del Barrio Atlético y en las infantiles de Atlético de la Juventud, la entidad decana del fútbol provincial. Fue uno de aquellos chicos que Ernesto Picot descubrió en los torneos de Baby Fútbol, una verdadera fábrica de jugadores durante las décadas del 60 y 70, recordó el periodista Fabio Garbi. A los 15 años debutó en Primera División y lo hizo con una victoria nada menos que ante Sportivo Desamparados, en Puyuta, por 1 a 0, con gol de Alberto Díaz. Por entonces ya se desempeñaba como lateral izquierdo, un puesto del que prácticamente no se movería durante su carrera.
En 1974, Atlético de la Juventud se fusionó con Alianza de Santa Lucía y dio nacimiento al club que terminaría convirtiéndose en su segunda casa. Con la camiseta lechuza se consolidó en Primera y recibió el apodo que lo acompañaría para siempre. Según contó años después, fue un cronista de apellido Muñoz, de Diario de Cuyo, quien comenzó a llamarlo "Roquiño". Nunca supo exactamente por qué, pero el sobrenombre quedó grabado en la memoria del fútbol local. Sus compañeros también lo conocían como "El Cabezón".
Sus actuaciones en Alianza, sumadas a las participaciones como refuerzo de otros equipos sanjuaninos en los antiguos torneos regionales, terminaron abriéndole las puertas del fútbol grande. Instituto de Córdoba compró su pase cuando militaba en Primera División y tenía como entrenador a Alfio "Coco" Basile, acompañado por Pedro Barcheto. Allí, Mallea dio el salto más importante de su trayectoria y consiguió llamar la atención de nada menos que César Luis Menotti.
En 1980 llegó la convocatoria a la Selección Argentina. El Flaco lo había observado durante un amistoso disputado en Mendoza y decidió incorporarlo al plantel que se preparaba para los Juegos Olímpicos de Moscú. Mallea superó las pruebas, entrenó en Tucumán y participó de encuentros preparatorios junto a futbolistas que venían de consagrarse campeones mundiales juveniles en Japón 1979, en aquella generación encabezada por Diego Armando Maradona.
Sin embargo, el sueño olímpico se terminó antes de empezar. Argentina adhirió al boicot impulsado por Estados Unidos contra la Unión Soviética y decidió no enviar a su delegación a Moscú. La determinación política dejó a Roquiño sin la posibilidad de vestir la albiceleste en la máxima cita deportiva, una espina que lo acompañaría durante el resto de su vida. Años después, con ironía, recordaría aquel episodio: "Voy a estar eternamente agradecido a los Estados Unidos y al gobierno militar por lo que hicieron con mi carrera".
Su paso por Córdoba también se vio interrumpido por cuestiones económicas. Instituto no pudo completar el pago del pase a Alianza y Mallea debió regresar a San Juan. Volvió al club de sus amores, con el que había conseguido la clasificación al Torneo Nacional de 1983, y continuó jugando hasta 1996. Tenía 35 años cuando decidió colgar definitivamente los botines, aunque su relación con la pelota estaba lejos de terminar.
Con el retiro retomó los libros de Abogacía, una carrera que había postergado por el fútbol y que su madre, Rosita Marcucci, siempre lo había alentado a completar. Ya trabajaba en Tribunales desde 1983 y, con el tiempo, llegó a convertirse en fiscal correccional. Pero ni los expedientes ni las responsabilidades profesionales lograron alejarlo de Alianza. Años después, junto a un grupo de amigos, decidió involucrarse en la conducción institucional y asumió la presidencia del Lechuzo. Entre sus principales objetivos estaban terminar obras pendientes, fortalecer las divisiones inferiores y alcanzar el tan ansiado ascenso.
El fútbol también fue una herencia familiar. En septiembre de 2020, Tiempo de San Juan contó una historia particular: Roberto y su hijo Nicolás se habían convertido en protagonistas de un caso singular en la provincia, el de un padre y un hijo convocados a la Selección Argentina. Cuarenta años después de aquel llamado de Menotti, Nico, que entonces jugaba en las inferiores de San Lorenzo, recibió la citación para integrar la Sub-17 dirigida por Pablo Aimar. También seguía de cerca la carrera de Facundo, quien integraba un selectivo de jóvenes promesas de San Martín. Sus hijas mayores, por su parte, habían heredado el amor por Alianza y por Boca Juniors.
Aquel hombre que había cambiado los botines por los expedientes nunca dejó de sentirse futbolista. Siguió ligado a las canchas, acompañó a sus hijos y asumió las alegrías y los sinsabores de conducir al club que lo había formado. Este jueves, la noticia de su fallecimiento golpeó al ámbito judicial, pero también a varias generaciones de hinchas, excompañeros y dirigentes del fútbol provincial.
Fuente: Tiempo de San Juan
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