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Salvada por las balas

Paloma Barrios tiene 15 años, vive en La Chimbera y encontró en el lanzamiento de bala y disco una forma de crecer, viajar y soñar. Entrena después de la escuela en un predio de tierra de 25 de Mayo, mientras su mamá hace changas para sostener el hogar y acompañarla en cada paso.…

Por Carla Acosta9 min de lectura
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Salvada por las balas
Salvada por las balas · Foto: Tiempo de San Juan

Las balas cambiaron la vida de Paloma Barrios. Las balas que desde hace poco más de dos años carga entre sus manos cada tarde antes de entrar a un círculo improvisado y lanzar. La atleta tiene 15 años, vive en La Chimbera, en 25 de Mayo, y encontró en el atletismo algo que hasta entonces parecía difícil de alcanzar: la posibilidad de salir de su "mundo", viajar, conocer otros lugares y empezar a imaginar un futuro lejos de los límites de su propia realidad. "Este deporte me ha dado muchos viajes, me ha dado tranquilidad", confiesa. Ahora acaba de ganar la instancia provincial de los Juegos Evita y en pocas semanas representará a San Juan en Mar del Plata. Es lanzadora de bala y disco, y sueña, algún día, con representar a la Argentina en unos Juegos Olímpicos.

Son casi las seis de la tarde en La Chimbera. Paola, su mamá, acaba de regar el patio de tierra para bajar un poco el polvo y compró unas medialunas caseras en el almacén de una vecina. Está sentada en una silla de plástico, en la puerta de la casa de adobe que está ubicada al fondo de un terreno, sobre la Ruta 279, en el departamento 25 de Mayo. A esa hora espera a Paloma, la menor de sus hijos, todos los días. Es una escena cotidiana, ya sabe que verá pasar a su hija - a la que prácticamente crio sola, en un contexto súper difícil- por apenas unos minutos.

La deportista llega de la Escuela Bartolomé Del Bono todavía con el guardapolvo blanco, las zapatillas deportivas y la mochila. Cursa tercer año y sale alrededor de las 17.30hs. Entra a la casa, deja sus cosas, se cambia rápido, le da un beso a su mamá y se lleva una medialuna para merendar en el camino. No se queda en su casa, tiene entrenamiento.

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Mientras camina hasta la ruta para esperar el colectivo que la llevará hacia Casuarina, sueña en grande. En su familia no hay un vehículo para hacer ese traslado todos los días, aunque a veces algún vecino amablemente se ofrece a alcanzarla. Pero el transporte público es su mejor aliado, sobre todo cuando no hay demasiado tiempo y toca dirigirse directamente de la escuela al predio. Esa rutina la repite de lunes a viernes y explica bastante lo importante que es el atletismo en su vida y el sacrificio que hay detrás.

En Las Casuarinas, en un predio que carece de comodidades, la espera Miguel Álvarez, el hombre que la acompaña desde que empezó. En el lugar no hay pista sintética ni una infraestructura especialmente preparada para formar atletas. Hay tierra, algunos arbustos y elementos que fueron consiguiendo con el tiempo. Tampoco tienen iluminación, por lo que en determinadas épocas del año el reloj corre más rápido que Paloma: si llega tarde desde la escuela, puede tener apenas media hora antes de que anochezca. "Sale de la escuela y se viene zumbando para acá. La realidad es que no tenemos luz, entonces a veces entrenamos media hora. Pero ella se las ingenia y hace el esfuerzo de venir", cuenta Miguel, el entrenador.

Paloma se las ingenia porque llegar hasta ese lugar fue, desde el comienzo, una decisión propia. El atletismo había aparecido antes en su familia. Joaquín, uno de sus hermanos mellizos, practicaba la disciplina y en 2023 consiguió una medalla de bronce en lanzamiento de jabalina en los Juegos Evita. Ella lo miraba y también lo admiraba. También tenía una amiga que entrenaba y que cada tanto insistía para que se sumara. Hasta que un día dejó de ser una espectadora.

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Tenía 12 años. Su mamá estaba en la casa de su abuela cuando Paloma fue a buscarla para avisarle que quería ir a entrenar. Paola le dijo que no, ya que tenía que ir caminando y consideraba peligroso que hiciera sola el trayecto. Pero esa respuesta no la detuvo. "Me fui a entrenar. No le hice caso porque yo quería probar. Y de ahí no hubo caso que me sacara, elegí esto para siempre", dice la joven.

Aquella desobediencia terminó convirtiéndose en rutina. Al principio iba por curiosidad, pero después comenzó a tomárselo en serio. Los entrenamientos fueron ocupando las tardes y el atletismo empezó a ordenar también otras partes de su vida. Si había que estudiar, estudiaba. Si había que viajar temprano, dejaba preparado el bolso la noche anterior. Y si en su casa le anunciaban que ese día no podía entrenar, comenzaba la discusión. "Cuando se trata del atletismo es súper responsable. Si tiene que tomar el colectivo temprano, ya está levantada y preparada. Que yo le diga 'hoy no vas a poder ir' es un juicio, una guerra", cuenta la mamá.

La última palabra tiene peso propio en esta historia. Paola sostiene la casa y a sus hijos con los trabajos que van apareciendo. Hace changas, participa de cosechas y realiza distintas tareas de campo. También fabrica manualidades y souvenirs para vender. No hay un ingreso que permita organizar con demasiada anticipación cuánto se puede gastar en un viaje, unas zapatillas o una competencia. Por eso Paloma aprendió también a medir sus pedidos. "Mi mamá, a veces puede pagarme los viajes y eso es muy lindo, pero tampoco puedo obligarla. Porque ella puede pagar eso y después no vamos a tener para comer. Ella está sola", señala Paloma.

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La mujer sabe lo difícil que es sostener sola una casa. Pero también conoce lo que el deporte puede ofrecerles a sus hijos y por eso, cuando aparece una posibilidad, intenta encontrar la manera. Si Paloma debe viajar temprano, la acompaña hasta la parada. Espera que suba al colectivo y después le escribe a Miguel para avisarle que ya está en camino. Si el micro no pasa, llaman a un vecino, a un primo o a los padres de alguno de sus compañeros. Entre todos fueron armando una pequeña red alrededor de los chicos que entrenan en Casuarina. "Si conmigo van a tener apoyo mientras yo pueda, y si tengo que acompañarlos, los acompaño", dice Paola.

Miguel trabaja con una lógica parecida. Desde 2019 está al frente del atletismo municipal de 25 de Mayo y actualmente el grupo tiene alrededor de 25 inscriptos. Entrenan de lunes a viernes en Casuarina. Los sábados hacen un esfuerzo adicional para trasladarse hasta una pista y practicar en condiciones reales de competencia. Durante la semana trabajan con lo que hay. "Aprendimos a dejar de ver lo que no tenemos. Tengo una jabalina, veo cómo la exploto; tengo una bala, veo cómo la exploto. Tratamos de sacar el 110 por ciento de los recursos que tenemos".

Los resultados indican que algo de esa fórmula funciona. En los últimos años, el atletismo de 25 de Mayo consiguió hacerse un lugar a nivel nacional. Joaquín, el hermano de Paloma, obtuvo el bronce en jabalina en los Evita de 2023. Después llegaron otras medallas y, el año pasado, Matías López se consagró campeón en lanzamiento de disco, con récord provincial. Y ahora es el turno de Paloma, quien ganó la instancia provincial y consiguió su lugar en los Juegos Evita.

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Detrás del esfuerzo y resultados, hay algo que Paloma tardó poco en descubrir. El atletismo no solamente le enseñó a lanzar, sino también fue un trampolín para llegar a lugares que nunca en su vida había imaginado conocer. "Me ha dado muchos viajes, me ha dado tranquilidad. Prácticamente mi vida era solamente el estudio, el entrenamiento y mi mamá, pero con el tiempo empecé a salir de la provincia, a conocer lugares y personas. Es algo soñado para una atleta amateur", cuenta. En Mar del Plata estará frente a chicas de todo el país, pero el viaje tendrá para ella un significado que excede cualquier puesto. Hasta que apareció el deporte, conocer otras provincias era una posibilidad lejana.

El entrenador encuentra una definición para eso, la de "una ruptura en su realidad". "Capaz que en mi libro no estaba escrito que yo conociera el mar, pero a través del deporte pude conocerlo. Creo que lo mismo aplica para Paloma. Si depende de los padres, por nuestra situación, por ahí no van a tener esos viajes. Entonces les digo que si se presenta la oportunidad de viajar, salir, conocer, disfruten", agrega Miguel.

Para la deportista veinticinqueña, Mar del Plata será un destino y al mismo tiempo otro punto de partida. Porque cuando le preguntan hasta dónde quiere llegar, no habla directamente de los Evita, tampoco de una medalla nacional. "Representar a mi país, a mi provincia, en los Juegos Olímpicos", dice sin demasiadas vueltas. El profe cree que esa seguridad es una de sus virtudes, ya que la niña que llegó con 12 años siguiendo los pasos de su hermano hoy es una de las más experimentadas del grupo y una referencia para las nenas que recién empiezan. "Si la tengo que definir en una palabra, tiene liderazgo", dice el entrenador.

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Pero todavía hay muchísimo camino por recorrer y Paloma lo sabe. Hay días en los que los lanzamientos no salen, otros en los que llega al predio con algún problema de la escuela o de su casa. Entonces habla con Miguel y bajan la exigencia, hacen descarga, trabajan la técnica, lanzan sin buscar distancia. Y al día siguiente vuelve. Quizás ahí esté la parte menos visible de su clasificación a los Evita. No solamente en el lanzamiento que le permitió ganar la instancia provincial, sino en todas aquellas tardes en las que hizo el mismo recorrido sin que hubiera una medalla esperando al final: la escuela, la mochila cargada, la ruta, el colectivo y otra vez la bala o el disco entre las manos.

Dentro de poco, en los primeros días de noviembre, esa rutina cambiará por unos días. Paloma viajará a Mar del Plata, se pondrá la camiseta de San Juan y entrará a un círculo rodeada de atletas que habrán llegado desde distintos puntos del país. Entonces hará lo mismo que aprendió a hacer en aquel terreno de tierra de 25 de Mayo. Acomodará los pies, tomará impulso y lanzará, lo más lejos que pueda, como lo viene haciendo con su propia vida desde que descubrió el atletismo.

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Fuente: Tiempo de San Juan

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