Sarmiento murió pobre: no tenía dinero ni para pagar sus remedios
Los Andes reveló la extrema pobreza que rodeó los últimos días del prócer y siguió el largo viaje de sus restos hasta la Recoleta.

Los Andes reveló la extrema pobreza que rodeó los últimos días del prócer y siguió el largo viaje de sus restos hasta la Recoleta.
Domingo Faustino Sarmiento, fotografiado después de su muerte en el sillón especialmente construido para escribir. Murió allí, en Asunción, durante la madrugada del 11 de septiembre de 1888.
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Sarmiento murió pobre. No se trata de una metáfora ni de una de esas exageraciones que suelen incorporarse a la biografía de los grandes hombres. En sus últimos días, quien había ocupado la Presidencia de la Nación y dedicado su vida a transformar la Argentina no tenía dinero suficiente para pagar los medicamentos que necesitaba.
"Causaba verdadera pena la pobreza que lo rodeaba. La escasez de recursos llegó al extremo de carecer de lo necesario para pagar los remedios en la botica y más aún para la asistencia", informó el diario Los Andes el 18 de septiembre de 1888.
Pero aquella situación no parecía preocuparlo. El texto explicó que la pobreza "no inquietaba su espíritu poderoso". Sarmiento enfrentó la muerte como había enfrentado la vida: sin tiempo para lamentarse y con la cabeza todavía ocupada por proyectos, lecturas y discusiones.
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El 5 de junio de 1888 viajó al Paraguay. Jamás volvería a contemplar los paisajes de la patria a la que había servido como pocos. Los médicos le habían recomendado el clima de Asunción para aliviar sus dificultades respiratorias y ayudar al funcionamiento de su delicado corazón.
Ese mismo día, como si la naturaleza hubiera querido despedirlo, Buenos Aires fue sacudida por un fuerte sismo de 5,5 grados, conocido luego como el Terremoto del Río de la Plata. La tierra tembló cuando el viejo maestro abandonó el país por última vez. No podía ser de otra manera.
A pesar de las heridas dejadas por la Guerra de la Triple Alianza y de las duras palabras que el propio Sarmiento había pronunciado contra el Paraguay, el país vecino abrió generosamente sus puertas para recibirlo junto con su familia. Aquella vez, el maestro recibió la lección.
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En Asunción mantuvo una intensa vida social, colaboró con la prensa paraguaya y continuó escribiendo hasta altas horas de la madrugada, rodeado de libros y papeles. Incluso aceptó un duelo a muerte provocado por uno de sus artículos, aunque la intervención del presidente paraguayo impidió que se concretara.
Parecía haber olvidado su edad y sus enfermedades. En un último exceso de energía, ayudó a excavar un pozo para obtener agua. El esfuerzo terminó por quebrar su salud. Los médicos comprendieron que ya no había esperanzas.
Durante el 10 de septiembre su estado se agravó. Fiel a sus convicciones, se negó a recibir asistencia religiosa. Pidió que lo trasladaran hasta un sillón ubicado frente a una ventana abierta. Quería contemplar el amanecer.
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No llegó a verlo.
Domingo Faustino Sarmiento murió a las 2.15 de la madrugada del 11 de septiembre de 1888. Conservó la lucidez hasta el final y se desplomó sobre aquella tierra paraguaya donde también había muerto su hijo Dominguito, caído en Curupaytí.
Como era habitual en la época, su cadáver fue fotografiado. La imagen fue tomada por Manuel de San Martín, mientras que el escultor Víctor de Pol confeccionó su máscara mortuoria. El cuerpo fue embalsamado en apenas una hora y media.
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La noticia llegó a la Argentina ese mismo día y ocupó las primeras planas de los diarios. La muerte logró algo que durante su vida había parecido imposible: silenciar, al menos por un momento, las disputas. Antiguos enemigos políticos despidieron a Sarmiento como a un amigo.
En Mendoza, Los Andes le dedicó el 15 de septiembre una editorial titulada "Domingo F. Sarmiento". Allí lo definió como un "obrero infatigable del progreso" que no había descansado un solo momento durante su vida:
"Sarmiento no descansó un momento en su vida de labor, interviniendo en todo, multiplicándose para hacer el bien, para hacer de su Patria la primera de la América del Sud".
Para el diario, el sanjuanino había muerto con la satisfacción de haber contribuido a engrandecer el país. Su nombre, aseguraba, sería honrado por las generaciones futuras como el de "un genio benéfico que supo sacrificar su vida en beneficio de sus conciudadanos".
El homenaje terminaba con una expresión que, más de un siglo después, mantiene toda su fuerza:
"¡¡Paz en su tumba y gloria inmortal para su nombre!!".
Sarmiento había pedido que su féretro fuera cubierto por las banderas de la Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay, cuatro naciones estrechamente vinculadas con su trayectoria. Su voluntad fue respetada durante el acto de despedida realizado en Asunción.
Desde allí comenzó un extenso regreso a la patria. En Formosa, la comisión paraguaya entregó el ataúd a las autoridades argentinas y fue transbordado al buque San Martín. En Corrientes se celebró un funeral en la catedral. Los homenajes volvieron a repetirse cuando los restos pasaron por Rosario y San Nicolás.
Finalmente, el 21 de septiembre al mediodía, el féretro llegó a Buenos Aires. Lo esperaban las autoridades nacionales y una multitud.
Llovía y hacía mucho frío. Aun así, el cortejo se puso en marcha rumbo al cementerio de la Recoleta. El ataúd avanzó cubierto de flores por las calles de la ciudad. Las mujeres, que entonces no podían participar de los funerales, siguieron el recorrido desde los balcones.
En el cementerio pronunciaron discursos Aristóbulo del Valle, Osvaldo Magnasco, Agustín de Vedia y Paul Groussac. Los restos fueron depositados provisoriamente junto a los de Dominguito. Con el tiempo, el 21 de septiembre se convertiría en el Día del Estudiante, una fecha asociada al regreso definitivo del gran educador argentino.
Al día siguiente ocurrió algo extraordinario. Los periódicos suspendieron sus ediciones individuales y se reunieron en una publicación conjunta titulada La Prensa Argentina: homenaje a la memoria de Domingo Faustino Sarmiento. Fue una distinción inédita que jamás volvió a repetirse por ninguna otra figura nacional.
Sarmiento había sido presidente, gobernador, senador, ministro, diplomático, escritor, periodista y maestro. Había fundado escuelas, impulsado bibliotecas, extendido las comunicaciones y combatido con la palabra durante toda su vida. Sin embargo, al final de sus días, no podía pagar los remedios.
Murió sin fortuna, lejos de San Juan y antes de contemplar el último amanecer. Pero no murió olvidado. La Argentina entera acompañó el regreso de sus restos y confirmó aquella predicción publicada por Los Andes en 1888: las generaciones venideras continuarían honrando su memoria.
Cada 11 de septiembre, el país vuelve a hacerlo.
Fuente: Los Andes
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