Se fue de Media Agua con 4 dólares y confesó: He llegado tarde a todo, hasta a la muerte de mi madre
Marcelo Quiroga es un mediagüino que ama profundamente su pueblo, aunque hace 22 años decidió dejar San Juan y viajar a España en busca de un futuro diferente. Allí formó una familia y logró salir adelante, pero la distancia todavía le duele.

"Me fui solo con 4 dólares", comenzó Marcelo Quiroga, un sarmientino que decidió buscar nuevos caminos, aunque siempre con la ilusión de volver. A 22 años de ese vuelo que cambió su vida, señaló que lo que más duele es no llegar a tiempo a nada.
Él formó una familia junto a Marina Santana y sus hijos, Arón e Inoa, pero su raíz sigue siendo mediagüina. "Ellos llevan la sangre argentina, como yo, y también llevan España. Uno como padre por ahí se divide, por respeto, por cariño, pero te ponés la mano en el corazón y es la tierra que me abrió una puerta. Y aparte uno no quiere que su hijo sufra", señaló al recordar el Mundial. "Somos muy apasionados. El fútbol lo llevamos de otra manera. El español lo lleva, pero es más precavido. Es un hábito más, pero no se lleva en la sangre o en el alma como los argentinos", comparó.
Antes de partir, Marcelo tenía una vida planificada. Había comenzado a estudiar Abogacía en la Universidad Nacional de San Juan, pero el duro momento que atravesaba el país lo llevó a buscar un futuro diferente. Aquel período fue complicado: se trasladaban a dedo porque el dinero no alcanzaba para el colectivo, vivían varias personas en una misma vivienda y comían gracias a una beca en El Palomar. "Fue remar, remar y remar, hasta que llegó el famoso corralito, que todo argentino de 30 para arriba lo vivió, lo sintió y lo perjudicó", señaló. Eso terminó por empujarlo a probar suerte lejos de su tierra.
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En ese momento, emigrar aparecía como una posibilidad para muchos argentinos. Sus opciones eran Canadá o España, pero la cercanía cultural y el idioma hicieron que eligiera el segundo destino. El plan era sencillo, el mismo consistía en irse por dos años, juntar dinero y volver para estar con su familia.
En España no lo esperaba nadie. No tenía un trabajo asegurado ni una persona que pudiera recibirlo. "Lo cuento como una hazaña. Yo me fui a España con cuatro dólares. O sea que tenía los días contados", dijo. Sin embargo, sabía cómo sobrevivir. Durante un tiempo había vivido en Buenos Aires y allí aprendió a buscar alternativas cuando no tenía qué comer. "Cuando tenía hambre iba a una panadería y me ofrecía a sacar la basura durante la noche a cambio de pan. Después, en una rotisería, me ofrecí a pelar papas y hacer tareas a cambio de una vianda", recordó. Fue una experiencia dura, pero también la que le permitió decirse: "Hambre no voy a pasar".
Cuando llegó a España, usó aquellos cuatro dólares para comprar lo básico. "Mi primer menú fue una caja de leche, una barra de pan y 100 gramos de salame. Así sobreviví siete días", contó. Como buen buscavidas, consiguió trabajo como repartidor de publicidad. Ese primer empleo significó mucho más que un ingreso. "De ahí me cambió la vida. El creer en vos. Nunca dejé de creer en mí", expresó Marcelo.
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Al recibir su primer sueldo no pensó en ropa, muebles ni comodidades. Pensó en comer. "Cuando me pagaron, tenía hambre", recordó. Después de una semana alimentándose prácticamente con lo mismo, fue a comprar un pollo y lo compartió con uno de sus compañeros. "Primero fue la necesidad y después pensé: 'Bueno, ¿y qué hacemos ahora?'".
También descubrió que el dinero le alcanzaba para mucho más de lo que imaginaba. En el supermercado, productos que para ellos parecían inaccesibles podían comprarse con unas pocas monedas. "Con una moneda te comprabas cuatro yogures", recordó. Otra cosa que los sorprendía era encontrar muebles y electrodomésticos en buen estado abandonados en la calle. Si veían un sillón mejor que el que tenían, bajaban el viejo y subían el nuevo. Lo mismo ocurría con televisores, colchones y otros elementos que todavía podían utilizarse.
Durante casi dos décadas, Marcelo se aferró a la idea de que su vida en España era transitoria. Trabajaba y avanzaba allá, mientras compraba un terreno y construía una casa en Media Agua. "De los 22 años que llevo en España, durante 18 años mi corazón siempre estuvo aquí y mi cabeza allá", resumió.
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Todo lo que hacía respondía al mismo deseo de regresar algún día a su tierra. "Compramos terreno, construimos casa. Todo era volver", recordó. Sin embargo, mientras él sostenía ese proyecto, sus hijos crecían, formaban amistades y construían su propia vida en España. Fue Marina quien terminó por poner en palabras una realidad que Marcelo todavía se resistía a aceptar: "Te vas a ir solo. Tus hijos no se van a ir y yo no me voy a ir".
Esa frase lo enfrentó con una decisión que había postergado durante años. "Entonces ahí me cayó la ficha. Yo dije: 'Es verdad'", reconoció. Entendió que volver ya no dependía solamente de sus deseos. "Llegó un momento en que dije: 'No puedo estar dividido'. Yo no podía vivir así". Aceptar que su vida estaba en España no significó dejar de sentir a San Juan como propio. Para Marcelo, asimilar la distancia fue un proceso largo, atravesado por despedidas, ausencias y pérdidas. "Ha sido para mí el desarraigo muy duro, muy duro: el soltar", expresó.
La primera vez que dejó la provincia tenía miedo, pero también llevaba consigo la ilusión de lo desconocido. "La primera vez vas con expectativas, porque no sabés adónde vas. Te duele despedirte, pero tenés la expectativa, la incertidumbre", explicó. Volver a partir después de haber visitado su tierra fue completamente distinto. "La segunda vez ya no tenía expectativas, ya no tenía sueños; era volver a lo que ya sabía", señaló. Esta vez conocía el destino, la casa y la cama en la que iba a dormir. Ya no existía la emoción de descubrir una nueva vida. "Fue durísimo, durísimo. Me quedé sin lágrimas, sinceramente". Con el paso de los años comprendió que cada visita también podía esconder una última vez. "Aprendí a despedirme de todo. De todos. Porque no sabía si los iba a volver a ver", dijo.
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A los dos meses de regresar a España después de uno de sus viajes, falleció su abuelo. Luego se sucedieron otras pérdidas que lo encontraron del otro lado del océano. "Así me ha ido pasando a lo largo de 22 años, hasta con la muerte de mi madre".
Por eso, pese a haber encontrado estabilidad económica y haber formado una familia, Marcelo es tajante cuando un joven le pregunta si debería emigrar. "¿Y sabés qué le diría? No te vayas. No te vayas. Es más, lo que vas a perder que lo que vas a ganar". "Es verdad: gané una hermosa familia, una hermosa mujer, mi pilar, mi pareja; gané unos hijos maravillosos. Pero es más lo que he perdido. He llegado tarde a todo, hasta a la muerte de mi madre", lamentó. Para él, irse no siempre es el camino. "Allá afuera lo que te espera es un abismo. Acá lo tenés todo. Acá lo tenés todo", sostuvo.
La experiencia de conocer el dolor de la distancia también lo llevó a abrirles las puertas de su casa a otros sanjuaninos que llegaron a España buscando una oportunidad. "Uno se solidariza con la gente, y más con la gente de su pueblo", afirmó. Según contó, no hubo un mediagüino que necesitara ayuda al que él y su familia no intentaran acompañar. No siempre se trataba de conseguirles empleo o resolverles los problemas. A veces, lo más importante era ofrecerles un lugar donde pudieran hablar. "Cuando estás lejos, tener con quién hablar lo es todo. Tener con quién desahogarte, quien te ponga una mano en el hombro, lo es todo", aseguró.
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También conoció la ingratitud de algunas personas a las que ayudó. Sin dar nombres, sostuvo que resulta más sencillo responsabilizar a otros cuando la experiencia de emigrar no sale como se esperaba. Porque empezar de cero es mucho más difícil de lo que parece: "En España nadie te abre una puerta, nadie te regala nada. Nadie".
En esta visita a San Juan, la familia también vivió una historia inesperada. "Vinimos cuatro y nos vamos cinco", contó Marcelo entre risas. Durante una salida, Arón encontró un gatito abandonado y comenzó a insistir para adoptarlo. Aunque en un primer momento Marcelo intentó convencerlo de que lo dejara, finalmente aceptó. El animal, al que llamaron Blanquito, ya tiene preparada toda la documentación necesaria para viajar. "Hemos hecho todo: el gatito tiene DNI, pasaporte, cartilla de vacunas y certificado del Senasa".
La visita también sirvió para reencontrarse con los sabores que todavía lo conectan con su infancia. Aunque en España se consigue carne argentina, hay platos sencillos que siguen siendo difíciles de reemplazar. Entre todos, tiene un favorito: "Si me preguntás qué quiero comer yo les digo que me den polenta con carne molida, con tuquito".
Así Marcelo volvió a su pueblo natal, se llevó charlas con sus amigos, visitó su familia, tuvo contacto con los saberes que ama y se llevó una mascota netamente local que acompañará a sus hijos.
Fuente: Tiempo de San Juan
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