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Sobre el cortometraje "Soy el Gaucho"

Por El Litoral4 min de lectura
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Sobre el cortometraje “Soy el Gaucho”
Sobre el cortometraje “Soy el Gaucho” · Foto: Diario El Litoral

Por José Emilio Luque

*Escritor y cineasta. Estudió en el ISCAA de Santa Fe

El cortometraje "Soy el Gaucho", estrenado el pasado viernes 5 en la Sociedad Rural de Mercedes (Corrientes), marca sin duda un hito en la producción artística que tiene al Gaucho Gil como protagonista. Dirigido por Pablo Almirón y su hijo Camilo, sobre idea y texto de José Gabriel Ceballos (que también aporta la voz en off) y con música de Antonio Tarragó Ros, "Soy el Gaucho" nos ofrece, pese a su brevedad de diez minutos, varios matices novedosos que contrastan con lo mucho y manido que se ha compuesto estéticamente hasta hoy sobre esa figura de la religiosidad popular.

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Desde el punto de vista formal, cabe señalar en primer término la conjunción de literatura y cine. Lo que lee Ceballos no es estrictamente un guion cinematográfico; es literatura en el sentido más puro, incluso en algunos momentos con resonancias de poema. Y que la literatura haya sido sacada de su soporte natural, la lectoescritura, para asociarse con otra disciplina sin sufrir menoscabo alguno sino, por el contrario, potenciándose, implica un logro no menor. La dicotomía literatura versus cine, que condujo al lugar común de que toda película basada en una obra literaria resulta inferior a la versión escrita, aquí queda destruida.

Por el lado cinematográfico, el primer aspecto a destacar es que se trata de una fusión entre cine documental y cine de ficción. Una apuesta audaz, se diría que temeraria, si tomamos en cuenta la escasa duración del video. Pero el ensamblaje entre la realidad y la ficción (unos dos minutos que buscan sintetizar más que nada la historia que se le atribuye al Gaucho) está tan ajustado, con tanto esmero, que los directores salen muy airosos del experimento.

La música de Antonio Tarragó Ros es poca pero surge en los momentos justos, y dota a la película de una vivacidad suplementaria que ayuda a evitar la caída en la monotonía precisamente cuando la atención del público podría haber disminuido. Quizás haya que señalar cierta disparidad en la calidad técnica de algunas imágenes. Sin embargo, tal detalle -obvio en una obra hecha con escasos recursos económicos- pierde importancia ante el producto considerado como un todo.

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Volviendo al costado literario y todavía dentro del plano de lo formal, digamos que el texto de Ceballos consiste en un monólogo en primera persona dirigido por el propio Gaucho Gil a sus fieles. Un acierto decisivo. El Gaucho no está enfocado "desde afuera" sino "desde adentro", es él quien habla. Y desde las primeras frases el espectador se siente involucrado, se convierte en parte, porque la voz en off interpela a un "ustedes" que inevitablemente lo abarca. A partir de entonces difícilmente el espectador conseguirá evadirse de lo que escucha y ve.

Y aquí ya saltamos a lo conceptual. ¿Qué es lo que el Gaucho Gil les dice a sus creyentes? ¿Les revela su historia, les agradece la lealtad, los consuela? No: les muestra la perplejidad que le causa ser lo que es: un enigma. Y en su discurso, desde su "niebla" situada entre la vida y la muerte, una especie de limbo, va cuestionándose todas las supuestas verdades que "desde afuera" lo sostienen. Desde sus hipotéticas biografías hasta si vivió alguna vez, desde la misión que Dios le habría encomendado hasta la existencia de Dios. Su capacidad para conceder milagros, su mitología entera, las especulaciones de quienes aspiran a convertirlo en santo, el aprovechamiento mercantil que se hace de su figura, nada de lo que caracteriza al personaje y su culto escapa a esa narrativa cuestionadora. Ni siquiera la condición de gaucho, lo que habilita a Ceballos a eludir el registro de voz campesino, que uno esperaría para dicha perspectiva, y mantenerse en un lenguaje neutro pero sencillo. Al final del mensaje sólo restan en pie dos certezas: 1) el misterio que representa el fenómeno del Gaucho Gil; 2) que ese fenómeno se debe a la fe popular y probablemente a nada más. Y respecto a esta segunda certeza el texto todavía juega con una alternativa si se quiere "nietzscheana": que el poder milagroso al que recurren los fieles quizás subyazca en cada uno de ellos, que cada promesero albergue a un Gaucho Gil escondido por "las cenizas que el fuego del miedo dejó en ustedes". En fin: diez minutos que provocan la sensación de un tiempo mucho mayor y de una gran profundidad.

El acompañamiento visual que Pablo y Camilo Almirón dan al desarrollo conceptual me pareció impecable. Muy pocos ejemplos vi en el cine de una solvencia semejante para armonizar elementos diversos. Se deslizan incluso hasta el desparpajo, como en la escena del baile solitario de un promesero tal vez pasado de copas, sin caer en el menor desborde. El pasaje de una promesera cantando "a cappella" merece aplausos aparte.

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"Soy el Gaucho", por disruptiva pero también por sus cualidades intrínsecas, pone muy alta la vara en el campo de los trabajos creativos inspirados en el Gaucho Gil. Ensancha ese campo. Demuestra que es posible extenderlo más allá de los documentales repetitivos, los relatos de ficción previsibles, las expresiones sólo superficialmente innovadoras como hacer bailar al Gaucho Gil en un carnaval o pintarlo en versiones LGBT. También en tal sentido hay que celebrar su realización.

Fuente: Diario El Litoral

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