Suspenso en colores: la película de Netflix que dura menos de 2 horas y es furor
La nueva entrega de la saga policial polaca llegó a Netflix y rápidamente escaló al primer puesto. Intriga, secretos y un pueblo lleno de sospechosos.

Dos años después del éxito que tuvo entre los suscriptores de Netflix la primera adaptación de la saga literaria de Malgorzata Oliwia Sobczak, llegó una nueva entrega de la franquicia. Se trata de "Los colores del mal: Negro", una película policial polaca que, a pocas horas de su estreno, logró convertirse en uno de los contenidos más vistos de la plataforma en Argentina.
Con una duración de menos de dos horas, la producción vuelve a apoyarse en uno de los motores más efectivos del género: la búsqueda del verdadero culpable. La intriga está presente desde el comienzo y la historia consigue despertar el interés del espectador, aunque también evidencia algunas limitaciones. Le cuesta construir una atmósfera realmente inquietante y termina resolviendo varios de sus conflictos con una rapidez que le resta impacto.
Basada en la exitosa saga literaria Los colores del mal (de la que ya fueron adaptados los tomos Rojo y Negro, mientras que Blanco, Amarillo y Azul aún esperan su versión audiovisual), la película recupera al fiscal Leopold Bilski (Jakub Gierszał) como protagonista y vuelve a apoyarse en las estructuras clásicas del thriller policial.
Sin embargo, esta vez la escala del conflicto es mayor. Tras el resonante caso de la primera película, Bilski regresa para investigar una serie de hechos que exponen secretos oscuros y silencios incómodos que llevan años ocultos en el pequeño pueblo de Trulocz.
La historia comienza con un breve pero inquietante flashback. Un niño sube a un automóvil negro con vidrios polarizados y, poco después, un hombre cuya identidad permanece oculta aparece manipulando su cadáver en medio de un bosque. Es una escena breve, aunque suficiente para instalar el misterio que atravesará toda la trama.
Dos años más tarde, Bilski llega a Trulocz luego de ser trasladado como una especie de castigo por haber investigado casos incómodos para determinadas estructuras de poder. Lo primero que llama su atención es que el pueblo parece demasiado limpio: prácticamente no existen antecedentes policiales relevantes. En ese contexto, descubre una antigua denuncia por la desaparición de un niño que fue resuelta con una rapidez sospechosa y posteriormente eliminada de los registros.
Mientras intenta reconstruir lo ocurrido, conoce a Julia Burchardt (Marianna Zydek), una escritora enigmática marcada por un pasado complejo y numerosos traumas. Julia regresa a su pueblo natal junto a su hijo, Piotrus, mientras trabaja en una nueva obra literaria.
Decidido a reabrir una investigación que todos prefieren mantener enterrada, Bilski comienza a chocar contra distintos sectores de poder: una alcaldesa que gobierna desde hace dos décadas (quien además es madre de Julia), vecinos violentos, un policía cínico y ambiguo, un empresario que se presenta como benefactor de la comunidad y hasta figuras vinculadas a la Iglesia.
A medida que tira del hilo, el fiscal descubre que los hechos que parecían aislados forman parte de una estructura mucho más amplia, sostenida durante años por el silencio, la indiferencia o la conveniencia de numerosas personas.
Uno de los principales aciertos de la película es precisamente la construcción de esa red de sospechosos. Cada personaje parece esconder algo y las conexiones entre ellos alimentan constantemente las dudas del espectador. La historia logra generar especulaciones y mantiene vivo el interrogante central acerca de quién es el verdadero monstruo detrás de los acontecimientos.
Sin embargo, cuando llega el momento de cerrar el rompecabezas, la resolución resulta demasiado sencilla. Los cabos sueltos se atan con facilidad y gran parte de la información aparece excesivamente explicada. La película parece desconfiar de la capacidad del público para interpretar las pistas por sí mismo y termina verbalizando detalles que podrían haber funcionado mejor desde la sugerencia.
A diferencia de "Los colores del mal: Rojo", donde el misterio tenía una dimensión casi arqueológica y obligaba a reconstruir hechos del pasado, aquí la investigación se convierte en una persecución mucho más inmediata y directa. El resultado es un thriller entretenido, ágil y fácil de consumir, aunque sin demasiados elementos que lo distingan dentro de un género que ya ha explorado muchas de estas fórmulas.
Una opción recomendable para quienes buscan una historia policial efectiva, de ritmo moderado y con suficientes giros para sostener el interés, aunque probablemente no deje una huella duradera una vez que aparecen los créditos finales.
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Fuente: Tiempo de San Juan
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