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Tino Neglia: "El actor no hace de personaje: es el personaje"

Discípulo de Galina Tolmacheva, actor, director y referente del teatro mendocino, repasa más de ocho décadas de vida, recuerda a Cristóbal Arnold, revive los años de la dictadura y explica por qué San Martín se convirtió en el papel que lo acompaña desde hace un cuarto de siglo.

Por Ariel Búmbalo14 min de lectura
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Tino Neglia: "El actor no hace de personaje: es el personaje"
Tino Neglia: "El actor no hace de personaje: es el personaje" · Foto: Los Andes

Discípulo de Galina Tolmacheva, actor, director y referente del teatro mendocino, repasa más de ocho décadas de vida, recuerda a Cristóbal Arnold, revive los años de la dictadura y explica por qué San Martín se convirtió en el papel que lo acompaña desde hace un cuarto de siglo.

Martín Bernardo Neglia Fernández Conte Rabanal —Tino para todos— nació el 2 de diciembre de 1944 y lleva más de ocho décadas acumulando vidas dentro de una sola. Fue arquero de inferiores en Talleres cuando San Lorenzo ya lo quería fichar, locutor infantil, titiritero en plazas, bancario durante treinta años, licenciado en Relaciones Públicas, director del Teatro Julio Quintanilla, cofundador de la Comedia Provincial y de la Asociación Argentina de Actores de Mendoza. También fue discípulo de Galina Tolmacheva, la fundadora de la Escuela Superior de Teatro de la UNCuyo, quien le enseñó que un actor no hace de personaje: es el personaje. Esa frase se convirtió en brújula.

Tino construyó una carrera que recorrió el Teatro Nacional Cervantes, el Metropolitan de Buenos Aires, los sets de Telefé y Canal 9, una coproducción chilena y hasta una serie de Amazon Prime. Compartió escenario con Virginia Lago, María Rosa Gallo y trabajó bajo la dirección de Jaime Kogan. Dirigió cinco Fiestas de la Vendimia de la Ciudad de Mendoza. Y en el año 2001, en plena crisis argentina, estrenó José: un monólogo en el que San Martín le habla al país sin presidente. Desde entonces, ese personaje no lo soltó más.

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Entrevistado por Los Andes la semana pasada, Tino Neglia dice que todavía le falta la gran película. Y cuando habla de teatro, no habla de carrera ni de premios: habla de fe, de servicio, de no mentir en escena. Lo aprendió de Galina. Lo practica desde que tenía un guardapolvo de satén amarillo y una casaca verde que parecía la bandera de Brasil.

—¿Cómo fue que comenzaste a hacer teatro?

—De pendejito. Mi mamá era maestra en la escuela Juan Gregorio de Las Heras, y en uno de los actos necesitaban un Aladino. Mi vieja me hizo un guardapolvo de satén amarillo grandote con una casaca verde —parecía la bandera de Brasil. Empecé así.

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De ahí pasé a ser del club de niños locutores: éramos los encargados de leer y ayudarle a las maestras. Como mi madre era maestra, no siempre íbamos a la misma escuela. Después nos vinimos a la Belgrano, en la calle Mitre y General Paz —un edificio antiguo que tiraron y donde terminó un supermercado. Ahí pasé a ser del elenco de títeres. Teníamos hasta el retablo. Íbamos a las plazas. Era un laburo muy lindo, muy serio —voy a decir profesional, porque era muy respetuoso de lo que hacíamos y de para quién lo hacíamos. Hecho por niños para niños.

—¿Qué representó Galina Tolmacheva en tu formación?

—Galina fue mucho más que una maestra: fue mi madre en el teatro. Ella decía que el actor no debía limitarse a interpretar un personaje, sino recrear su espíritu. Esa idea me marcó para siempre. Aprendí que el teatro no consiste en repetir un texto o en construir una apariencia, sino en dejar que el personaje habite en uno. Por eso siempre digo que cuando parece que improviso, en realidad no improviso yo: improvisa el personaje. Con los años entendí exactamente a qué se refería.

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—¿Y Cristóbal Arnold?

— Arnold fue otro maestro. Siempre me decía: "¿Qué hacés acá en el banco? Vos no sos bancario. Tenés que irte." Él insistía mucho con eso. Yo trabajaba en el Banco Mendoza y, además de mis tareas, hacía los afiches, los programas, toda la parte gráfica de las actividades culturales. Cuando finalmente decidí irme a Buenos Aires, iba manejando por la calle Alem y lo vi caminando. Le toqué bocina y le dije: "¡Arnold! ¡Me fui del banco!" Y me gritó: "¡Qué pelotudo! ¡Ahora te vas a cagar de hambre!" Era muy de él decir esas cosas.

—También tuviste un paso por el fútbol, ¿no?

— Fui arquero. Hice las inferiores en Talleres y me quiso comprar San Lorenzo. Estaba ya listo: venía San Lorenzo para un amistoso con Talleres y ahí se firmaba definitivamente mi contrato. Y el domingo anterior, 20 de julio, me lesiono. Me pegan, se me hace una gangrena y no juego por mucho tiempo. Como arquero era de la escuela de Carrizo. Yo dominaba el área. No era el arquero volador, como en esa época eran todos. Yo dominaba el área, salía jugando, no la pateaba para cualquier lado. Y eso en aquella época era audaz para un arquero de inferiores.

—¿Fuiste de la bohemia mendocina también, con el Pocho y con Jorge Sosa?

—Yo me encuentro con el Pocho como artista cuando vuelve de Buenos Aires, de su intento de quedarse allá a grabar. Firmó un contrato con Philips, pero leonino: lo firmaron para que él no pudiera grabar con otros. Y les dejó todas las canciones que después Philips hace con la Negra Sosa. Haz que florezca mi pueblo, Por las calles de la villa... Todos los temas que en la época del proceso adquirieron una relevancia muy fuerte. Y el Pocho vino amargado porque lo habían hecho firmar para que no pudiera cantar con otro sello y para chorearse todos esos temas.

Ahí lo vinculo con el Banco Mendoza —yo era ya asesor del gerente general, hacía la carrera en el banco—. Y el Jorge Sosa se queda sin laburo. Nos vamos del banco a un cafecito, por ahí cerca de Gutiérrez y 9 de Julio. Y dice: "Yo necesito este fin de semana." Yo tenía algunos monólogos, algunas cositas. Con eso él escribió y le dio un sentido, y se llamó Vení contame.

Empezó con nadie, con poca gente, y llegó a estar jueves, viernes y sábado con dos funciones. Nosotros actuábamos delante de la barra, la gente estaba atrás, nos veían la espalda... pero quería entrar la gente. Porque fue el furor antes de las elecciones del 83.

Había una poesía del Jorge que hablaba de su gran amor, que la decía yo. Y otra poesía que yo hacía era de la Tampieri, que se llamaba Este país. Muy fuerte, muy lindo. Era la introducción a la del Jorge. Y el Jorge hablaba de un gran amor que él tuvo y terminaba diciendo: "Vení, volvé. Te estoy esperando. Constitución nacional." Te imaginás, en esa época era casi demagógica la poesía. La gente venía porque veníamos de muchos años.

Del Canal 7 quisieron firmar el espectáculo y lo pasaron. De ahí el Pocho alquila junto con el turco Abraham, frente a la legislatura, ya con el advenimiento de la democracia. Y se llevó el público que teníamos ahí para allá.

Esa época, además, coincidía con el nacimiento en Mendoza de la nueva canción, del Nuevo Cancionero. La Negra Sosa, Matus, el Mamadera Aragón. El Pocho se acordaba mucho de él. Y es que el Pocho vivía a metros de donde vivía el Mamadera, en la Diagonal Hammarskjöld. El Pocho, ya lo ha contado él, se enferma de hepatitis y el padre le regala una guitarra. Lo primero que aprende a tocar y cantar es Luna tucumana. Y a partir de ahí no dejó la guitarra. Después formó grupos vocales muy lindos y la gran amistad con Damián Sánchez y Jorge Sosa.

—¿Y a vos cómo te fue en Buenos Aires?

—A mediados de los 90 me fui. Ahí hice teatro hasta en la calle Corrientes, con Virginia Lago. Ella y María Rosa Gallo eran mis dos grandes amigas en Buenos Aires. Fui uno de los coprotagonistas de Mariana Pineda, de Federico García Lorca, con un director como Jaime Kogan. La hicimos en el Teatro Metropolitan, que es uno de los más grosos. María Rosa Gallo me insistía en que me fuera para allá.

—Retrocediendo a una época anterior, ¿cómo fue hacer teatro en dictadura?

—Había miedo. Eso es lo primero que hay que decir. Había miedo de verdad. Pero sentíamos que teníamos que actuar. Primero no había teatro en ese momento. Y si había, era de grupos reducidos. El Arnold, me acuerdo, hacía La visita de la anciana dama en casas. En el teatro, en la casa de uno en Maipú, en la casa de otro por allá. Y otros, como yo, trabajábamos en los cafés haciendo una especie de café concert, o trabajábamos en los restaurantes. La gente del teatro es militante de la vida, y va y actúa donde sea. Siempre hemos hecho eso. El teatro se convirtió en un lugar donde la gente podía respirar. Era recuperar la posibilidad de pensar. De reír, de emocionarse, de encontrarse con otros. Eso, en una dictadura, ya era un acto de resistencia.

—¿Siempre estuviste cerca del peronismo?

—Sí, del justicialismo, más que del partido. De hecho, la única experiencia partidaria que tuve fue cuando fundamos en Mendoza la Democracia Cristiana junto con Buby Cerutti y otros compañeros. Después ese espacio terminó confluyendo con el justicialismo. Pero siempre hice una diferencia entre el movimiento y el partido. Cuando me tocó interpretar a Perón trabajé mucho esa idea. Yo creo que uno de los errores históricos fue haber personalizado demasiado el movimiento. Las Veinte Verdades deberían haber sido las verdades justicialistas, no las verdades peronistas. Cuando todo queda asociado al nombre de una persona, después aparecen el menemismo, el kirchnerismo y tantas otras derivaciones. El movimiento termina perdiendo protagonismo frente a las personas. Yo nunca me afilié al Partido Justicialista, pero sí trabajé junto a muchos amigos de aquella generación de los curas del Tercer Mundo que después ocuparon responsabilidades importantes.

—¿Y cómo fue que te enganchaste con el personaje de San Martín?

—Me engancho con San Martín porque siento la necesidad —esto me lo enseña Galina— de que lo que uno haga en teatro tiene que servirle a la gente. Me llamaron de un grupo que se llama Los Comunicactores para que los dirija. Y el autor de la obra, Ricardo Amorena —ingeniero, pero escritor y músico—, me escribe una obra. Era la época del 2001. ¿Qué pasaba en el país? No teníamos ni presidente. Cinco en una semana. Entonces le digo: "Ricardo, ¿te animás a escribir un monólogo sobre qué nos diría San Martín hoy, si estuviera?" Entonces él escribió una obra que se llama José.

La estrené el 17 de agosto del 2001 en la antigua Casa Galli. Estaba todavía Teresita Galli al frente de ese espacio hermoso, acústico, una cosa maravillosa que había hecho Galli padre.

Y cuando la obra crece, la gente —sobre todo con un tema como San Martín— te acerca y te da información.

San Martín dice en una de sus cartas que si alguna vez él no llega a cumplir con lo que tiene que hacer como gobernador de Cuyo, que lo cuelguen en el árbol de la plaza. Y dice también: "Como algunos americanos negocian con el extranjero sin importarles verla mancillada a la Patria. Tal felonía, ni con el sepulcro se paga."

—¿Cómo definirías al teatro y cómo te definirías vos como actor?

— Entiendo que donde hay dos personas y comunicación, es teatro. Antes yo decía "esto no es teatro, esto es divertimento." Ahora descubro que en todo contacto humano hay teatro. El teatro es un acto de fe. No por lo religioso ni por lo clerical: por el creer. Por ver lo que no se ve. Cuando me subo al escenario, primero creo que está ahí el espíritu del personaje; si no, no puedo subirme.

Estoy convencido de que hay una conciencia cósmica creadora. Esa conciencia necesita expresarse. Y se expresa a través del amor, que es lo que fundamenta la creación: en el teatro, en la pintura, en la vida. Si no hay amor, no hay creación.

Siempre entendí, además, que la tarea nuestra es la de servir, y muy comprometida con la educación. Será que vengo de familia de maestras. Mi abuela y mi vieja eran maestras rurales.

—¿Y ahora qué estás haciendo?

— Me llamaron para un corto basado en un cuento de Liliana Bodoc. Me dijeron: "Creemos que vos das justo con el personaje." Se trata de un abuelo que habla con su nieto. Con Liliana nos une todo un pensamiento, un compromiso con la vida. Por eso lo de ella sigue siendo efectivo como si estuviera viva. Cuando leí el cuento dije: "¿Cómo se puede escribir tan bonito?" He tenido la dicha de conocer gente de la que aprendí y sigo conociendo todos los días gente de la que aprendo. Ese es el tema: aceptar que voy a aprender del otro. Que el otro es el que te completa.

—¿Hay algo que sientas que te quedó pendiente? ¿Algo que todavía te gustaría hacer?

—Sí, creo que sí. Pero no pasa por el teatro, sino por el cine. Hice una película en Chile, donde fui coprotagonista y tuve un papel muy lindo, pero me gustaría hacer una gran película, una de esas que realmente te exigen como actor.

Me gustaría mucho interpretar a San Martín en su vejez. No al héroe de las batallas, sino al hombre. Es un personaje que siento muy cerca. Galina siempre me decía que el actor no debía mentir, que no debía hacer de personaje, sino ser el personaje. Esa enseñanza me acompaña hasta hoy.

Por eso siento que todavía me falta ese gran papel en el cine. Una película donde pueda poner en práctica todo lo que aprendí y darle vida a un personaje con esa profundidad. Creo que San Martín viejo sería ese desafío.

Apenas entramos a su estudio y Tino ya nos está contando una anécdota suya con los masones, a quienes en algún momento tuvo que recurrir por su personaje de San Martín. Cuenta Neglia: "He ido tres veces ya al templo. En la última fui con un documental que hizo el mismo director de la película de San Martín, la famosa, la de De la Serna. Revolución. Con él yo hice una especie de documental que se llama Reconstrucción —es un término de los masones— que habla de San Martín en Mendoza. Y la última escena es San Martín yendo al templo masónico. Y ahí me aparezco yo.

Pero la experiencia más fuerte no es esa. La segunda vez que voy me dan un texto y me piden que lo haga. Entonces me reúno con el hermano maestro, gran amigo mío, y le digo: "Mirá, voy encantado. Pero te pido algo: yo he aprendido —me lo enseñó mi maestra— a recrear el espíritu del personaje. Yo no improviso: cuando improviso, no improvisa el Tino. Yo trato de que improvise el personaje, no yo.

—Sos como un médium…

—Lo has dicho vos. La Galina también lo decía. Ella cuenta en su libro que en una oportunidad, durante una lectura de mesa —cuando se lee la obra por primera vez entre todos—, estaban leyendo y de golpe alguien golpeó la mesa. Se llevaron un susto terrible. Ella se asustó tanto que dijo: "Nunca más lectura de mesa. Porque esto es teatro, no es espiritismo." Pero pasa por ahí. Como lo entiendo yo, y como me lo hizo entender ella, el teatro es la recreación y la convivencia con espíritus. Es tu espíritu creador vinculado con la recreación del espíritu del personaje

Eso es muy fuerte. No es complicado, pero exige un tiempo de maduración. Hay una cosa importante que yo llamo el teatro de las tres C, aunque el nombre verdadero es teatro de la unicidad. A la Ken, por los mayas. Los mayas, cuando se encontraban, se decían: In lak'ech. Y el otro contestaba: A lak'en. In lak'ech quiere decir "Yo soy otro tú." Y el otro respondía: "Tú eres otro yo. Somos uno." Los mayas. Tres mil años antes de Cristo.

—Una comida preferida

—La pizza. La caprese, si tengo que elegir una.

—¿Un lugar de Mendoza que sea tu preferido?

—Las Vegas, en Potrerillos. Me gustaría vivir ahí. Es un sueño.

—¿Un personaje de la historia, además de San Martín?

—Belgrano. Y también Mariano Moreno. Gracias a la historia tenemos más de un personaje maravilloso. No es casual que hayan existido figuras de esa talla. Lo que sí creo es que no es casual que hoy falten líderes: hay intereses que siempre buscaron dividirnos, no solo económicamente, sino también desde la educación y la cultura.

—¿Un equipo preferido?

—Soy hincha de River desde chiquito. En Mendoza, de Independiente Rivadavia, la Lepra. Y también tengo un gran cariño por Gimnasia y Esgrima y por Talleres, porque ahí hice las inferiores y jugué al fútbol.

—¿Argentina gana la cuarta Copa del Mundo?

—Si le ganamos a Uruguay, la firmo. Para mí el gran escollo es Uruguay. Contra Argentina siempre quieren hacer historia. Es como un Boca-River: muchas veces no gana el que juega mejor, sino el que llega con ese plus que tienen esos clásicos. Si pasamos ese partido, creo que podemos salir campeones.

Fuente: Los Andes

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