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Tirar comida… la economía secreta de la heladera: nuestro editorial de hoy

Cada 29 de septiembre se conmemora en todo el mundo el Día de la Concientización sobre las Pérdidas y Desperdicio de Alimentos

Por Paco del Pino3 min de lectura
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Tirar comida… la economía secreta de la heladera: nuestro editorial de hoy
Tirar comida… la economía secreta de la heladera: nuestro editorial de hoy · Foto: Primera Edición

Abrir la heladera y comprobar que está llena de opciones suele darnos una falsa sensación de resguardo. Sin embargo, en esa misma postal doméstica se esconde una de las fugas de dinero más invisibles y constantes de la economía familiar. Hoy, en el Día de la Concientización sobre las Pérdidas y Desperdicio de Alimentos, vale la pena mirar hacia adentro de la heladera no solo para planificar el almuerzo, sino para repensar cómo compramos, cómo consumimos y cuánto nos cuesta, literal y figuradamente, lo que terminamos tirando.

Las estadísticas del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) señalan que alrededor del 60% del desperdicio de alimentos se produce puertas adentro, en los hogares.

Si se baja la lupa a nuestro país, los estudios estiman que cada habitante descarta unos 72 kilos de comida al año. Pero los grandes números fríos a veces anestesian. La verdadera dimensión del problema se entiende mejor en la escala chica: ese tomate que se arruinó al fondo del cajón, la media palta olvidada, el paquete de fiambre que venció o la porción de comida que se descartó porque la dinámica semanal cambió de planes.

Visto de manera aislada, tirar una porción o un vegetal no parece una catástrofe financiera. Multiplicado por semanas, por meses y por cada hogar, se transforma en un agujero negro del ingreso.

Lo paradójico es que este goteo de plata ocurre en el peor escenario posible: cuando los alimentos se vuelven cada vez más caros, el presupuesto familiar se achica y hacer las compras exige una ingeniería de descuentos y cuentas finas. Gastamos plata en alimentos que, por desorganización o inercia, terminan transformándose en basura. El problema, claro está, no se resuelve con un sermón moralista sobre "lo mal que se porta la gente".

Nadie tira comida por maldad o por el simple placer de desperdiciar. Desperdiciamos porque vivimos a un ritmo acelerado, porque compramos sin una lista clara, porque acumulamos por impulso ante las ofertas o porque perdimos el hábito de la cocina de aprovechamiento, esa que sabía transformar las sobras de ayer en el plato de hoy.

La heladera repleta de productos que expiran en silencio es, en realidad, el síntoma de una desconexión entre nuestros ritmos de vida y nuestros recursos reales.

"Lo curioso -y trágicamente moderno- es que este goteo de plata ocurre cuando la comida se vuelve cada vez más cara, la inflación castiga el poder adquisitivo y las familias hacen malabares para llegar a fin de mes".

Hay una distancia enorme entre lo que cuesta producir, trasladar y pagar un alimento en la góndola, y la facilidad pasmosa con la que lo convertimos en residuo. Y ahí es donde se abre una valiosa oportunidad pedagógica en casa.

Volver a mirar la cocina no como un depósito de stock, sino como un espacio de administración inteligente, es una herramienta de alivio financiero directo.

Aprender a planificar, rescatar las sobras, congelar a tiempo y mirar el tacho de basura con atención no es solo un gesto de responsabilidad ambiental; es, antes que nada, una de las formas más prácticas y efectivas de cuidar el bolsillo y volver a poner en valor el trabajo que hay detrás de cada plato.

Fuente: Primera Edición

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