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Un perfil del gran fotógrafo Ángel Paganelli, en una página de LA GACETA de julio de 1927

Esta página es una réplica casi idéntica de una publicación de LA GACETA del 17 de julio de 1927 (hace 99 años), firmada por José R. Fierro, sobre el histórico fotógrafo, que en ese momento era la memoria viviente del viejo Tucumán. Paganelli fallecería un año después, en 1928

Por Redacción LA GACETA7 min de lectura
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Un perfil del gran fotógrafo Ángel Paganelli, en una página de LA GACETA de julio de 1927
Un perfil del gran fotógrafo Ángel Paganelli, en una página de LA GACETA de julio de 1927 · Foto: La Gaceta

Es una reliquia viviente de la sociedad tucumana este señor Paganelli, radicado entre nosotros desde hace más de sesenta años. Ejerció su profesión de fotógrafo desde su llegada hasta hace quizá unos quince años, y cerró su laboratorio. Su archivo valiosísimo pudo resultarle una fortuna y, por su desprendimiento, muchos sacaron provecho, menos el propio dueño. ¿En qué familia no se conservan retratos de la fotografía de Paganelli?

Cuentan las crónicas que los primeros retratistas que trabajaron en Tucumán fueron los profesores don Amadeo Jacques y don Alfredo Cosson; pero sus tareas docentes del histórico Colegio San Miguel les impidieron continuar y sus aparatos sirvieron para base del gabinete de Física de su establecimiento.

Por feliz coincidencia, el señor Paganelli pisó tierra argentina al tiempo mismo en que la soldadesca del ejército invasor de nuestros hermanos catamarqueños y salteños de las épocas de Navarro y Varela destruyeron el colegio de Jacques.

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El señor Paganelll desembarcó en Buceos Aires e| 24 de agosto de 1860. Era un joven lleno de ilusiones y confianza que llegaba en busca de un seguro porvenir. Poco tiempo después comenzó a trabajar en Córdoba, asociado a su hermano José. Más tarde, se independizó y se vino a Tucumán en tiempo del gobierno de los Posse, don José primero y don Wenceslao inmediatamente después.

Entonces el mejor medio de transporte era la mensajería, empresa "La iniciadora", que partía de Córdoba y a veces después de un mes entraba a Tucumán por la hoy calle Alsina y paraba en el Hotel de las Naciones, donde hoy tienen su colegio las Hermanas Mercedarias, ensa de tradición por haber servido no solo para hotel, pues también allí funcionó el colegio de don José Urdaspal, el colegio de don Luis Gramajo y también allí estuvo instalada la Municipalidad y últimamente el Consejo General de Educación.

Llegó el joven Paganelli a Tucumán en 1868 y se encontró en el retorno del ejército aliado de tucumanos y santiagueños, que a las órdenes del ex-gobernador don José María del Campo volvía vencedor de Catamarca y de La Rioja, en donde se improvisó la zamba de Vargas, enardecedora de valor y entusiasmos. La vuelta del Cura Campo señala una era de gloria para el patriotismo de nuestro pueblo.

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Cuando se supo que el ejército vencedor se encontraba en, Famaillá, apresuradamente se formaron comisiones de vecinos para la gran recepción. Toda la calle Chacabuco y de Las Heras hasta el Cabildo y la plaza se adornó con arcos triunfales y con banderas blancas y celestes, algo semejante a lo que suele prepararse para la procesión del 24 de Septiembre. Los poetas compusieron loas de felicitaciones y por todas partes se improvisaban vidalitas en homenaje a nuestro gran Campo, el vencedor de los enemigos de la patria simbolizada en la unión de las provincias con la incorporación definitiva de Buenos Aires.

Este acontecimiento impresionó gratamente al joven Paganelli y muy satisfecho instaló su fotografía en la calle 24 de Septiembre, en unos cuartos que le alquiló a la señora Jesús Pérez, en la casa que hemos conocido por Hotel Frascati.

Era Paganelli un gallardo joven, muy culto y elegante, y tan simpático para nuestras niñas como el Príncipe de Saboya que nos ha visitado últimamente. Instalada su fotografía, contó desde el primer día con la propaganda de las mejores niñas de nuestra sociedad; las invitaba a visitar su taller y las retrataba y las obsequiaba con una hermosa fotografía. Al entusiasmo las niñas se levantó la tenaz oposición de las señoras de edad y se propagó la especie de que hacerse retratar era lo mismo que desafiar a la muerte. Por nada aceptaban las señoras que se les tomara la foto. Pero las niñas, que todas estaban de parte de Paganelli. discurrieron un recurso eficaz. Que Paganelli sacara fotografías a domicilio y que las señoras se hicieran retratar vestidas de reinas.

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Y las coronas de los pabellones de las camas de bronce resultaron el más aristocrático aderezo; y como Paganelli exhibía grandes cuadros de fotografías seleccionadas, logró triunfar y se impuso la necesidad de hacerse retratar como la mejor manera de conservar recuerdos de familia. Paganelli adquirió fácil popularidad entre el bello sexo, y más de una lo imaginó un buen partido. Las chicas lo trataban con toda familiaridad y con nombres propios hemos oído contar de niñas de la alta sociedad que lo sacaban de sus casillas al joven fotógrafo. Una noche tardaron en regresar al hogar dos niñas distinguidas y el padre de una de ellas las encontró en las pruebas, es decir en el circo, ocupando un palco en compañía de Paganelli.

Paganelli se mostró siempre discreto y muy respetuoso. Se casó en Tucumán y cambió su fotografía a la primera cuadra de la calle Maipú en donde permaneció muchos años.

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Con motivo de la aproximación del ferrocarril que llegaba ya hasta la estación Télfener (hoy Monteagudo), creció notablemente la afluencia de forasteros, y se despertó el deseo de vistas fotográficas de Tucumán y, como el señor Paganelli era único en su arte, él comenzó a sacar vistas de los principales edificios y sitios notables de Tucumán. Gracias a esta circunstancia se han conservado importantísimos recuerdos del Tucumán antiguo. A Paganelli se deben las fotografías del frente y del interior de la Casa de la Independencia y todo lo que ha servido pura la reconstrucción gráfica de nuestra historia local.

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Era proverbial la paciencia y buena voluntad del señor Paganelli para atender su clientela. En nuestra memoria conservamos como estereotipado el recuerdo del gabinete de Paganelli. Una sala alfombrada, una cortina, una balaustrada de madera y una pila de libros. Si se trataba de una persona, de pie apoyada en la balaustrada, con la pila de libros al lado si era hombre, o una maceta con planta si era mujer. Para los grupos de dos o más personas había una silla, pues una persona debía estar sentada y los acompañantes a los costados; y si estos eran niñas, les aconsejaba que mejor resultaría sentadas en el suelo.

Calzaba con ganchos a las personas a fin de evitar el movimiento y al abrir el objetivo, repetía las sacramentales palabras: puede pestañar, pero no moverse. Y con reloj en mano medía los segundos.

Era moderado en los precios y daba muestra, y hasta la yapa.

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En 1878 llegó otro fotógrafo y se instaló en la calle 9 de Julio, tercera cuadra. Fue el señor Valdez, el primero uno hacía fotografías retocadas y aunque cobraba doble precio que el señor Paganelli, se ganó la mejor clientela y fue moda entre las damas hacerse retratar con Valdez.

Finalmente, el señor Paganelli se instaló en su casa propia de la calle Crisóstomo Álvarez donde aún vive, y aunque se vio libre de competencias, no varió de procedimientos ni alteró los precios; continuó siempre afable y generoso.

Cuando resolvió clausurar su fotografía y dedicarse al descanso, las necesidades de la vida lo obligaron a solicitar empleo y se trocó en un atento servidor de la provincia en la Contaduría General.

Con la iniciación de las fiestas centenarias, comenzó la plaga de los buscadores de documentos para el conocido cuento de un libro en preparación y todos, unos tras otros, corrieron a escarbar y aprovecharse de los archivos del señor Paganelli, y él ponía a disposición de los buscadores cuanto tenia, y eternamente sonriente y pródigo. Muy poco le habrán dejado ya; sin que por esto él sea capaz de una queja. El señor Paganelli ha confirmado su onomástico. A pesar de sus ochenta y tantos años, es aún Don Ángel. Al encontrarlo por la calle, inspira cariño y respeto.

Nos descubrimos ante este hombre venerable y estamos seguros de que él reina en el afecto de sus connacionales; de los extranjeros todos; pero principalmente en el corazón de los viejos tucumanos, conocedores de su labor, de su caballerosidad y de su perfecta honradez. Que viva muchos años más el simpático señor Paganelli para ejemplo de la juventud.

Fuente: La Gaceta

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