Una batalla de principios
Hay un empate que recorre a la mayoría de los países de la región. En el caso brasileño, el fenómeno ya había aparecido en las elecciones de 2022, en las que Lula le ganó a Jair Bolsonaro por menos de dos puntos.

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Demián Verduga@DemianVerduga
Por: Demián Verduga
«Adonde vaya Brasil irá América Latina". La frase la dijo el expresidente de Estados Unidos Richard Nixon el 9 de septiembre de 1971. Estaba reunido en el Salón Oval de la Casa Blanca con Emílio Garrastazu Médici, un hombre de cara ovalada, ojos claros y expresión bonachona, que fue el tercer presidente de la dictadura que gobernó Brasil desde 1964 hasta 1985.
La reunión se había realizado luego de que Nixon le diera luz verde a las operaciones para intentar derrocar al gobierno de Salvador Allende en Chile, que había asumido diez meses antes de ese encuentro. La dictadura brasileña tenía una visión más nacionalista del modelo económico. Pero el eje de ese momento no era si impulsar un capitalismo más neoliberal o más productivista y mercado internista. El núcleo era la batalla contra el comunismo.
En esta ocasión parece que no es la región la que va hacia donde fue Brasil, sino que ha sido al revés. El país más grande de América del Sur es la última ficha que le falta colocar a Marco Rubio en el tablero que imaginó, en el que no quede en pie ningún gobierno que no esté alineado con los designios de Donald Trump.
Hay un solo dato que parece estar claro sobre el balotaje que se realizará este 25 de octubre en Brasil y es que el resultado será parejo. La última encuesta de Datafolha arrojó una paridad total entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. Sería un resultado que estaría en línea con lo que pasó en Perú: Keiko Fujimori le ganó a Roberto Sánchez por 50,13 a 49,86 por ciento. En Colombia fue similar: el actual presidente Abelardo de la Espriella consiguió el 50,49% de los votos y el candidato impulsado por el Pacto Histórico, Iván Cepeda, el 49,51 por ciento.
Las victorias de Javier Milei en Argentina y José Antonio Kasts en Chile fueron más holgadas.
Hay un empate que recorre a la mayoría de los países de la región. En el caso brasileño, el fenómeno ya había aparecido en las elecciones de 2022, en las que Lula le ganó a Jair Bolsonaro por menos de dos puntos.
Esta paridad extrema contrasta con la situación de la primera década del siglo XXI, en la que las distintas expresiones de nacionalismo popular crearon una hegemonía en cada uno de sus países. Venezuela fue la expresión más exuberante de ese proceso regional, con Hugo Chávez ganando elecciones en las que llegó a sacarle hasta 27% de diferencia a sus principales rivales.
Los empates actuales se producen más allá de los resultados de la gestión. Todos los datos objetivos indican que la vida material de los brasileños -y lo mismo podía decirse de los colombianos con Gustavo Petro- mejoró con la gestión de Lula. Hubo crecimiento de la economía, del empleo, del poder adquisitivo de los salarios. ¿Son cambios menos pronunciados que los que hubo en los primeros dos gobiernos del PT? Sí, pero la tendencia ha sido hacia la mejoría.
¿Por qué entonces uno de cada dos brasileños -o sudamericanos- votan a la extrema derecha? Una respuesta posible es que la economía, la situación material, influye menos en la preferencia electoral. Indicaría una reducción de la fracción del electorado que antes se podía considerar voto blando. Votantes que pudieron acompañar a Cristina en 2011 y a Mauricio Macri en 2015 por diversos motivos, económicos o de estilo.
El achicamiento del voto blando trae consigo el crecimiento del voto identitario, que se motoriza por las creencias. Es lo que parece haber logrado la derecha para jaquear la hegemonía que habían conseguido los nacionalismos populares durante la primera década de este siglo.
Lo que ofrecen estas fuerzas políticas es un sistema de valores: el individuo pesa más que la sociedad. La pobreza es culpa de quien la padece y no de un orden injusto. Esto justifica la reducción de la intervención estatal en diversas áreas de la vida, excepto, por supuesto, cuando se trata de reprimir. Porque otro pilar es que la seguridad se pone por encima de la justicia social.
La idea base de que cada uno es responsable de su destino es potente. Incluye un perfume de libertad, de ausencia de coacción.
Más allá del resultado de este 25 de octubre en Brasil, lo que viene ocurriendo en la región muestra que la extrema derecha vino para quedarse largo tiempo.
Durante la primera década de este siglo, los movimientos nacional populares marcaron la hegemonía y la derecha se vio obligada a correrse al centro para volver a ser competitiva electoralmente. Ahora el contexto es distinto. El desafío pareciera ser poner frente a estas expresiones otro sistema de creencias que salga a dar la disputa. Es una batalla de principios. «
Brasil
Fuente: Tiempo Argentino (política)
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