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Una memoria que no es tuya

Un paciente de Carl Jung describió una visión que, años después, el psiquiatra encontró en un antiguo papiro griego. La ins&o...

Por Redaccion Avances6 min de lectura
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Una memoria que no es tuya
Una memoria que no es tuya · Foto: La Arena

Un paciente de Carl Jung describió una visión que, años después, el psiquiatra encontró en un antiguo papiro griego. La insólita coincidencia llevó a Jung a desarrollar una de sus ideas más provocadoras: la existencia de un inconsciente colectivo capaz de atravesar épocas y culturas.

Gisela Colombo *

Hay imágenes que parecen pertenecerle a quien las sueña. Y, sin embargo, a veces ocurre algo desconcertante: alguien imagina algo que no podría conocer y, muchos años después, otra persona encuentra esa misma imagen en un texto antiquísimo. La coincidencia deja de parecer una coincidencia. Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿de dónde vienen ciertas imágenes que parecen anteriores a nosotros?

A comienzos del siglo XX, Carl Gustav Jung trabajaba en el hospital psiquiátrico Burghölzli, en Suiza, cuando uno de sus pacientes esquizofrénicos le describió una visión recurrente.

Miraba fijamente el sol y veía pender de él una especie de tubo. El tubo se movía de un lado a otro y, con su movimiento, producía el viento que soplaba sobre la Tierra.

Jung anotó la imagen. No sabía todavía qué hacer con ella.

Años más tarde, mientras leía un estudio del filólogo Albrecht Dieterich sobre un antiguo papiro mágico griego -una liturgia mitraica de los primeros siglos de nuestra era-, volvió a encontrarse con aquella figura: un tubo suspendido del sol del que dependía el viento.

La escena tenía algo de imposible.

El paciente no había leído el papiro. No tenía formación clásica. No parecía existir un camino razonable por el cual aquella imagen hubiera podido llegar hasta él.

Entonces Jung empezó a mirar el problema desde otro lugar.

Tal vez la imagen no había llegado desde afuera. Tal vez venía de abajo.

Debajo de la historia personal.

Freud había abierto una puerta decisiva: detrás de la conciencia existe una zona de la vida psíquica que no controlamos. Allí quedan deseos, recuerdos, conflictos y experiencias que la conciencia ha apartado, pero que continúan actuando.

Jung aceptaba esa dimensión y la llamó "inconsciente personal". Pero sospechaba que no era la única.

Debajo de la historia particular de cada individuo podía existir otra profundidad, una zona que no se había formado a partir de la biografía de una persona porque, de algún modo, era anterior a ella.

Jung la llamó "inconsciente colectivo".

La diferencia no era menor.

El inconsciente personal pertenece a una vida: a sus recuerdos, sus pérdidas, sus deseos, sus miedos. El colectivo, en cambio, no sería propiedad de nadie. Sería una suerte de patrimonio psíquico de la especie.

La imagen que mejor permite comprenderlo es sencilla.

Cada individuo podría ser como un pozo. Cada pozo tiene su propia agua: la historia familiar, la infancia, las experiencias, aquello que se recuerda y aquello que se reprime. Pero, si se cava suficientemente profundo, aparece una napa subterránea.

La misma agua corre debajo de todos.

Para Jung, allí estaban las formas fundamentales con las que los seres humanos organizamos nuestra experiencia: motivos que reaparecen en sueños, mitos, relatos religiosos, cuentos populares e incluso determinadas manifestaciones de la enfermedad mental.

El diluvio.

El héroe que desciende al mundo de los muertos y regresa transformado. El anciano que conoce una verdad que los demás ignoran. La joven perseguida. La madre que protege y también devora. El monstruo que debe ser enfrentado antes de que el héroe pueda convertirse en quien está destinado a ser.

Las culturas cambian. Los nombres cambian. Los dioses cambian. Las historias cambian. Pero ciertas formas parecen insistir.

Una memoria sin recuerdos.

Aquí aparece una de las mayores dificultades de la teoría de Jung. Si hablamos de una memoria colectiva, ¿qué significa exactamente "memoria"?

Jung no sostenía que heredáramos recuerdos concretos. No afirmaba que una persona naciera recordando un mito mesopotámico o una ceremonia griega.

Lo que heredamos, según su hipótesis, no serían las imágenes mismas sino una "predisposición a producir determinadas imágenes y a organizar la experiencia mediante determinadas formas".

La diferencia es fundamental.

No nacemos con el relato del héroe dentro de la cabeza. Nacemos, en la perspectiva jungiana, con la posibilidad de construir experiencias alrededor de ciertas estructuras que luego cada cultura viste con sus propios símbolos.

Esas formas serán, en la teoría de Jung, los "arquetipos".

Pero esa es otra historia.

Lo verdaderamente inquietante del inconsciente colectivo es la consecuencia que tiene sobre nuestra idea de individuo.

Porque solemos pensar que nuestra vida interior es nuestro territorio más privado.

Nuestros sueños son nuestros.

Nuestros miedos son nuestros.

Nuestras obsesiones son nuestras.

Incluso aquello que no entendemos de nosotros mismos parece pertenecer exclusivamente a nuestra intimidad.

Jung introduce una fisura en esa certeza.

Tal vez una parte de lo que creemos estrictamente personal sea, en realidad, mucho más antiguo que nosotros.

Cuando los muertos siguen soñando.

Jung encontró ejemplos que reforzaron su intuición en su trabajo clínico y, más tarde, en sus investigaciones sobre la alquimia medieval.

Le llamaba la atención que determinadas imágenes aparecieran en los sueños de pacientes del siglo XX y encontraran paralelos sorprendentes en símbolos utilizados por los alquimistas siglos antes.

La alquimia le interesaba precisamente porque sus imágenes podían leerse como representaciones de procesos de transformación interior: muerte y renacimiento, disolución y recomposición, descenso y emergencia.

No se trataba, para Jung, de demostrar que sus pacientes hubieran leído aquellos textos.

El problema era otro.

¿Por qué la psique humana parecía volver una y otra vez sobre las mismas figuras?

La pregunta desplazaba el centro de gravedad de la psicología.

Ya no se trataba solamente de descubrir qué le había ocurrido a una persona.

Había que preguntarse también qué parte de la historia humana estaba ocurriendo nuevamente dentro de ella.

Y allí el paciente del tubo solar adquiría otra dimensión.

Su visión podía seguir siendo un fenómeno psicótico. Podía tener explicaciones neurológicas, culturales o históricas que Jung no alcanzaba a demostrar. Pero la coincidencia había abierto una pregunta que resultaba demasiado poderosa para ser descartada con facilidad: ¿y si la mente humana no fuera solamente el resultado de una biografía?

¿Y si debajo de cada historia individual hubiera otra historia, mucho más antigua, que todavía encuentra la manera de hablar a través de nosotros?

El paciente no había leído aquel papiro. Pero la imagen estaba allí. Quizás eso era lo que más fascinaba a Jung: la posibilidad de que, en determinados momentos, algo que parece nuevo en nuestra vida sea en realidad antiquísimo. Una programación ancestral. Como si las percepciones de nuestros ancestros también fueran una suerte de adn que se hereda.

O como si los muertos no necesitaran volver para hablar. Como si bastara con que alguien volviera a soñar.

* Docente y escritora

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Fuente: La Arena

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