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Vaclav Smil desmonta los mitos sobre la crisis alimentaria y propone soluciones realistas

El científico checo-canadiense sostiene que el sistema alimentario enfrenta problemas serios, pero no un colapso inminente. Su análisis aborda la desnutrición, el consumo de carne, los fertilizantes y la sostenibilidad agrícola. La eficiencia productiva y la reducción de residuos…

Por Carola Brandariz4 min de lectura
Vaclav Smil desmonta los mitos sobre la crisis alimentaria y propone soluciones realistas
Vaclav Smil desmonta los mitos sobre la crisis alimentaria y propone soluciones realistas · Foto: Clarín

"Cuando se trata de alimentos las cifras son mucho más importantes que las opiniones y los sentimientos", afirma Vaclav Smilen las primeras páginas de Cómo funciona la comida (Debate). Bajo esa declaración de principios, el profesor emérito de la Universidad de Manitoba y miembro de laReal Sociedad Canadiense vuelve a escribir sobre el tema que viene ocupándolo desde la década del 70: cómo alimentar al mundo.

Smil un investigador checo-canadiense en el ámbito de la energía, los estudios ambientales, la innovación técnica y la producción de alimentos, entre otros temas que ha abordado a lo largo de más de cuarenta libros publicados. Fue nombrado en 2010 cómo uno de los "100 pensadores más importantes del mundo" por la revista Foreign Policy y es consultor de políticas públicas.

¿Tiene sentido pensar en un colapso de tintes maltusianos del sistema alimentario mundial? La respuesta corta de Smil, reacio a cualquier lectura motivada por el miedo, es que no. El análisis de los muchos –muchísimos– datos y estadísticas que se encuentran en las páginas de Cómo funciona la comida, fundamentan esa conclusión, pero también señalan con contundencia las alarmas y los desafíos futuros en un mundo en el que la desnutrición convive con el derroche de alimentos.

Aunque las consecuencias negativas de una alimentación basada en granos están a la vista –monocultivos que reducen la biodiversidad, la degradación de los suelos, el impacto ambiental de los fertilizantes, las emisiones de gases de efecto invernadero–, para Smil eliminar la agricultura, a fin de cuentas, no parece posible ni deseable. Sin la agricultura, la humanidad no habría alcanzado su escala actual ni tampoco su desarrollo técnico y cultural.

¿Cómo debería transformarse el sistema alimentario mundial para cubrir las necesidades insatisfechas? El enfoque de Smil no abraza los extremos ni busca hacer predicciones osadas. "Como ya he dicho en otros libros, no soy pesimista ni optimista, soy científico", se define.

Así, su método, más bien, empieza desde lo micro a lo macro. Disecciona los aportes energéticos y de macronutrientes mínimos que debería proporcionarnos la comida, calcula y pone a prueba los escenarios hipotéticos para empezar a responder.

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Al analizar la evolución humana surgen algunos interrogantes: ¿por qué comemos tanto de algunas plantas y nada de otras? ¿Por qué consumimos productos de algunos animales y no de otros? Existen dieciséis categorías de animales domésticos y solo veinte especies de herbáceas representan el 75% de las cosechas anuales. Pero más que desarrollar una indagación antropológica, Smil recurre una vez más a los números, a los cálculos que explican los aportes energéticos de cada alimento ganador en la historia de la domesticación.

Si lo que subyace es el planteo por la posibilidad de aumentar las fuentes de alimentación y la producción, Smil apunta que existen límites biofísicos que marcan desperdicios incluso antes del procesamiento de las materias primas. Ya en la fotosíntesis, según explica minuciosamente, empieza una pérdida energética significativa.

De todo lo cosechado, además, sólo un porcentaje es alimento para los humanos, mientras que parte de la producción se destina a la comida para los animales (alrededor de un tercio del total mundial de cereales) o la producción de otros productos de origen vegetal, como el etanol.

¿Cómo ampliar, entonces, la producción de alimentos? Ese es el primero de los desafíos que plantea el autor, junto a la reducción del desperdicio y la reestructuración del sistema para reducir las cargas ambientales.

Los esfuerzos por mejorar el rendimiento de la fotosíntesis todavía parecen lejos de ser una solución disponible. Lo mismo sucede con la producción de carne sintética y la agricultura ecológica, propuesta como contramodelo de las prácticas dominantes, para Smil no es una opción viable porque requeriría más tierras cultivables y recursos.

Aunque para el autor siempre es posible que los desarrollos tecnológicos cambien las condiciones, son otras las soluciones que por el momento resultan más factibles.

Si bien para Smil el veganismo no es posible a gran escala, la reducción del consumo de carne es recomendable y necesaria. Por otro lado, para el científico, los fertilizantes a base de nitrógeno han posibilitado responder a la demanda mundial de alimentos, pero su uso tendría que verse acompañado de herramientas de precisión que permitan controlar la calidad de los suelos, entre otros beneficios de una agricultura más tecnificada. Por último, el enriquecimiento de los alimentos es una vía disponible para combatir la desnutrición.

Por sobre todas las cosas, el desperdicio es un gran enemigo a combatir: se pueden mejorar las redes de suministro y distribución, los comercios minoristas pueden reducir una oferta que, especialmente en los países más ricos, resulta sobreabundante, se puede intervenir sobre prácticas sociales que invitan al derroche, como la iniciativa China contra una hospitalidad que se traduce en exuberancia y exceso.

En resumen y en palabras de Smil "las perspectivas realistas para mantener un suministro adecuado siguen siendo prometedoras. No se necesitan avances inauditos ni soluciones radicales no probadas para poder proporcionarlo a las próximas generaciones; solo tenemos que seguir mejorando la eficiencia de la producción, reducir los residuos, ajustar las dietas y promover medidas que reduzcan el impacto medioambiental de los alimentos".

Cómo funciona la comida, de Vaclav Smil (Debate).

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Fuente: Clarín

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