Vendedor ambulante desde los 12 años y una historia de pura lucha: Matías, el sanjuanino al que un robo le cambió la vida
Tiene 34 años, es ciego de nacimiento y desde niño se gana la vida vendiendo en los colectivos. Se hizo viral después de que un delincuente le arrebató la mochila con la mercadería y los ahorros del día. Hoy, gracias a la solidaridad de los sanjuaninos, pasó de tener dos cajas de…

"La historia se dio vuelta. Después de aquel día, me pude recuperar del robo gracias a la solidaridad de la gente y el delincuente terminó preso", dice Matías Iribarre desde la intimidad de su hogar, en Villa Unión, Chimbas. Después de la pesadilla que vivió días atrás, cuando un delincuente le arrebató la mochila mientras esperaba el colectivo y se llevó la mercadería y el dinero que había recaudado durante su jornada laboral, hoy la realidad es otro para el vendedor ambulante y padre de cuatro hijos. En medio de la bronca y la impotencia por lo ocurrido, encontró en la solidaridad de los sanjuaninos la posibilidad de volver a empezar. Aquel episodio cambió el rumbo de su historia y lo cuenta con emoción, todavía sorprendido por lo que generó su caso.
Matías tiene 34 años, es ciego de nacimiento y desde los 12 se gana la vida vendiendo en los colectivos del Gran San Juan. Durante más de dos décadas, hizo de la calle su lugar de trabajo y del esfuerzo cotidiano la manera de sostener a su familia. Sus jornadas empiezan temprano y a veces terminan cerca de las nueve de la noche. Entre un recorrido y otro, ofrece obleas, medias, soquetes, repasadores y todo aquello que sus clientes le piden. Si no tiene un producto, busca la manera de conseguirlo. Así construyó su actividad, con constancia y una rutina que se repite de lunes a sábado, sin demasiadas pausas y con la responsabilidad de llevar el sustento a su casa.
El robo del que fue víctima ocurrió en el Barrio Centinela, Chimbas. Matías se había bajado de un colectivo que venía desde el centro y esperaba la línea 404 para continuar su recorrido. Como el transporte se demoraba, se sentó en el cordón de la vereda. En ese momento escuchó una moto, pero no imaginó lo que estaba por suceder. En pocos segundos, un delincuente se acercó y le arrebató la mochila. Allí llevaba los productos que todavía tenía para vender y el dinero que había reunido durante la mañana y la tarde. Eran horas de trabajo convertidas en mercadería y efectivo, el capital con el que debía sostener su actividad al día siguiente.
Si bien esa no fue la primera vez que sufrió un robo, este episodio era distinto. Un vecino que tenía cámaras de seguridad y puso las imágenes a disposición terminó siendo clave. Pero su ayuda no terminó ahí, ya que al advertir que Matías atravesaba una crisis de nervios después de la compleja situación,, lo invitó a entrar a su casa, le ofreció un vaso de agua y lo acompañó hasta que logró tranquilizarse. Ese gesto, que para muchos podría parecer pequeño, tuvo un valor enorme para alguien que acababa de quedarse sin sus herramientas de trabajo y necesitaba recuperar la calma para seguir adelante.
Las imágenes permitieron avanzar en la investigación y el caso tuvo una resolución rápida. Héctor Rubén Luna, identificado como el autor del arrebato, fue condenado este lunes a un año y tres meses de prisión efectiva mediante un juicio abreviado. Para Matías, saber que el hecho no quedaría impune significó cerrar una parte de lo ocurrido. Pero mientras la Justicia avanzaba, otra respuesta empezaba a tomar forma de la mano de la solidaridad de los sanjuaninos que, después de conocer su historia, decidieron colaborar para que pudiera recuperar lo perdido.
Las donaciones llegaron de distintas maneras. Vecinos, comerciantes y personas que no lo conocían se acercaron para darle una mano. También recibió el acompañamiento del municipio chimbero y de personas que ya formaban parte de su recorrido cotidiano. Entre ellas, la dueña de un local de ropa donde suele comprar mercadería y que, según cuenta, siempre está dispuesta a ayudarlo. Matías se acuerda de cada gesto y no quiere dejar a nadie afuera de sus agradecimientos. Sabe que detrás de cada aporte hubo alguien que entendió que no se trataba solamente de reponer productos, sino de permitirle volver a trabajar.
El resultado de esa cadena solidaria se mide en una cifra que todavía lo sorprende: pasó de tener dos cajas de obleas a contar con 80. Cada una le cuesta alrededor de 14.000 pesos, una inversión que antes debía calcular con cuidado para no quedarse sin dinero para los gastos de la casa. Además, pudo comprar medias, soquetes y otros artículos para ampliar la mercadería que ofrece. La diferencia no está únicamente en la cantidad de productos que ahora tiene disponibles, sino en la tranquilidad de saber que puede continuar con su actividad sin empezar cada jornada con la incertidumbre de cómo hará para reponer lo vendido.
"Yo antes trabajaba para el día a día", explica. La recaudación debía alcanzar para comprar mercadería y, al mismo tiempo, cubrir las necesidades de su familia. Si conseguía vender lo suficiente, podía invertir; si no, las cuentas se complicaban. Ahora puede separar el dinero para reponer las obleas y disponer del resto para los gastos cotidianos. "Voy a trabajar como más relajado, como quien dice. No con esa presión de decir: 'Hoy no me alcanza para esto porque voy a tener que comprar obleas'", cuenta. Para el muchacho, ese cambio representa mucho más que una recuperación económica, significa tener un margen para organizarse, planificar y trabajar sin sentir que cualquier imprevisto puede dejarlo otra vez sin nada.
Su historia de esfuerzo, sin embargo, comenzó mucho antes de que las imágenes del robo se viralizaran. Matías nació con ceguera a raíz de una toxoplasmosis que afectó su visión durante la gestación. Creció aprendiendo a desenvolverse en un mundo que no puede ver, pero que reconoce a través de los sonidos, las voces y los recorridos que repite desde hace años. Cuando habla de su discapacidad, lo hace con una naturalidad que nace de toda una vida de aprendizaje. "El hecho de nacer ciego es como que, bueno, ya nací en este mundo, o sea, me acostumbré a esta vida", explica. Para él, no se trata de volver a empezar, sino de aprender desde el principio a vivir con una realidad que siempre fue la suya.
A los 12 años comenzó a vender en los colectivos y nunca dejó de hacerlo. Durante un tiempo trabajó en una panificadora, pero las tareas le resultaban peligrosas por su discapacidad y decidió irse por voluntad propia. Volvió a la venta ambulante, el oficio que conocía y en el que había aprendido a desenvolverse. Desde entonces, ofreció de todo un poco y se acostumbró a responder a los pedidos de sus clientes. "¿Qué no he vendido?", dice, entre risas, cuando recuerda la variedad de productos que pasaron por sus manos. Si alguien le encarga algo que no tiene, intenta conseguirlo y llevarlo en otro momento. Su trabajo se sostiene tanto en la constancia como en la confianza que fue construyendo con la gente.
La rutina exige mucho. Matías suele salir de su casa alrededor de las ocho de la mañana, vuelve al mediodía o a primera hora de la tarde y después retoma el trabajo hasta las nueve de la noche. Los días se organizan alrededor de esos horarios y de las necesidades de sus cuatro hijos. Su esposa Aldana también hace trabajos de limpieza cuando surge alguna oportunidad; cuando ella sale, él se queda al cuidado de los chicos. Y, cuando la casa finalmente queda en silencio, los dos aprovechan para ponerles precio a las medias y preparar la mercadería del día siguiente. El descanso puede esperar, ya que al otro día, la calle vuelve a ser su lugar de trabajo.
Por eso, el robo le provocó una bronca difícil de disimular. "No estoy enojado con ellos (delincuentes), sino que estoy resentido solamente, porque no se dan cuenta lo difícil que es que le falte la vista cuando ellos la tienen", dice. No intenta justificar lo ocurrido. Habla de la falta de conciencia sobre el esfuerzo ajeno y sobre las dificultades que enfrenta una persona con discapacidad. "No saben ellos la dicha, el privilegio que es poder caminar, poder ver", agrega. Su bronca tiene que ver con que alguien que cuenta con esas posibilidades no comprenda el valor de lo que otro consigue con tanto sacrificio.
Aun después de lo ocurrido, Matías encuentra motivos para agradecer. "Lo importante de todo esto, que yo estoy bien, no me pegaron, no me golpearon, no me han hecho daño físico", dice al recordar el momento del robo. Esa certeza no borra la angustia ni las pérdidas, pero forma parte de la manera en que eligió atravesar el episodio. Esta vez, además, no tuvo que resignarse a que todo quedara en la nada: un vecino aportó las imágenes, la Justicia condenó al responsable y una comunidad entera se movilizó para ayudarlo a recuperar su fuente de ingresos.
Cuando imagina lo que viene, Matías no habla de grandes lujos. Quiere seguir trabajando, hacer crecer su actividad y darle a su familia un poco más de tranquilidad. También sueña con tener una casa propia. Su presente, dice, ya tiene una riqueza que no cambiaría por nada. "El hecho de que Dios me haya bendecido con cuatro hijos y el hecho de tener una esposa, yo ya tengo todo", afirma. En esa frase aparece la medida de sus prioridades: su familia, el trabajo y la posibilidad de salir cada mañana a ganarse el pan.
Para colaborar con Matías, el alias: Mati.aldana (a nombre de Matías Emanuel Iribarre)
Fuente: Tiempo de San Juan
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