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Viajó a un sitio soñado en la montaña para "airearse", halló el amor y da clases en la única escuela del lugar

Jime y Santi se conocieron de casualidad, apostaron por el amor y hoy viven en El Chaltén. Ella trabaja como maestra en este paraíso en medio de la montaña.

Por Ignacio de la Rosa9 min de lectura
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Viajó a un sitio soñado en la montaña para "airearse", halló el amor y da clases en la única escuela del lugar
Viajó a un sitio soñado en la montaña para "airearse", halló el amor y da clases en la única escuela del lugar · Foto: Los Andes

Jime y Santi se conocieron de casualidad, apostaron por el amor y hoy viven en El Chaltén. Ella trabaja como maestra en este paraíso en medio de la montaña.

Viajó a un sitio soñado en la montaña para "airearse", halló el amor y da clases en la única escuela del lugar

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La de Jimena Ontivero y Santiago Farías bien podría ser una de esas historias "pochocleras" que cualquier pareja elige un sábado a la noche para relajarse en el sillón de su casa y disfrutar en Netflix. Una de esas en las que el espectador sabe, desde el primer instante, que todo terminará bien y "triunfará el amor". Porque, con 33 años, Jime celebrará este Día del Maestro como el primero siendo la docente de Matemáticas y Ciencias Naturales de los dos sextos grados de la escuela Los Notros, la única primaria que funciona en la paradisíaca localidad en medio de la montaña santacruceña El Chaltén.

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Jime se instaló definitivamente en este pueblo con paisajes soñados para el trekking y los amantes del montañismo en abril de este año, 13 meses de haber conocido -casi de casualidad- a Santi, quien hoy es su gran amor, alma gemela y compañero de vida (y aventuras).

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¿Por qué "casi de casualidad"? Porque la maestra mendocina y el administrador de hoteles santacruceños "matchearon" en una app de citas en marzo de 2025, precisamente la última noche en que Jime estaría en El Calafate (a 215 kilómetros de su actual hogar).

"No era Tinder, pero era una app parecida", repasa -siempre sonriente- la feliz pareja. Jime había llegado al Calafate con la idea de "airear" un poco su cabeza, de despejarse e intentar aclarar algunas situaciones bien puntuales que le habían hecho replantearse asuntos frecuentes de su rutina diaria. Santi estaba trabajando en un hotel del lugar.

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"Nos íbamos a juntar un día antes, habíamos acordado todo. Como había sido su cumple, mi excusa para invitarla a cenar era que iba a ser mi regalo. Pero ella se fue de excursión ese día y no apareció donde habíamos quedado a la hora. Yo pensé que se había arrepentido", recuerda Santiago, una vez más entre risas.

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"¡Le escribía al WhatsApp y me figuraba con un solo tilde! Pero después supe que no llegó porque se le había hecho tarde volviendo de una excursión. Y nos juntamos a la noche siguiente, que era la última de ella en El Calafate", repasa el joven.

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Jime tenía el transfer ya reservado y pagado para que la llevase al aeropuerto del Calafate a la mañana siguiente. Pero Santi la convenció de que lo suspendiera y, a cambio, se ofreció a llevarla él más tarde. Todo sea para ganar tiempo y aprovechar, al menos, medio día más juntos.

"Fue muy loco como, habiéndonos visto una noche y medio día más, apostamos todo. ¡Y no nos equivocamos!", describe, feliz, Jime.

Jimena tiene 33 años, es mendocina y nació y creció en Godoy Cruz. Santiago, también de 33, es santacruceño, nació en Río Gallegos y vivió en distintos lugares de Santa Cruz. Los caminos de ambos se cruzaron en marzo del año pasado en El Calafate. Y poco más de un año después viven juntos en El Chaltén, rodeados de montañas, senderos, frío y una historiade amor que, aunque ninguno de los dos tenía prevista, disfrutan como pocos.

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"Yo hice el viaje al Calafate porque estaba un poco abrumada y espantada a nivel personal y profesional. Sentía que necesitaba un cambio", rememora Jimena. Ella vivía en Godoy Cruz, tenía trabajo, amigos, familia y una vida armada. Pero sentía que algo faltaba.

"Vivía bien, pero no me sentía completa", resume.

Ello la llevó a organizar un viaje relámpago, cuatro días a El Calafate (Santa Cruz) con la idea de despejarse, conocer un lugar que soñaba con visitar y regresar a Mendoza.

Santiago, mientras tanto -y sin conocer la historia de Jimena-, atravesaba también su propio momento de búsqueda.

"Venía de citas fallidas y era el chiste con mis amigos. Decidí irme tres noches a la montaña y me dije a mí mismo que era la última oportunidad que me daba de intentar conocer a alguien más. Y, si no se daba, simplemente me iba a conformar con estar bien conmigo mismo", recuerda Santi a su turno.

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Por medio de la localización, la app los vinculó y así fue como conectaron en El Calafate. Así fue como organizaron encontrarse aquella primera noche para cenar, cita que no se concretó.

Aunque no en aquel primer intento, la pareja finalmente se juntó a cenar en un restaurante. Fue a la noche siguiente, la última en que Jimena estaría en la Patagonia. En esa cena descubrieron que tenían mucho en común.

Fue tal la conexión que Santi propuso llevarla al otro día al aeropuerto en su propio auto, y Jime aceptó y canceló el transfer. Así "ganaron" unas horas más juntos.

Esas horas se esfumaron -demasiado rápido, para ellos- y Jimena debió subirse al avión para regresar a su Mendoza natal, donde -todavía- estaba organizada toda su vida.

Con Jime en Mendoza y Santi en Santa Cruz, la relación se mantuvo a la distancia.

"Él iba a Mendoza, yo venía a Santa Cruz. Viajábamos cuando la plata y la logística nos lo permitía, pero no era fácil. Al no haber vuelos directos, era todo vía Buenos Aires y era subir a dos aviones, conexiones y esas cosas", explica Jimena, quien cuenta que, aunque en la teoría intentaban encontrarse todos los meses, en la práctica terminó siendo cada un mes y medio o dos.

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"Era una tarea titánica viajar. Ella con la docencia, yo con mi trabajo. Cada viaje era todo un operativo", complementa Santiago.

Así pasó todo el 2025, con una relación a la distancia y a la que ambos parecían estar más resignados que a gusto. Llegó 2026, para marzo de este año Santiago vino a visitar a Jimena por su cumpleaños y la conversación se convirtió en acción. La feliz pareja decidió que vivirían juntos.

"No fue una decisión fácil. Yo vivía en Godoy Cruz y allá tenía toda mi vida: trabajaba como maestra en una primaria, tenía mi rutina, mis amigos, mi familia. Y, aunque me sentía un poco estancada, implicaba salir de mi zona de confort. Pero vi una gran posibilidad y me la jugué", cuenta, y agrega que justamente fue clave el apoyo de sus amigos y su familia.

En abril de este año, casi 13 meses después de aquella primera y romántica cena en que se conocieron, Jime se mudó a Santa Cruz. Y, aunque el plan original era instalarse en El Calafate, a Santiago lo trasladaron a El Chaltén y la pareja terminó en este pequeño pueblo cordillerano, uno de los grandes destinos turísticos de la Patagonia.

Los primeros meses no fueron fáciles. Porque la cabeza de Jime estaba -inconscientemente, tal vez- chipeada como en que ella estaba de viaje, una especie de "vacaciones extendidas". Sumado a que no conocía a nadie y no había logrado armar una rutina propia.

Pero, como en todo, un día la ficha cayó y Jimena Ontivero entendió que estaba iniciando una nueva vida, con una nueva rutina.

Durante los primeros meses, la joven trabajó en el hotel donde estaba asignado Santiago. Pero con el paso de los meses empezó a sentir que algo faltaba. Era su profesión; que más que profesión, era una vocación.

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"Había decidido tomarme un respiro de la docencia, pero me di cuenta de que la extrañaba. Y decidí volver a las aulas", recapitula.

En julio, Jimena volvió a dar clases. Actualmente se desempeña en la escuela Los Notros, la única primaria del Chaltén y donde está al frente de dos cursos de sexto grado (con 20 alumnos cada uno).

"Es una escuela muy tranquila, muy ordenada. Y parte de una comunidad muy linda, con un gran esmero de parte de las familias para que los chicos estén en la escuela. Hay un gran compromiso con la educación", describe la docente, que celebrará este año su primer Día del Maestro lejos de la tierra que la vio nacer y crecer. Pero honrando su vocación.

En El Chaltén viven entre 2.500 y 3.000 habitantes estables, aunque durante el invierno esa cifra disminuye casi a la mitad. No obstante, se compensa con la gran cantidad de visitantes y trabajadores de temporada que llegan para aprovechar el turismo.

"Es muy difícil la parte social de encariñarte con un grupo de amigos acá, porque conocés a alguien y no sabés por cuánto tiempo va a estar", explica Santiago.

Y si de rutinas hay que hablar, el día de Jime y Santi comienza temprano. Los dos se levantan a las 6.30, mientras que a las 7.30, Santiago lleva a Jimena hasta la escuela y después continúa hacia el hotel.

A las 11.30 vuelven a encontrarse para almorzar. El hotel está a unas tres cuadras de la escuela, en pleno centro de El Chaltén.

Luego de compartir el almuerzo, se dejan llevar por una tradicional costumbre que Jimena importó desde Mendoza. "A la siesta la trajo Jime y yo la incorporé", cuenta Santi, una vez más sonriente.

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Por las tardes, si el clima acompaña, salen a caminar por la montaña. Mate y algo para comer en mano, buscan algún rincón junto a una laguna para sentarse y disfrutar de la vida un rato.

Y, cada vez que pueden, hay un lugar al que siempre vuelven: el glaciar Perito Moreno.

"Siempre que vamos a Calafate, vamos al glaciar. Es como el ícono del lugar y de nuestro amor también", dice Santiago, romántico.

Jimena sigue viajando a Mendoza cada vez que puede. Extraña a su familia, a sus amigos y esos mates compartidos en el parque o en la montaña. Pero hay algo que no extraña.

"El ruido de tanto movimiento. Me gusta mucho estar rodeada de tanta tranquilidad. Las horas del día se hacen muy largas. Siento que aprovecho el tiempo súper bien", confiesa la maestra mendocina.

Fuente: Los Andes

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