Vidas paralelas: el progre y el anarco

Por Carlos Salvador La Rosa - Sociólogo y periodista
Son muchas las cosas que los hacen aparecer como "vidas paralelas" a Néstor Kirchner y a Javier Milei desde que asumieron sus respectivas presidencias, tanto en sus similitudes como en sus diferencias. En esta nota queremos exponerlas por las razones que explicaremos al final.
Ambos presidentes aparecieron de la nada.
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Las respectivas crisis de la convertibilidad a principios del siglo y del caos fernandista (Alberto más Cristina) veinte años después, se llevaron puestos no solo a sus responsables directos sino a toda la elite dirigente.
A Néstor se lo eligió porque no lo conocía nadie y a Javier porque decía estar contra la totalidad de los políticos y contra la política en general. Los dos fueron hijos legítimos de la anti política y del que se vayan todos.
Néstor entró con una debilidad de origen porque Menem se negó a enfrentarlo en el balotaje que seguramente hubiera ganado Kirchner y entonces asumió representando solo al 23% que lo votó. Javier tuvo, en cambio, su balotaje, pero sus votos propios no se expresaban sino de modo muy minoritario en el Congreso, por carecer de partido político y de congresistas previos.
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En consecuencia, ambos tenían que demostrar mucha autoridad política para compensar la escasa cantidad de partidarios propios con los que contaban para ocupar las estructuras del gobierno.
Eso, inevitablemente, llevaría a los dos a buscar deshacerse de sus respectivos socios (los que le prestaron la parte del poder y la gente que les faltaba) apenas pudieran. O sea, "matar al padre político". Néstor lo hizo con Eduardo Duhalde y Javier lo vive intentando con Mauricio Macri. Es que sus personalidades absolutistas hacen que no quieran compartir el poder con nadie (salvo con su esposa, Néstor y con su hermana, Javier).
Lo cierto es que las graves crisis económicas que heredaron más la disgregación de la política tradicional, les permitieron quedarse con todo el poder vacante en sus solas personas.
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En la cuestión económica, haciendo omisión de ideologías, son ambos muy parecidos en su obsesión por el orden en las cuentas y en el superávit fiscal. Néstor lo mantuvo durante todo su mandato y Javier viene haciendo lo mismo.
Javier parece estar obsesionado (hasta enamorado, diríamos) del ajuste, del modo que sea y como sea con tal de no volver a caer en el déficit (para él es indistinto que el ajuste se haga eliminando gastos innecesarios como los absolutamente necesarios, tal cual dejar de hacer obra pública por más de dos años: "que el mundo se acabe pero que los números cierren" parece ser su refrán de cabecera),
Néstor, además del orden fiscal, estaba obsesionado por solucionar el tema del default de la deuda externa, el cual no solo negoció con éxito, sino que llegó hasta la sobreactuación de cancelar de contado el total de la deuda con el FMI, que podía pagar en cómodos plazos y bajos intereses.
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Así como en lo económico, tanto Néstor Kirchner como Javier Milei fueron dos grandes y exitosos defensores del superávit fiscal, en los demás temas del poder también coinciden, pero no por lo positivo, sino por lo negativo: debido a su populismo político y cultural. Así como en lo económico, tanto Néstor Kirchner como Javier Milei fueron dos grandes y exitosos defensores del superávit fiscal, en los demás temas del poder también coinciden, pero no por lo positivo, sino por lo negativo: debido a su populismo político y cultural.
Pero, así como, con sus defectos y virtudes, ambos nada tienen de populistas en su relación con el gasto público, en el resto de sus políticas, los dos son eminentemente populistas. De signos totalmente contrarios, pero igual de populistas.
Tal como Néstor despilfarró su capital económico logrado con su austeridad inicial al invertirlo todo al servicio de una política y una ideología de neto corte populista de izquierda, Javier corre el mismo riesgo si despilfarra su capital económico logrado con austeridad poniéndolo al servicio de un populismo político y cultural de signo inverso.
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Así como en lo económico, tanto Néstor Kirchner como Javier Milei fueron dos grandes y exitosos defensores del superávit fiscal, en los demás temas del poder también coinciden, pero no por lo positivo, sino por lo negativo: debido a su populismo político y cultural.
Es que el anarcocapitalismo está tan lejano (lejanísimo) del liberalismo republicano de centro derecha en tanto concepción integral (política, económica e ideológica a la vez) como el progresismo chavista proiraní lo está de una socialdemocracia republicana de centro izquierda.
Si Javier Milei decide apostar finalmente a la república liberal en serio, y abandona las ideologías delirantes de sus amigos anarcocapitalistas, que además de reaccionarias son profundamente populistas, hay grandes posibilidades de que le vaya bien. Es cierto que hasta ahora no las viene aplicando salvo en sus discursos, pero sí les regala libros con esas ideologías nefastas a todos sus ministros, y propone en nombre de ellas librar la batalla cultural que incluye la guerra santa contra el periodismo, contra la universidad y ciencia públicas, y, sobre todo las cosas, la destrucción del Estado. Por eso lo deja languidecer, porque el anarcocapitalismo no quiere reformar ni achicar al Estado, sino destruirlo y reemplazarlo por el Mercado.
En síntesis, lo que nos interesa analizar no son tanto las diferencias ideológicas que pueda tener Javier con Néstor, sino sus posibles coincidencias, que salvo en el equilibrio fiscal (que es la única buena coincidencia entre ambos), en lo político (el populismo) y en lo ideológico (los extremismos fundamentalistas), pueden dejarnos de nueva en la pampa y en la vía. Con Néstor ya ocurrió, ojalá que con Javier no ocurra.
Porque, y a esto último lo consideramos lo más fundamental de todo, no sólo se trata de que el populismo político y cultural hiere o limita o cercena o incluso impide la institucionalidad republicana, sino que, además, puede herir de gravedad (y hasta de muerte como en el caso de Néstor) las bases económicas liberales, por más sólidas que éstas parezcan ser. Porque, así como el voto popular generalmente se decide por razones económicas, el éxito o el fracaso de las gestiones de gobierno casi siempre se define por razones políticas.
Fuente: Diario de Cuyo
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