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Violencia y furia contra el periodismo

¿Cuánto falta para que incite a los niños y jóvenes a escupir fotos de periodistas, como hacia el kirchnerismo?

Por Redacción Diario Panorama10 min de lectura
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Violencia y furia contra el periodismo
Violencia y furia contra el periodismo · Foto: Diario Panorama

¿Cuánto falta para que incite a los niños y jóvenes a escupir fotos de periodistas, como hacia el kirchnerismo?

Por Joaquín Morales Solá, en el diario La Nación

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El último martes, Javier Milei le dedicó ocho horas de su jornada diaria a tuitear o retuitear mensajes agresivos contra el periodismo, muchas veces expresado con palabras y frases escatológicas, imposibles de reproducir sin dejarse de respetar uno mismo. En días anteriores, entre el lunes 17 y el domingo 23, el Presidente había hecho lo mismo 335 veces, con el antecedente de que agravió al periodismo, antes de esa tempestad verbal, más de 1000 veces desde que asumió. El último miércoles, en una clase de adoctrinamiento a alumnos adolescentes de la prestigiosa escuela ORT, creada por inmigrantes judíos, aunque abierta a todos los credos, el Presidente convocó a los jóvenes a abuchear a periodistas. ¿Cuánto falta para que incite a los niños y jóvenes a escupir fotos de periodistas, como hacia el kirchnerismo? En muchos de sus mensajes, el jefe del Estado se manifestó contrariado por la defensa que la prensa hace de las formas dentro de un sistema democrático. Para él, lo único importante es el fondo de las cosas (es decir, el ajuste de la economía) con un evidente desprecio por el sistema político que lo llevó al vértice del poder. Milei había prometido callar sus fobias a mediados del año pasado, pero el carácter o el equilibrio emocional le jugaron una mala pasada en días recientes, luego de que se encerrara a cal y canto en su casa temporal de Olivos durante 24 días. ¿Qué sucedió para que regresara como un huracán de furia y rencor? La conclusión más razonable indica que tomó nota de que el paseo que imaginaba hasta su reelección se convirtió en una ardua colinaque debe conquistar. No son solo los periodistas los que señalan que la economía no lo está ayudando, aunque haya hecho, eso sí, un trabajo importante e inédito para estabilizar los números de la desestabilizada economía argentina. La fundación FIEL, de orientación claramente liberal, acaba de difundir un informe en el que señala que la actividad industrial retrocedió un 1,1 por ciento en julio pasado y que acumula una caída del 0,6 por ciento en los últimos seis meses. A su vez, la Fundación Mediterránea, una creación intelectual de Domingo Cavallo, aunque fue siempre financiada por importantes empresarios argentinos, señaló en un reporte reciente que el empleo privado formal acumula doce meses de caída. Existen, asevera, 241.000 puestos de trabajo menos desde noviembre de 2023 y agrega que la industria y la construcción acumulan las mayores pérdidas de empleos. FIEL y la Fundación Mediterránea son organizaciones serias y su ideas están muy cerca de las ideas del Presidente.

La insistencia de quien es el jefe político de la Nación en llamar "ensobrados" y "pauteros" a los periodistas que revelan cosas que están ocultas, es ya obsoleto. En primer lugar, porque muchos de los periodistas a los que critica no vivieron de la pauta oficial en tiempos del kirchnerismo. Quien esto escribe, por ejemplo, renunció formalmente ante el entonces presidente Néstor Kirchner a cualquier pauta oficial en el programa de televisión que conducía. Kirchner retiró la pauta, pero cínicamente ofendido porque el pedido suponía una desconfianza sobre su compromiso con la libertad de prensa. En segundo lugar, seguir hablando de lo mismo casi tres años después de haber accedido al poder, es una cacofonía que pierde cualquier credibilidad que haya tenido al principio. Si la convicción del Presidente consiste en que los periodistas se mueven según el dinero oscuro que reciben del oficialismo, la inferencia obvia permite sospechar sobre lo que está sucediendo con los periodistas que adulan a Milei, que son, a la vez, los únicos que pueden hacerle reportajes. ¿Hay pautas ocultas, acaso? ¿O hay pautas que se entregan disimuladamente a través de empresas estatales? ¿Es gratuita la adhesión de esos periodistas a todo lo que hace y dice el Presidente? ¿Se trata solo de coincidencias ideológicas? Las versiones que revolotean son muchas y el periodismo no es una corporación de ángeles. Aun cuando los profesionales honrados conforman la inmensa mayoría del periodismo, nadie puede negar que existen prácticas deshonestas en varios periodistas, que a muchos los cautiva el nocivo populismo periodístico, y que otros se han olvidado del primer compromiso de la profesión, que consiste en constatar que la información que difunden es verdadera. Hay, en fin, buenos y malos ejemplares de la profesión. Sin embargo, no es el Presidente el que puede decidir quién es buen periodista y quién no lo es. Él es parte, y no se puede ser juez y parte porque el resultado será siempre injusto y arbitrario.

Un periodismo que halaga al poder pierde su razón de existir. Para elogiar al oficialismo están los funcionarios, que también cobran para hacer eso. El célebre columnista norteamericano Walter Lippmann, tal vez el último de una generación que unía la formación académica con la periodística, dejó la lección de que "el verdadero compromiso primordial del periodismo con la verdad está por encima de vender noticias o de respaldar medidas oficiales", y agregaba: "La prensa debe recibir las declaraciones del gobierno con reserva y escepticismo". James Reston, columnista de una generación posterior que escribió e hizo su carrera en el diario más influyente del mundo, The New York Times, sentenció que "en cualquier conflicto del poder con el periodismo, las primeras víctimas son el sentido común y la discusión libre y abierta". Es decir: la diferencia entre una prensa libre y una asediada por el poder es lo que distingue a los demócratas de los autoritarios.

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El Presidente se escandaliza por los que defendemos las buenas formas en la vida democrática. Si tuviera más cultura política y una más amplia formación intelectual, sabría que las formas son esenciales para construir una sociedad pacífica. El poder tiene el privilegio de diseñar culturalmente a una sociedad. La convivencia serena es contagiosa, como lo es la violencia verbal, que indefectiblemente precede a la física. El reconocido politólogo italiano Norberto Bobbio sostenía que "la democracia se define principalmente por cómo se ejerce el poder". "Si se violan o eliminan las formas institucionales y el respeto, el sistema deja de ser democrático", sentenciaba Bobbio. La filosofía del derecho democrático va más allá aun cuando subraya que "en democracia, las formas son el fondo". Quizás, el mundo vive el instante de mayor desinformación de la historia por obra de la Inteligencia Artificial, un buen mecanismo de contribución al trabajo humano, pero que carece de conciencia y de contexto, y por la sobrecarga informativa que se acumula sobre las personas por el imperio de las redes sociales. Nadie sabe qué es cierto y qué no lo es cuando se viralizan las fake news, las noticias falsas, o las imágenes y palabras creadas apócrifamente por la IA. No deja de ser preocupante vivir en un tiempo en el que las personas son incapaces de distinguir entre los verdadero y lo falso. La discrepancia es un elemento esencial de la vida democrática, pero otra cosa es no poder ponerse de acuerdo ni siquiera sobre cómo esclarecer los hechos.

Muchos gobiernos actuales (Milei también) desdeñan, denigran o niegan los hechos probados. Martin Baron, que fue director del diario The Washington Post, asegura dramáticamente que "en la parte alta de las prioridades de los líderes autoritarios se encuentra machacar a la prensa". Las redes sociales se han convertido en la principal arma de esos líderes. Pero la supuesta democratización de la información no puede existir con mensajes de personas que se esconden en esas redes detrás del anonimato y la cobardía. Giuliano da Empoli, advierte también con cierto catastrofismo en su último libro (La hora de los depredadores, Seix Barral), un ensayo sobre la proliferación de gobiernos iliberales que surgen de elecciones democráticas, que "una era de violencia sin límites se abre frente a nosotros (…) y los defensores de la libertad parecen estar especialmente mal preparados para la tarea que les espera". Es cierto que desde Trump hasta Viktor Orban, el ultraconservador ex primer ministro de Hungría, hasta la presidenta de México, la progresista Claudia Sheinbaum, o los presidentes de derecha de Perú, Keiko Fujimori, y de Colombia, Abelardo de la Espriella, aplican o aplicaron políticas de graves enfrentamientos contra el ejercicio libre del periodismo. Solo la mayoría de los países europeos parece respetar la existencia del periodismo como un requisito elemental de la democracia. Les guste o no.

En los últimos días, el presidente argentino respaldó una propuesta del ministro de Economía, Luis Caputo, para que exista una ley que "castigue" a los periodistas que publican noticias "sin sustento". Raro en una persona como Caputo, que siempre fue un hombre de civilizados modos. Vamos al centro de la cuestión. Existen leyes que protegen a los funcionarios de las calumnias y de las noticias que afectan su buen nombre y honor. Está el Código Penal, aunque este exige una multa. Desde 2009, la cárcel no es una pena que pueda aplicarse a los periodistas, pero el delito de calumnias e injurias sigue vigente también en el Código Civil, que puede condenar a medios y periodistas a onerosos resarcimientos económicos a las personas afectadas por una información falsa. La leyes no establecen, por lo tanto, la impunidad de los periodistas. Con todo, también está la jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia que indica claramente que los funcionarios públicos tienen "derechos restringidos" comparados con los del ciudadano común por ser quienes son. Otra jurisprudencia del máximo tribunal argentino establece que debe probarse la "real malicia" para condenar a periodistas; es decir, exige demostrar que el medio o el periodista obró con total conocimiento de la falsedad de la información. Por su parte, los funcionarios tienen el innegable derecho de aclarar o desmentir una información errónea. Con buenos modos. Llama la atención que también otros funcionarios con antecedentes democráticos no hayan hecho saber su disidencia con las maneras presidenciales. El Presidente exige siempre que los periodistas prueben lo que publican, pero él mismo desobedece su norma. Nunca dio una sola prueba sobre los periodistas "ensobrados" o de los que quieren recibir pauta oficial. Tampoco los nombró. Las generalizaciones son siempre injustas. Pero más sorprende el silencio de la oposición argentina, amigable o no amigable con el gobierno de Milei, sobre los explícitos intentos de silenciar a la prensa. Semejante cautela se hace más incomprensible en políticos que en tiempos del kirchnerismo estaban dispuestos a entregar la vida por la libertad de prensa. ¿Nombres? Patricia Bullrich, Silvana Giudici, Alejandro Fargosi o Hernán Lombardi, entre muchos más. Ellos deberían saber que no existe la posibilidad de agredir buena o malamente al periodismo. Solo Elisa Carrió se diferenció del lenguaje soez del Presidente y de sus insultos a la prensa. En un tuit del viernes últimos, escribió: "Nosotros decimos 'no' al lenguaje grosero, vulgar, despectivo, corrupto, desnaturalizante y violento del señor presidente de la Nación. No a la violencia (…) de su lenguaje contra cualquiera, y contra los periodistas". La razón la asiste cuando reconoce que el único derecho que no se le puede negar a nadie es a decir que no, aunque en el caso de los políticos corran el riesgo de perder sus privilegios.

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¿Qué debe hacer el periodismo ante una insoportable marea de violencia desde el más alto sitial de la política argentina? Tomemos dos ejemplos. La periodista más atacada por Trump, Kaitlan Collins, una estrella de la cadena de noticias CNN, a quien el mandatario llamó "estúpida" y "desagradable", entre otros improperios, le respondió con una frase corta y seca: "No se trata de mí". Quiso decir que los agravios de Trump hablan más de Trump que de ella. Y eso es cierto también para Milei. El propio Martin Baron respondió cuando le preguntaron si el periodismo serio de los Estados Unidos estaba en guerra con la administración Trump: "Nosotros no estamos en guerra; estamos trabajando", replicó. Milei ha hecho méritos para merecer las dos respuestas.

Fuente: Diario Panorama

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