De San Juan a vestir a Bad Bunny: Mili Muñoz, la diseñadora que hizo del color su marca registrada
Desde chica ama la ropa y el diseño. Se fue de San Juan, estudió Publicidad, creó DeMiracolo y en plena pandemia se instaló en Buenos Aires para hacer crecer el proyecto. Hoy tiene local en Palermo Soho y uno de sus grandes saltos llegó cuando el estilista de Bad Bunny golpeó su puerta. Su historia.

Hay algo que Mili Muñoz recuerda con precisión de cuando era chica: le gustaba demasiado la ropa. Tanto que alguna vez sintió que la miraban como "la tonta a la que le gusta la ropa". Lo que para otros podía parecer una fijación superficial, para ella era algo bastante más difícil de explicar. Años después, aquella chica sanjuanina convirtió esa fascinación en DeMiracolo, una marca argentina en la que resulta difícil encontrar algo librado al azar. Hay color, mucho. Hay estampados, prendas oversize, animales, flores y objetos cotidianos convertidos en dibujos. Pero también hay una idea que atraviesa desde una campera hasta una bolsa: el diseño entendido como un todo.
"Desde muy chica me enseñaron que el diseño tiene que estar en todo: desde lo que entregás hasta el local y el Instagram", contó a Tiempo de San Juan. Y en ese universo de colores que comenzó a imaginar en San Juan ocurrió algo que probablemente tampoco hubiera imaginado aquella adolescente: un día apareció el estilista de Bad Bunny buscando prendas. El puertorriqueño terminó vestido de DeMiracolo durante su paso por Argentina como así también en la tapa del artista más escuchado de Apple.
La moda estuvo siempre en su vida. Nació en una casa donde la comunicación y la creatividad fluían naturalmente: sus padres son Gustavo "Huevo" Muñoz y Gabriela Graffigna, ambos propietarios de la agencia publicitaria GH Media. Cuando todavía vivía en San Juan, Mili hacía fotos, pensaba producciones y buscaba distintas formas de acercarse a ese mundo. "Mi obsesión por la moda y por la ropa la tuve desde muy chiquita. Siempre me gustó muchísimo. Cuando vivía en San Juan hacía fotos, producciones, iba descubriendo cosas", recordó.
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Sin embargo, al terminar la secundaria no eligió Diseño. Con 17 o 18 años y sin tener demasiado claro qué camino tomar, apareció un consejo de su mamá: estudiar Publicidad. Se fue a Córdoba y comenzó la carrera, pero incluso allí encontró la manera de volver una y otra vez a la moda. Hacía producciones, buscaba locaciones y terminó realizando su pasantía en una marca de ropa.
Se recibió en 2019 y entonces la idea dejó de ser difusa. "Quiero una marca de ropa", se repetía. El problema era que no sabía cómo construirla. Probó trabajar en conjunto, primero con una diseñadora en San Juan y después con otras chicas sanjuaninas que vivían en Buenos Aires. En ambos casos había algo que no terminaba de encajar: no conseguían interpretar lo que ella imaginaba. No la interpretaban.
Hasta que, poco antes de que la pandemia cambiara el mundo, le escribió a Bianca, de la marca Black Mamba, para pedirle asesoramiento. La respuesta fue rápida: "Tengo la persona para vos". Ese contacto la llevó hasta el primer diseñador que, según cuenta, consiguió entender realmente el universo que tenía en la cabeza. "Yo siempre diseñé y sigo diseñando, pero él fue la primera persona que entendió mi visión". Así comenzó oficialmente DeMiracolo.
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Los primeros pasos coincidieron con el peor escenario posible para lanzar una marca. Llegó la pandemia y Mili estaba en San Juan mientras parte del proceso productivo ocurría en Buenos Aires. Las muestras viajaban 1.200 kilómetros. Ella se probaba las prendas acá. Hacía correcciones a la distancia. Volvían a enviarlas. Una logística que recuerda como "tremenda". Hasta que en octubre de 2020 tomó una decisión: mudarse a Buenos Aires. "Para mí ahí empezó todo", dijo.
La distancia no era solamente geográfica. En Buenos Aires encontró proveedores, talleres y personas con experiencia en una industria que desde San Juan podía resultar mucho más difícil de articular. Pero también había otra necesidad: construir algo que fuera propio.
Tres años después llegó otro punto de quiebre. En 2023 abrió el local de DeMiracolo en Palermo Soho, sobre calle Gorriti. En tiempos en los que buena parte de la industria de la moda se juega en Instagram, TikTok y las tiendas online, Mili reivindica el espacio físico. No solamente como punto de venta sino como parte de la experiencia de la marca, en el que todo está pensado. Desde la combinación de colores hasta las bolsas que se entregan pos venta.
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Si hay algo que distingue a DeMiracolo es el color. No apareció como consecuencia de una estrategia comercial: estuvo desde el comienzo. "Para mí el color siempre fue fundamental. Considero que si DeMiracolo no tuviera el diseño y el color que tiene, no sobreviviría en el mercado", indicó. Lo explicó con una imagen sencilla: un tapado gris puede comprarse prácticamente en cualquier lugar. La diferencia aparece cuando a ese tapado se le agregan elementos que consiguen volverlo reconocible.
Mili se define como una persona extremadamente visual. Puede estar viajando, mirar la puerta de un restaurante, encontrar una flor, un corazón o un perro y comenzar a imaginar cómo transformarlo. "Veo un perrito y pienso: 'Qué lindo este perrito, le pondría un sombrerito", contó sobre el proceso creativo detrás de las piezas de una colección. Una taza. Un plato viejo. Algo encontrado en la calle. El universo de DeMiracolo también se alimenta de objetos que para otros podrían pasar inadvertidos.
Después viene la parte menos romántica del diseño. Antes de cada colección, el equipo analiza qué funcionó en la anterior, qué prendas se vendieron, cuáles no, qué puede reversionarse y cuánto pueden crecer. Mili trabaja con alrededor de ocho meses de anticipación.
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Equivocarse cuesta caro. Una moldería que calza mal puede dejar 50 camisas sin vender. Una decisión que podría parecer menor, puede convertirse en pérdida. Y, a veces, sucede exactamente lo contrario. Una vez les sobró una tela que ya estaba cortada y no podían devolver. Había que hacer algo con ella. Diseñaron una campera de rombos con zigzag. El resultado les generó temor: la prenda debía venderse por casi 500 mil pesos. "Me daba calor de pensarlo". La publicaron. En diez días no quedaba ninguna. La diseñadora también se convirtió en la cara
Durante una primera etapa, detrás de DeMiracolo había prendas, fotografías y una estética muy definida, pero no una persona contando qué sucedía puertas adentro. Hasta que Mili comenzó a ponerse frente a la cámara. El cambio funcionó.
Empezó a mostrar cómo quedaban las prendas sobre cuerpos reales, cómo elegía las telas y hasta aquello que cualquier manual tradicional de marketing aconsejaría esconder: las cosas que no se vendían. Uno de esos videos explotó en TikTok.
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La espontaneidad terminó convirtiéndose también en método. Ahora los miércoles son días de grabación. Pueden producir entre 10 y 20 videos en una jornada y hay una persona dedicada específicamente a editarlos y publicarlos. Las redes representan una vidriera y, en ocasiones, una caja registradora vertiginosa. Si un video funciona, una prenda puede agotarse rápidamente. Pero Mili advirtió que detrás de lo que parece casual hay técnica: importa el horario de publicación, la edición, los primeros segundos del video y muchas otras variables.
La exposición también tuvo un costo. Cuando empezó a mostrarse en Buenos Aires aparecieron comentarios sobre su tonada. "Una piba del interior en Buenos Aires", resumió. Al principio le afectaba lo que escribían desconocidos detrás de una pantalla. Ahora encontró una solución bastante más rápida: "Si me ponen algo feo, bloqueo y listo".
Al comienzo de DeMiracolo prestaba ropa para producciones. La experiencia le enseñó que las prendas podían regresar usadas y después era imposible venderlas. También envió productos a cambio de publicaciones que nunca llegaron. Dejó de hacerlo. Salvo que enfrente aparezca una oportunidad extraordinaria. Y apareció. Bad Bunny. Nada más y nada menos que el artista latino más escuchado de Spotify.
El estilista del artista puertorriqueño se comunicó con ella porque buscaba ropa para una producción vinculada a Apple Music. Mili estaba con una amiga. Prepararon bolsos y fueron al encuentro. El estilista comenzó a seleccionar prendas: esta sí, esta no, aquella también. Después ocurrió: Bad Bunny apareció vestido completamente de DeMiracolo para la producción y siguió utilizando prendas de la marca durante su estadía en Buenos Aires.
"Fue muy loco porque además es varón. Nunca había visto esas prendas puestas de esa manera y le quedaban perfectas", contó. Para una marca pequeña creada por una sanjuanina que apenas unos años antes coordinaba muestras a cientos de kilómetros en medio de una pandemia, la imagen tenía algo de confirmación: DeMiracolo había atravesado una frontera inesperada.
Buenos Aires fue necesaria para hacer crecer la empresa, pero cuando Mili habla de creatividad el recorrido termina otra vez en San Juan. "Yo no sería quien soy si no fuera por San Juan. Para mí fue clave". Recordó las salidas a acampar cuando era chica, la naturaleza y esa posibilidad tan sanjuanina de pasar rápidamente de un escenario a otro. Está convencida de que crecer conectada con ese entorno influyó en su manera de mirar. Y mirar es, finalmente, el corazón de su trabajo.
Fuente: Tiempo de San Juan
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