Escuela mixta no es lo mismo que coeducación: qué cambia cuando varones y mujeres comparten el aula
Dos especialistas analizan qué implica que las escuelas dejen atrás la educación diferenciada. La convivencia entre varones y mujeres puede abrir nuevas posibilidades, pero no garantiza por sí sola una educación igualitaria.

Resumen para apurados
Durante décadas, hubo escuelas en las que varones y mujeres aprendieron por separado. Los bancos, los patios, los equipos deportivos y hasta ciertas experiencias de la vida escolar estuvieron organizados a partir de esa división. En Tucumán, algunas instituciones tradicionales todavía conservan ese modelo. Pero tres de ellas se preparan para dar un paso que, hasta hace no tanto tiempo, hubiera parecido impensado y desde 2027 el Colegio del Huerto, el Colegio Sagrado Corazón y el Colegio Tulio serán mixtas.
El cambio abre una pregunta que va más allá de la matrícula o de la organización de los cursos: ¿qué significa realmente educar juntos?
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La respuesta no se encuentra solamente en que chicos y chicas compartan un aula. Para María Gabriela Córdoba, psicóloga, doctora en Humanidades, área Psicología, y postdoctora en Estudios de Género, la oportunidad que ofrece este cambio es mucho más amplia: permite revisar qué se entiende por educar.
"La institución escolar, además de transmitir conocimientos, es uno de los principales espacios donde aprendemos a relacionarnos con otras personas, a ocupar un lugar, a escuchar, a negociar, a poner límites y a tramitar los conflictos", explica.
Por eso, sostiene que la coeducación no debería pensarse simplemente como "poner juntos" a varones y mujeres. Se trata, en cambio, de preguntarse qué experiencias de convivencia se quiere ofrecer a los estudiantes.
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La pregunta adquiere otra dimensión cuando se observa que, durante mucho tiempo, la separación por género fue considerada algo natural. Hoy, dice Córdoba, el interrogante puede ser qué se aprende cuando se convive cotidianamente con personas diferentes, no como una categoría abstracta sino como compañeros con quienes hay que estudiar, jugar, discutir, cooperar y construir vínculos.
"Las diferencias entre las personas no se conviertan anticipadamente en límites sobre lo que cada niño o cada niña puede hacer, sentir, aprender o llegar a ser", plantea. Y deja una definición que resume buena parte del desafío: "La igualdad no consiste en borrar las diferencias. Consiste en que una diferencia no determine de antemano un destino".
Mariana Dato, profesora en Ciencias de la Educación, especialista en Análisis Institucional y en Sociología, advierte por su parte, que una escuela mixta no es necesariamente una escuela coeducativa.
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Que varones y mujeres estén sentados en el mismo salón no significa que reciban necesariamente las mismas expectativas ni que la institución haya dejado atrás determinados estereotipos. Una escuela puede seguir esperando que los varones sean fuertes, competitivos y seguros, mientras deposita sobre las niñas otras expectativas vinculadas con el orden, el cuidado o la responsabilidad.
Los estereotipos, advierte Córdoba, no siempre aparecen escritos en un reglamento. Pueden manifestarse en cuestiones mucho más sutiles: qué conductas se toleran, cuáles se sancionan, quién ocupa determinados espacios, quién habla más o qué tareas se asignan.
Por eso, el paso de una institución diferenciada a una mixta no termina con la incorporación de nuevos estudiantes. También puede implicar una revisión de las prácticas cotidianas.
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"Una educación que amplía las posibilidades de las niñas pero mantiene intacta una idea rígida de masculinidad tampoco está transformando completamente las relaciones de género", sostiene Córdoba.
Hay otro aspecto que aparece en el análisis de las especialistas, y es que la convivencia no es solamente una consecuencia de compartir el aula. También puede convertirse en una experiencia educativa.
Trabajar juntos, compartir responsabilidades, resolver desacuerdos, competir, cooperar, hacer amigos, poner límites, pedir ayuda o reparar un daño son situaciones cotidianas que pueden enseñar a relacionarse con los demás.
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Para Córdoba, esa experiencia permite cuestionar algunas generalizaciones que muchas veces se incorporan como verdades como ser que "los varones son así" o que "las mujeres son asá".
La convivencia concreta puede mostrar lo contrario. Un compañero puede ser sensible y destacarse en matemática; una compañera puede ser competitiva y disfrutar de un deporte; un niño puede necesitar pedir ayuda y una niña asumir el liderazgo de un grupo.
La experiencia cotidiana, sostiene, permite descubrir que no existe una única manera de ser varón ni una única manera de ser mujer.
Dato, por su parte, introduce otra dimensión en la discusión. Si hablar de coeducación supone revisar la división tradicional entre varones y mujeres, también implica preguntarse qué lugar encuentran dentro de la escuela quienes no se identifican con esas categorías o cuyas experiencias no coinciden con las expectativas de los adultos.
"No basta con permitirles ingresar a la escuela. También deben poder habitarla sin esconderse ni tener que explicar permanentemente quiénes son", señala.
En esa tarea, el lenguaje tampoco es un aspecto menor. Para la especialista, el problema no se reduce al debate sobre el llamado lenguaje inclusivo, sino que alcanza a los conceptos con los que la escuela piensa y nombra a sus estudiantes.
Una experiencia que no encuentra palabras para ser nombrada, plantea, también puede quedar invisibilizada. Por eso, sostiene que la coeducación necesita formar parte de un proyecto pedagógico comprometido con la inclusión, capaz de revisar contenidos, lenguajes, roles y expectativas, pero también las formas en que docentes, directivos y familias se relacionan con los estudiantes.
La discusión tampoco está exenta de ideas instaladas. Una de ellas sostiene que varones y mujeres aprenden de maneras tan diferentes que educarlos por separado necesariamente mejora el rendimiento académico.
Córdoba propone separar las creencias de aquello que realmente puede sostenerse con evidencia. Según explica, una revisión comparativa publicada en Psychological Bulletin en 2014 analizó 184 estudios y más de 1,6 millones de estudiantes y encontró que las ventajas académicas de la escolarización separada eran, en términos generales, pequeñas o inexistentes.
Eso, aclara, tampoco permite afirmar que la escuela mixta sea siempre mejor. Existen investigaciones que encuentran beneficios específicos de la educación diferenciada en determinados contextos. La discusión, entonces, no debería reducirse a elegir entre una modalidad y otra como si una garantizara automáticamente mejores resultados.
El desafío es conocer qué experiencias ofrece cada institución y qué hace pedagógicamente con las diferencias que aparecen dentro de ella. Porque compartir un aula no hacer desaparecer los prejuicios ni los conflictos. Tampoco garantiza vínculos igualitarios.
"La convivencia no elimina las diferencias. Las vuelve más complejas y, muchas veces, menos prejuiciosas", resume Córdoba.
Por eso compartir el aula puede ser el comienzo. La coeducación, en cambio, es todo lo que una institución decide hacer con aquello que ocurre cuando esos estudiantes empiezan a convivir.
Fuente: La Gaceta
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