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Hotel Regidor: del gallinero a las 40 habitaciones y el ocaso de un edificio cansado

Regidor vende sus muebles y despide una historia de tres generaciones, encuentros y noches de jazz y Borges en San Luis.

Por Leandro Toranzo4 min de lectura
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Hotel Regidor: del gallinero a las 40 habitaciones y el ocaso de un edificio cansado
Hotel Regidor: del gallinero a las 40 habitaciones y el ocaso de un edificio cansado · Foto: El Diario de la República

En el lobby del Hotel Regidor, donde hubo reuniones, conversaciones y viajeros que esperaban una habitación, ahora se prepara una venta. Camas, sábanas, sillas, mesas de luz, televisores y espejos: las cosas que durante décadas sirvieron para recibir a otros tendrán que encontrar otro destino. Martín Sallénave llama "cambalache" a esta etapa. Lo dice con humor, aunque lo que está desarmando es una parte de la historia familiar.

La despedida también tiene voces que llegan desde afuera. En las redes aparecen recuerdos de desayunos en el bar y de parejas que pasaron allí su luna de miel. Martín bromea con que siguen felizmente casadas, porque de otro modo no lo celebrarían. Entre los objetos que se preparan para la venta y esas historias que regresan, el Regidor empieza a mostrar cuánto de su vida quedó repartido entre los demás.

Antes de las camas hubo gallineros. Estaban en el patio de la casa del abuelo de Martín, un maestro de escuela que terminó convertido en hotelero. En ese terreno familiar levantó un establecimiento de 40 habitaciones y cuatro plantas que, según recuerda su nieto, estuvo entre los edificios más altos de la ciudad.

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El hotel abrió el 20 de enero de 1969. "Una locura para esa época", dice Martín.

La familia ya tenía otros vínculos con el comercio de San Luis. Estaba la farmacia Santa Teresita, asociada al trabajo de su abuela farmacéutica, y también Baby Land, un local de ropa para chicos que Martín menciona como otra de las apuestas de aquel abuelo al que describe como un visionario. El hotel fue la aventura que creció por encima del patio.

Y hubo razones para seguir construyendo. Los viajantes de comercio llenaban las habitaciones; Martín cuenta que hacían fila en el lobby para entrar. El abuelo compró la propiedad vecina y levantó un segundo edificio, esta vez con habitaciones más grandes, departamentos, ascensores, piscina y lavadero. Después llegó otra ampliación para incorporar cocheras, un departamento y un local.

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Lo que la ciudad reconoció como un solo hotel fue, puertas adentro, una sucesión de esfuerzos. Cada compra y cada obra respondían a un movimiento concreto: había pasajeros y hacía falta lugar.

Hoy esas propiedades están en venta. Pueden venderse por separado. La misma historia que se construyó por etapas admite ahora un desenlace por partes.

Cuando el abuelo abrió el hotel, llamó a su hijo Jorge, que era abogado y vivía en Buenos Aires. Le pidió que fuera a darle una mano. Así llegaron a San Luis Jorge, su esposa y Martín, que tenía apenas unos meses.

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Jorge Sallénave trabajó durante algunos años en el establecimiento y después siguió su carrera como abogado. Pero el Regidor también quedó unido a su escritura, sus libros y sus encuentros. La confitería fue un lugar de reunión; el lobby, un espacio donde la vida del hotel se mezclaba con la cultura de la ciudad.

Los viernes había jazz y Borges.

Martín aclara que no vivió personalmente aquellas reuniones porque entonces residía en otro lugar. Las incorpora al relato familiar como parte de la huella de su padre, recordado por sus novelas y por haber hecho de ese espacio un punto de encuentro.

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Por allí pasaban huéspedes, pero también vecinos que no necesitaban una habitación. Alcanzaba con ir al bar, desayunar o participar de una reunión. Esa vida compartida explica los mensajes que aparecen ahora: para muchos sanluiseños, el recuerdo del Regidor empieza en una mesa de la confitería.

Martín reconoce dos grandes momentos de movimiento económico en la historia del negocio: los viajantes que llenaban el hotel de su abuelo y el impulso de la promoción industrial durante la etapa de su padre. Después, dice, no volvieron a encontrar una prosperidad que los hiciera pensar en construir otro edificio o ampliar.

Lo que siguió tiene, en sus palabras, el ritmo de "una lenta decadencia, una agonía tranquila".

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Las dificultades ya existían antes de la pandemia. Cuando terminó el cierre de los establecimientos, su padre le pidió una última mano: que reabriera el hotel. Cambiaron algunas cosas y volvieron a intentarlo. Pero la poca afluencia de pasajeros y el costo de sostener la estructura hicieron cada vez más difícil la continuidad, incluso con la ventaja de que los inmuebles pertenecían a la familia.

"El edificio está cansado", resume Martín.

Ese cansancio tiene cuentas concretas: mantenimiento exigente, reparaciones costosas y habitaciones que necesitan huéspedes para sostenerse. También tiene una dimensión humana. Martín explica que un hotel sigue abierto cuando otros negocios bajan la persiana. Después de trabajar durante el día, quedan la noche y sus problemas, con las decisiones concentradas en una o dos personas.

Ahora el trabajo consiste en preparar los muebles para venderlos. En ese inventario hay objetos corrientes, hechos para durar y servir: una cama, una silla, un espejo. Para quienes pasaron por allí, alguno podrá ser un recuerdo.

El Regidor nació cuando un hombre miró el patio de su casa e imaginó 40 habitaciones. Su nieto organiza hoy la despedida en el lobby. Entre aquella apuesta y este final quedan tres generaciones de trabajo y una parte de San Luis que todavía encuentra motivos para volver, aunque sea para contar lo que vivió.

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Fuente: El Diario de la República

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