18 de agosto: Camila y Uladislao, una historia de amor, sangre y memoria
Por Fátima Cortez - Redacción de EL LIBERAL

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Camila O'Gorman y Uladislao Gutiérrez: una historia de amor, sangre y memoria
Mes de agosto, un mes del viento de nostalgias, historias y de fusilamientos. En Argentina hay mucha memoria, rica, fea, con sangre, con traición y amor.
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En 1848, O'Gorman, una joven de la aristocracia porteña, mantuvo un romance clandestino con el sacerdote tucumano Uladislao Gutiérrez. En diciembre de 1847 se fugaron juntos hacia Goya, Corrientes, donde vivieron bajo identidades falsas, trabajando como maestros. Al ser descubiertos en 1848, fueron encarcelados.
En ese entonces, el gobernador Juan Manuel de Rosas ordenó su ejecución sumaria el 18 de agosto de 1848, en el campamento de Santos Lugares, a pesar de las intercesiones públicas y del embarazo de Camila.
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La historia de una joven que se inmortalizó y que hoy, en estas líneas, vuelve a poner su nombre en nuestras voces, en nuestros recuerdos.
A sus 18 años se enamoró del cura de la parroquia del Socorro, el tucumano Uladislao Gutiérrez, de 24 años. De "buena familia", el sacerdote llegó a Buenos Aires con las mejores recomendaciones por ser sobrino del gobernador de su provincia, Celedonio Gutiérrez, aliado de Rosas.
Pareciera una historia escrita por los mejores poetas de la literatura inglesa, pero esta es de aquí, nuestra y argentina. Este joven de buena familia y recomendado por el gobernador, al conocer a Camila, vio tambalear sus votos de fe con Dios. Ese desprendimiento carnal que, entiendo, se hace una vez que se decide dedicar la vida a Dios, se corrió porque se enamoró.
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Esto se dio gracias a Eduardo, el hermano de la joven, con quien había realizado el seminario.
Fue en una de esas famosas tertulias de los O'Gorman donde se cruzaron las miradas por primera vez y para siempre. Ni Camila ni Uladislao quisieron contener nada; sus sentires y calores se encontraron. De hecho, según la historia, fue "a primera vista". Sí, así como lo canta Chico César, cantautor brasileño, en una canción lanzada en 1998.
Lo cierto es que sus deseos no solo se quedaron en esas miradas.
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Su amor trascendió y, sin pensar mucho, una madrugada del 12 de diciembre de 1847 se fugaron para vivir el sueño de ser felices, a pesar de todo el peso en contra que llevó esa unión.
Ambos se instalaron en Goya, en la provincia de Corrientes, pero los reconocieron y los entregaron al rosismo. En ese tiempo en que pudieron convivir lejos de los prejuicios y el linchamiento, habían atendido la escuela de un pueblito correntino bajo los nombres de Máximo Brandier y Valentina Desan.
Allí pensaron que el mundo se había olvidado de ellos.
Pero no fue así. El 9 de agosto de 1848, días antes del fin de sus vidas, Manuela Rosas, la hija del gobernador, escribió una carta dirigida a Camila, en la que afirma que intercedió ante su padre. La existencia de esa misiva hace pensar que Camila le escribió primero pidiéndole ayuda para salvar la vida.
Uladislao llegó a escribirle a su amada poco antes de que se cumpliera la orden de Rosas:
"Camila mía: Acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra unidos, nos uniremos en el cielo ante Dios".
En 1870, en su exilio en Southampton, Rosas le escribió sobre el tema a un amigo y asumió toda la responsabilidad, afirmando que "ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y Camila O'Gorman, ni persona alguna me habló ni escribió en su favor", y que "siendo mía la responsabilidad, ordené la ejecución".
El cine argentino y una mirada de una directora mujer sobre Camila
La historia de Camila O'Gorman no quedó encerrada en los libros de historia. También llegó al cine argentino y encontró, en la mirada de la directora María Luisa Bemberg, una nueva manera de ser contada.
En 1984, Bemberg llevó a la pantalla Camila, una obra cinematográfica basada en esta historia real ocurrida durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, a mediados del siglo XIX.
Foto: Foto captura de la obra de María Luisa Bemberg - Camila
La película narra la pasión de Camila O'Gorman, pero también construye un retrato de la sociedad en la que esa pasión ocurrió. La figura de Rosas, un rico hacendado, domina un extenso período de la historia argentina. Odiado o venerado, pero siempre temido, establece en nuestra incipiente República un régimen de férrea disciplina.
Su mandato se autotitula la Santa Federación, y sus adeptos, federales. Sus adversarios son los unitarios, quienes, igualmente violentos aunque imbuidos de ideas liberales, deben elegir entre el exilio o la muerte.
Por imposición de Rosas, también llamado el Restaurador de las Leyes, el país se pinta de rojo: aperos, atuendos femeninos, estandartes, divisas prendidas a solapas y sombreros, uniformes, hasta los plumeros de los ex esclavos negros llevan el color predilecto del gobernador, cuyo retrato cuelga también en las iglesias.
El abuso del poder, la arbitrariedad y la represión constituyen moneda corriente en la época.
Y es justamente en ese escenario donde Bemberg pone a Camila.
Camila O'Gorman, educada bajo las severas consignas de una familia tradicional, donde el acatamiento a las virtudes domésticas es un mandato, se enamora de Uladislao Gutiérrez. Se atreve a vivir ese amor y, junto al sacerdote, desafía las normas de la Iglesia y de la sociedad.
La hipocresía y el rígido culto a las apariencias no toleran la realidad de esa fuga, símbolo de una libertad inadmisible para aquella sociedad. Los unitarios exiliados no vacilan en utilizar a los fugitivos como prueba de la corrupción y decadencia del régimen rosista.
En la ciudad, el propio padre de Camila acude al gobernador pidiendo el castigo de su hija y del sacerdote por cometer "el acto más atroz y nunca oído en el país".
Se inicia así la persecución a los amantes, a quienes descubren en una escuelita perdida en la selva norteña. Allí, Camila y Uladislao, protegidos con nombres falsos, creen haber encontrado un refugio para amarse en libertad.
Pero el gobernador no admite transgresiones.
La mirada de María Luisa Bemberg permite volver sobre esta historia desde otro lugar. No solamente desde el escándalo que provocó la relación entre una joven de una familia tradicional y un sacerdote, sino desde la situación de una mujer que, en aquella sociedad, se atrevió a elegir.
Y allí aparece una de las cuestiones más fuertes de la película: Camila no solamente desafía a su familia, a la Iglesia y al poder político; también desafía el lugar que se había reservado para las mujeres de su tiempo.
Bemberg mira a Camila con una sensibilidad diferente. La historia deja de ser solamente la de "la mujer que se enamoró de un cura" para convertirse también en la historia de una mujer que quiso decidir sobre su propia vida.
Quizás por eso Camila sigue teniendo fuerza tantos años después. Porque no se trata únicamente de reconstruir un episodio del siglo XIX. Se trata de preguntarnos qué sucede cuando una persona decide vivir por fuera de las reglas que otros impusieron para ella.
Una historia que todavía tiene algo para decirnos
Camila y Uladislao fueron fusilados el 18 de agosto de 1848. El tiempo pasó, los nombres de quienes los juzgaron y los condenaron quedaron en los libros, pero la historia de ellos sobrevivió.
Y quizás esa sea una de las grandes paradojas de esta historia. El poder quiso terminar con aquel amor, quiso convertir la fuga en un escándalo y el fusilamiento en un castigo ejemplar. Sin embargo, casi 180 años después, seguimos hablando de Camila y de Uladislao.
Los seguimos llevando al cine, a los libros, a las canciones y a la memoria.
Porque hay historias que no terminan cuando terminan las vidas de sus protagonistas. Algunas quedan dando vueltas en el tiempo, esperando que alguien vuelva a contarlas para hacerse nuevas preguntas.
Y tal vez la historia de Camila y Uladislao sea una de ellas.
No sabemos si aquella madrugada en la que escaparon pensaron que su historia llegaría tan lejos. Probablemente solo querían vivir. Querían estar juntos. Querían, simplemente, ser felices.
Pero la historia argentina decidió escribir otro final. Agosto vuelve cada año con sus vientos, sus nostalgias y sus recuerdos. Y entre ellos aparece Camila O'Gorman, una joven que murió por haber elegido un amor que su tiempo no estaba dispuesto a aceptar.
Casi dos siglos después, su nombre sigue entre nosotros.
Y mientras podamos volver a contarlo, aquel fusilamiento no habrá conseguido borrar su historia.
Fuente: El Liberal
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