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De Misiones a Brasil en una 110: la travesía de Marcela y su gata Lagertha

Una historia de viaje, adaptación y búsqueda de nuevas oportunidades llevó a Marcela Feldik, oriunda de Fracrán, a recorrer parte de Brasil a bordo de una Corven 110 junto a su gata Lagertha.

Por Gabriel Fernández8 min de lectura
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De Misiones a Brasil en una 110: la travesía de Marcela y su gata Lagertha
De Misiones a Brasil en una 110: la travesía de Marcela y su gata Lagertha · Foto: Primera Edición

Marcela Feldik es oriunda de Fracrán y vivía en San Vicente cuando la falta de trabajo la llevó a buscar una alternativa en Brasil. Allí conoció a otros viajeros, regresó a Misiones para recuperar su Corven 110 y comenzó una travesía que hoy comparte con Lagertha, su gata. Duerme en carpa, vende pulseras para sostener parte de los gastos y combina el camino con voluntariados mientras sueña con llegar algún día a Perú y Colombia.

Lo que hoy es un viaje por las rutas brasileñas comenzó bastante lejos de cualquier plan de aventura. Marcela Feldik se había quedado sin trabajo en Misiones y decidió irse a Brasil buscando otra alternativa. Oriunda de Fracrán, aunque durante un tiempo vivió y trabajó en San Vicente, llegó a Florianópolis y allí empezó a cruzarse con personas que recorrían distintos lugares sin demasiado equipaje ni grandes presupuestos.

Ese contacto terminó despertando una inquietud que ya tenía desde hacía tiempo. Primero pensó en viajar como mochilera y realizar voluntariados. Después recordó que en Misiones había quedado una posibilidad mucho más concreta para hacerlo: una Corven 110 que había comprado dos años antes, cuando todavía tenía empleo y recibo de sueldo.

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La había sacado, según contó, en "infinitas cuotas". Consiguió terminar de pagarla, pero después perdió el trabajo y no tuvo dinero para equiparla. Cuando se instaló en Brasil, incluso llegó a olvidarse durante un tiempo de la moto.

Hasta que decidió regresar a buscarla.

"Junté un poquito de plata y dije: 'Voy a buscarla'", recordó en diálogo con FM 89.3 Santa María de las Misiones.

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La moto volvió con ella a Brasil prácticamente desnuda: no tenía baúl ni equipamiento preparado para semejante recorrido. Como la marca Corven no es habitual allí, tuvo que adaptar accesorios y mandar a fabricar el portaequipaje. Buena parte del dinero que había conseguido ahorrar terminó invertido en preparar la 110 para la ruta.

Marcela no había pensado originalmente en emprender sola esta aventura. En Brasil conoció a un viajero que le propuso salir juntos y fue precisamente él quien la incentivó a recuperar la moto. El proyecto contemplaba llegar hasta Río de Janeiro y, posteriormente, continuar hacia otros países sudamericanos. Sin embargo, cuando Marcela regresó con su Corven y comenzó a equiparla, su compañero le confesó que no se sentía preparado para realizar el viaje.

La decisión quedó entonces en sus manos. Podía regresar o continuar sola. Eligió lo segundo. "El viaje es mío, ya fue. Ya vine hasta acá, voy a seguir, no puedo volver", recordó sobre aquel momento.

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Desde entonces, la compañía permanente sobre la ruta es bastante particular: Lagertha, su gata, que se convirtió en parte inseparable de la travesía. Viajar con ella también obligó a Marcela a adaptar el ritmo. No realiza grandes distancias de manera continua porque busca evitar que se le acalambren las patas. Generalmente conduce durante tres, cuatro o cinco horas y realiza paradas frecuentes. Lagertha -aseguró- pasa buena parte del recorrido durmiendo.

Al detenerse, Marcela arma la carpa y deja que la gata reconozca el lugar. La suelta para que recorra el entorno, después le da de comer y ambas descansan antes de continuar. Hasta el momento no pagó hoteles ni alojamientos durante el recorrido. Las estaciones de servicio se transformaron en uno de sus lugares habituales para detenerse, tanto por una cuestión económica como de seguridad.

Pero viajar con Lagertha también le generó un inconveniente inesperado en la frontera.

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Marcela había ingresado inicialmente a Brasil por la zona de El Soberbio. Una vez en Florianópolis y con la moto preparada para continuar, Migraciones le indicó que debía regularizar su ingreso a través de un paso habilitado con los controles correspondientes. Eso la obligó a retroceder hasta Dionísio Cerqueira y Bernardo de Irigoyen antes de retomar la travesía.

Al realizar el trámite, además, debió presentar la documentación sanitaria y las vacunas de Lagertha, requisitos que ya tenía preparados.

Uno de los aspectos que más sorprende de su historia es el presupuesto. Marcela no salió con grandes ahorros. Buena parte de lo que tenía se destinó a acondicionar la moto y, desde entonces, procura reducir al mínimo los gastos.

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La Corven 110 juega a su favor porque consume poco combustible y las distancias que realiza diariamente tampoco son excesivas. Según relató, suele cargar entre 12 y 19 reales de combustible, dependiendo del trayecto.

Para conseguir parte de ese dinero comenzó a fabricar y vender pulseras, una idea que aprendió de otros viajeros. La combinación llama inevitablemente la atención cuando llega a una estación: una mujer viajando sola, una pequeña moto cargada con equipaje y una gata como acompañante. Muchas personas se acercan, preguntan por su historia, toman fotografías y terminan colaborando.

Marcela ofrece pulseras que vende por cinco o diez reales y también colocó en la moto su identificación de Pix, el sistema brasileño de pagos electrónicos, para quienes quieran ayudarla. Con una o dos ventas, explicó, muchas veces consigue combustible suficiente para continuar.

También aprendió algo que al principio puede resultar incómodo: pedir ayuda cuando realmente la necesita. Si no tiene dinero para comer, cuenta su situación en algún lugar y pregunta si pueden colaborar.

Su equipaje gastronómico es elemental. Lleva una pequeña hornalla con gas butano, algo de arroz, fideos, alguna lata de sardinas, café y, por supuesto, mate. Para Marcela, la experiencia hasta ahora también estuvo marcada por la solidaridad que encontró entre los brasileños, algo que influyó en su decisión de continuar recorriendo ese país.

Antes de salir a la ruta, su vida era muy diferente. Sus padres vivían en una zona rural y ella se había instalado en San Vicente, donde alquilaba y trabajaba principalmente en el sector gastronómico. Fue moza, ayudante de cocina y pasó por distintos restaurantes de la localidad.

En su familia tampoco existe una tradición de motoviajeros. Cuando contó lo que estaba haciendo, la reacción fue bastante previsible: le dijeron que estaba loca. Sin embargo, detrás del recorrido hay algo que para ella excede conocer lugares.

Marcela explicó que se propuso cambiar la manera en que estaba viviendo, modificar su mentalidad y crecer a partir de experiencias diferentes. La ruta le ofrece precisamente eso: cada jornada cambia las personas, los paisajes y las situaciones. "Todos los días conocés gente nueva, te presentás, mostrás tu historia", resumió.

La posibilidad de viajar de esta manera tampoco siempre le había parecido accesible. Durante años creyó que para conocer otros países era indispensable disponer de muchísimo dinero. El descubrimiento de los programas de voluntariado cambió esa percepción.

Actualmente utiliza Worldpackers, una plataforma mediante la cual los viajeros pueden realizar tareas durante determinadas horas a cambio de alojamiento y, dependiendo del acuerdo, comida. Eso le permite permanecer un tiempo en una ciudad, disponer del resto del día para conocerla e incluso buscar algún trabajo temporal que le genere ingresos.

La experiencia de una prima que llegó a Andorra después de recorrer diferentes países mediante voluntariados también funcionó como referencia. Marcela vio que existía otra forma posible de viajar y decidió intentarlo.

La aventura, sin embargo, tuvo un momento que pudo haber cambiado completamente la historia. En su primer viaje desde San Vicente hacia Florianópolis, Marcela sufrió un accidente en la ruta y estuvo cerca de ser atropellada por un camión.

Todavía estaba aprendiendo a calcular distancias y tiempos sobre una moto de baja cilindrada. Había planificado recorrer más de 800 kilómetros prácticamente como si pudiera hacerlos de una sola vez y terminó completando esa distancia en dos jornadas.

La noche la encontró todavía sobre la ruta. Cansada y sin experiencia en viajes largos, perdió el control y cayó. "Me caí en la ruta y casi me pasó un camión por encima", recordó.

Lagertha no viajaba con ella en aquel momento: había quedado con su hermana en Florianópolis.

El episodio modificó la forma en que Marcela organiza desde entonces cada etapa. Ahora limita las horas sobre la moto, hace menos kilómetros y se detiene a descansar antes de continuar.

El accidente tampoco fue el único indicio de lo improvisado de aquella partida. Salió sin traje para lluvia y en uno de los trayectos quedó completamente empapada por un chaparrón. Tampoco tenía botas apropiadas para viajar en moto: utilizaba unas bucaneras que había comprado cuatro o cinco años antes para salir y que terminaron deteriorándose durante el recorrido.

Entonces volvió a aparecer la solidaridad.

Personas que comenzaron a seguir su historia se preocuparon por las condiciones en las que estaba viajando y le enviaron dinero para que pudiera comprar un traje de lluvia y botas adecuadas. Más adelante, una amiga le regaló otro par.

Incluso ahora reconoce que todavía necesita mejorar su equipo y comprar herramientas apropiadas para afrontar eventuales problemas mecánicos.

La moto tenía alrededor de 10.000 kilómetros cuando Marcela salió de San Vicente. Al momento de la entrevista, el odómetro se acercaba a los 14.500. Parte de esa distancia corresponde al retroceso que debió realizar desde Florianópolis hasta la frontera para regularizar su ingreso y volver después hacia el norte.

Su próximo objetivo inmediato es San Pablo, un recorrido que calcula completar en dos o tres días. Antes de partir volvió a revisar el equipaje y comenzó a desprenderse de ropa y objetos que descubrió que no necesita. En una 110, cada kilo y cada espacio cuentan.

Más allá de San Pablo, no existe un itinerario cerrado.

Marcela dispone de un período limitado de permanencia legal en Brasil y deberá decidir sobre la marcha si continúa hacia el norte o regresa a Argentina. Lo que sí tiene son destinos soñados.

Quiere conocer Perú y Colombia y, si las posibilidades económicas lo permiten, continuar recorriendo otros países de Sudamérica. Sabe que para hacerlo deberá detenerse a trabajar, recurrir a voluntariados y seguir administrando cada gasto.

Su proyecto no nació con una gran moto, ahorros suficientes ni una ruta perfectamente planificada. De hecho, comenzó exactamente al revés: sin trabajo, con poco dinero, una Corven 110 que todavía debía equipar y muchas cosas que aprender sobre la marcha.

Hoy Marcela sigue viajando con Lagertha, sin saber exactamente dónde terminará el recorrido. Quizás por eso eligió para mostrar su aventura en las redes un nombre que resume bastante bien la historia: "mar_sinrumbo".

Fuente: Primera Edición

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